II Concurso de relatos Fórum Montefrío

Iniciado por Parlamento, Marzo 10, 2010, 17:13:53 PM

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Eventos Vinculados

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VER Y HACER
                     

Cuando Aymara se levantó del asiento, sus muslos yacían en un profundo sueño. Tanto rato sentada en aquella incómoda silla  repitiendo millones de veces la misma rutina, sin parar.  Pensaba cómo carajo había llegado a aquel lugar. Ella, la esperanza de su familia, la reina del liceo, la que sólo tenía que respirar para ser complacida por decenas de hombres que  se derretían ante sus encantos. Recordaba ahora aquellos días de gloria. Cuan rápido habían pasado los años. Como se habían desmoronado sus sueños, todo por casarse con el más apetitoso de los hombres, ese ser que poco a poco, entre fracaso y fracaso, fue perdiendo su brillo, y al que no dejaba aún no sabia por qué.
Aún conservaba casi intacta la escultural belleza que la había hecho ser la mujer más deseada de  todo el sector. Allí estaba, escondida detrás de la pinta de cachifa renegada; tras el sudor de estar horas y horas cortando papel, como en el cuento aquel que leyó en el liceo, sin pensar. A pesar de una vida de hambre su cuerpo se resistía a perder su lozanía,  parecía que mientras más se empecinaba la vida en agredirla más se oponía su  cuerpo ante aquellas agresiones,  ningún hombre -ni mujer- podía ni siquiera aparentar indiferencia ante aquella estampa, que para colmo era consagrada con una cara de diosa y un espectacular y desatado cabello que no necesitaba casi de ningún cuidado para parecer bello. Una belleza exótica, provocadora, casi se puede describir como una belleza de esas que los hombres relacionan con  las prostitutas, redonda, voluptuosa, algo salvaje.
Últimamente no pensaba sino en el sexo. Había regresado despreocupadamente a la maravillosa época de la masturbación, ejercicio que además de relajarla la sumergía en las más increíbles fantasías. Siempre  de la misma manera, nunca cambiaba su rutina. Se desnudaba, se miraba largo rato en el espejo, contemplaba  incrédula su vientre absolutamente liso, fuerte, en el que se notaban las costillas bien delineadas finalizadas en un hermoso y gran culo, el cual a ella le parecía algo feo, pero que en realidad era la envidia de muchas mujeres que la conocían.  Sus senos  eran redondos, altos,  parecidos a los que lograban las demás mujeres a través de una costosa cirugía estética y que a ella se los había regalado la naturaleza. Su monte de Venus con poco bello, bien definido, con un gran clítoris sabrosamente recubierto por unos labios anchos y rosados, dejando entrever aquella sensualidad casi infantil que tanto excitaba a los hombres. Se imaginaba ella misma como un hombre haciendo el amor salvajemente con la imagen reflejada en el espejo. A los pocos minutos comenzaba a sudar, luego poco a poco deslizaba sus manos  que  hacían contacto con un profundo y húmedo centro, que al sentir el roce de sus dedos se convertía en centro de su universo. Lentamente aquel cosmos se iba calentando, sin perder el ritmo, suave, delicado, sutil, que la alejaba de la tosquedad y rudeza de su esposo. Pensaba que sólo una mujer podía conocer así sus sensaciones. La imagen en el espejo la convertía de repente en un varón que quería penetrar los más recónditos lugares de esa imagen reflejada. Se imaginaba con esculturales damas, obscenas y prohibidas haciendo discurrir con gusto su lengua por los orificios más sensuales del cuerpo. Al rato sus pezones que querían dispararse al infinito comenzaban a dolerle un poco, un dolorcito divino que la ponía  en trance. Su cuerpo le pedía acelerar pero su mente quería verlo sufrir. Así este cuerpo se veía en la necesidad de producir una reacción violenta que hacía estremecer hasta sus más recónditas fibras, allí venía una sacudida que la dejaba exhausta por varios minutos.
Como extrañaba a su prima Melisa quien se había ido a vivir los Estados Unidos y con la cual luego de ingerir grandes dosis de licor se desinhibían y hacían un sexo maravilloso, en el que la vergüenza y el remordimiento aumentaban la pasión y en donde Melisa se entregaba a ella como su esclava, pues como lesbiana veía en Aymara la encarnación viviente de todos sus sueños. Aymara estaba conciente que era  la dueña absoluta de aquel ser entregado totalmente a ella, pues Melisa se había enamorado locamente. Aymara comenzaba a preocupase por su preferencia por  esta mujer que la mimaba, la cuidaba y que no disimulaba su pasión, pues hasta su marido, siempre tan distraído, le había advertido muchas veces que su prima estaba obsesionada por ella, que esto era peligroso, ya que  él cada vez que la veía, sentía que tenía ganas de matarlo, lo que ella llegó a comprobar por el odio que su prima no disimulaba a su esposo, por lo que muy a su pesar ella misma decidió abandonarla, lo que además de una gran depresión ocasionó la huida de su prima. Lamentaba perder a aquella mujer, conocedora del placer femenino, que pasaba horas enteras acariciándola con sus manos, su lengua y con unos muy útiles juguetes,  y que la hacía sentir cosas insospechadas.
Una tarde cansada de la misma rutina se había atrevido a ir a un elegante despacho para realizar una entrevista como secretaria de un ejecutivo, Al día siguiente la llamaron que había sido seleccionada, que empezaba ya. Con la esperanza del primer día de trabajo Aymara se dirigió a su nueva vida. Mostró su identificación y el guardia la trató con un respeto que le sorprendió, le entregó una identificación en la que se leía luego de la palabra cargo Asistente a Vicepresidencia, casi se desmaya. Subió en el ascensor, allí sufrió el primer aviso, dos elegantes ejecutivos se secretearon algo que no fue lo suficientemente discreto para no oírlo –vez este bomboncito debe ser el nuevo juguetito de Miguel, que **** de su madre tan listo_ sólo las ganas de cambiar su vida impidieron que se regresara por donde mismo había entrado. 
Pasaron tres días y nunca vio a su jefe, pues en ese entonces estaba de viaje de negocios a los Estados Unidos. Al tercer día como a las tres de la tarde observó que se abría la puerta y entraba su nuevo jefe, conversando alegremente con otro ejecutivo. Era realmente bello. Sus facciones denotaban un origen europeo, seguramente italiano. De estatura mediana, no tan alto, se veía que practicaba deportes. Su vestir, un traje perfectamente cortado para él, y su andar denotaban elegancia y seguridad. Al recibirla notó su dulzura y simpatía. El doctor Miguel se la pasó hablando por teléfono como dos horas. Ya eran las seis y Aymara no sabía que hacer, si retirarse o quedarse y no decir nada. Se decidió por la segunda opción. Su jefe no notó su presencia.
Tarde ya vio entrar a la oficina de su jefe un bello joven, demasiado joven. Tendría unos dieciocho años. Su lozanía y su juventud se notaban en su vestimenta, unos jeans ajustados y una franelita pegada que hacía de radiografía de un cuerpo escultural. Desde su oficina donde pasaba totalmente inadvertida observó como el bello joven parecía reclamarle algo a su jefe. Estaban sentados en un sillón extrañamente cerca uno del otro. En cierto instante Aymara observó como su jefe le acariciaba la cara al Adonis. Las caricias se fueron repitiendo y de repente se convirtieron en una larga serie de apasionados besos. Primera vez en la vida que veía besarse a dos hombres. Los besos fueron seguidos de un acto sexual extraordinario. Le resultó una experiencia magnifica ver a estos dos machos en acción. No pasó mucho tiempo y ambos quedaron completamente desnudos. Bellos. Acariciando con las manos y las lenguas sus  hermosos miembros circuncisos. Era evidente que ninguno sospechaba de su presencia. Debió irse a la hora de salida. Observó con un inmenso placer como su jefe introducía su miembro viril en el culo liso, grande y bello, de su amante. Ella sin darse cuenta hace rato que se había metido su mano juguetona en la pantaleta y acariciaba su sexo descaradamente, igual que las voyeurs de las películas pornográficas que tanto encantaban a su esposo. No aguantó más y en consonancia con los dos hombres tuvo un orgasmo extraordinario.
Sus gemidos fueron escuchados por los hombres, quienes voltearon a verla los dos a la vez.  -¡****! duró poco mi estadía en la empresa-  pensó. Luego de la sorpresa inicial, los hombres soltaron unas sonoras carcajadas.
Desde ese día Aymara ya no es la misma. Ha llegado a congeniar con este jefe extraordinario del que sólo ella sabe su secreto,  que la trata como una reina, ya que le sirve de excusa perfecta ante su conservador círculo social, pues como permanentemente se quedan juntos hasta tarde, todos piensan que  es su amante. Ella goza en extremo de estas sesiones de amor masculino que la hacen delirar como espectadora de excepción. Ahora dos hombres, sin tocarla, le proporcionan el  máximo placer que ha sentido en su vida. Hasta con su aburrido marido logra sentirse bien al imaginárselo penetrado por los dos amantes. Por ello, cada vez que hacen el amor asoma una sonrisa reprimida. Ahora su esposo está feliz, pues Aymara le ruega que la penetre por detrás, lo que él, como todo hombre, toma como un acto de sumisión que eleva su ego. Ella deja que su imaginación vuele y consigue así estupendos orgasmos.

Albert Cañas
Con la sonrisa en los labios, como si hiciese la cosa más natural del mundo, el estúpido aparecerá de improviso para echar a perder tus planes, destruir tu paz, complicarte la vida, hacerte perder tiempo,buen humor,apetito, y todo esto sin malicia,sin remordimientos y sin razón. Estupidamente

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BENDITA NO ERES


   El despertador sonó a las cinco de la mañana. María estiró el brazo y lo apagó. Abrió los ojos, bostezó y, con la boca todavía abierta, tragó de golpe la penumbra de la habitación. El amanecer demorado. Se encogió un poco debajo de las frazadas. Cierta tibieza comenzó a subirle por las piernas. Un calor espiralado. Se llevó las manos a la cara. Gotas en la frente, en el cuello. Chupó el agua salada de los dedos. Cerró los ojos con fuerza, con tanta como para recordar la cara del hombre con la que, esta vez, había soñado.
   Hilos de luz comenzaban a filtrarse por la ventana. Le dejaron ver la cruz de madera con el mártir crucificado. Justo en la pared de enfrente. Le pareció más grande, inmenso. Amenazante.
   El calor en su cuerpo no menguaba. Se sacó el camisón, la bombacha húmeda. Tenía que levantarse, asearse, vestirse adecuadamente. Pero era tan arrollador el deseo. Las manos se movieron. No supo gobernarlas. O no quiso. Se deslizaron urgentes por la inmensidad de la piel. Y el  vientre, la mota de pelos del pubis. Las partes secretas que ni siquiera tenían nombre.
   Se acostó boca abajo. Las piernas se separaron con ira. Los movimientos de cualquier hombre por detrás. Imaginó tocándola con dedos ásperos. Agua tibia, pegajosa. Parecía que su cuerpo entero llovía. Los labios abiertos, la saliva escapando. Se frotó, se frotó. Un espasmo y la cara hundida en la almohada para ahogar el grito. Ahogar la culpa, la vergüenza.
   Se encogió de golpe. Apretó las piernas hasta que le dolieron los huesos. Todavía latía ahí abajo.
   La mañana había avanzado en la habitación. No quiso mirar la cruz. Abrió el ropero. Sacó de la percha el atuendo negro y lo apoyó con delicadeza sobre la cama. Se puso una bombacha limpia. Luego se peinó, se sujetó el pelo con varias hebillas y se acomodó el velo.
   Luego abrochó uno a uno los botones del hábito. Con el rosario ente las manos, se persignó y se encaminó apurada hacia la capilla encendida.-

luciagrisa
Con la sonrisa en los labios, como si hiciese la cosa más natural del mundo, el estúpido aparecerá de improviso para echar a perder tus planes, destruir tu paz, complicarte la vida, hacerte perder tiempo,buen humor,apetito, y todo esto sin malicia,sin remordimientos y sin razón. Estupidamente

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LA ÚLTIMA CARICIA


Juan tenía una de las enfermedades más raras del planeta. Una noche, mientras navegaba por la red en busca de información actualizada para un trabajo académico sobre sexualidad y placer, ingresó a un sitio que invitaba a los internautas a medir el tamaño de su pene para realizar una encuesta remunerada. Animado más por la curiosidad que por el dinero ofrecido, registró con exactitud las dimensiones de su órgano genital en estado de flacidez, tal como lo requería la página consultada. Guardó las medidas en su agenda electrónica con el propósito de responder la encuesta en otro momento, pues tenía mucho sueño y debía madrugar a dictar clases en la universidad.
Al otro día, luego de tomar una ducha, verificó las medidas y quedó sorprendido por los resultados. Su pene había aumentado de tamaño. Al realizar varias veces la medición para descartar posibles errores, encontró que efectivamente tenía un incremento de un centímetro de longitud. Sin encontrar respuesta lógica frente al hecho, desayunó más rápido que de costumbre, olvidó momentáneamente lo sucedido y partió hacia la universidad.
Una vez concluida su jornada académica y ya en la confortable biblioteca de su casa, acompañado por Bruno, su mascota doberman, y por las notas musicales de Giovanni Gabrieli, compositor del barroco temprano, dedicó el resto del día a preparar su próxima clase sobre la leyenda de las amazonas.
Mientras avanzaba en su investigación, una idea aterradora cruzó por su mente: "¿Cómo sería mi vida si mi pene siguiera creciendo un centímetro cada día?", se preguntó, seriamente preocupado. En ese momento fue interrumpido por una llamada telefónica de la universidad. Le informaron acerca de la suspensión de clases durante tres días, a causa de las festividades anuales. "Aprovecharé el tiempo para avanzar en mi ensayo sobre mitología griega", pensó. Y se dispuso a tomar las cosas con más calma. Al caer la tarde llevó a Bruno a un parque cercano donde corrieron y jugaron hasta el cansancio. De regreso a casa y luego de una cena frugal, vio el noticiero, bebió una taza de café y se quedó dormido en su sillón preferido. Bruno, siempre a su lado, parecía asumir su papel de guardián de la noche.
Pronto amaneció y Juan alcanzó a ver por la ventana de la sala una lluvia pertinaz que caía lentamente sobre los árboles del parque, como preludio de un día frío y nublado. Luego de breve ducha, tomó en sus manos una pequeña regla y midió, de nuevo, el tamaño de su pene. Y ¡Oh sorpresa! Tenía dos centímetros más respecto a la medida inicial. Esta vez sintió que un sudor frío recorría todo su cuerpo... Volvió a tomar la regla y confirmó que no había error en la medición. "¿Será posible que esto esté pasando?", se preguntó.
Como tenía todo el tiempo disponible, dedicó la mañana a investigar por Internet los posibles casos clínicos de su patología. Revisó la literatura médica sobre episodios de crecimiento progresivo del pene y no encontró respuesta científica que lo dejara satisfecho y tranquilo. La llamada macrofalosomía, considerada por algunos como un desorden de carácter hormonal a nivel de hipófisis, no lo convenció lo suficiente como para pensar que podría ser su caso. "Consultaré al mejor especialista del país, pero lo haré después de investigar por mis propios medios", pareció decirle a Bruno, que lo miraba en espera de una caricia tardía sobre su negra testa.
Al revisar la mitología griega le llamó la atención el culto a Príapo, un enano deforme, con un enorme falo en perpetua erección, símbolo de la fuerza fecundadora de la naturaleza, con quien, pensaba, llegaría a competir si el tamaño de su pene seguía en aumento.
Pudo leer, también, fragmentos de la obra de Maggie Paley, "El Libro del Pene", donde la autora sostiene que en el paleolítico el hombre le daba una connotación divina a su miembro generador y que en la cultura griega, Príapo y Hermes eran considerados como los dioses del pene y adorados por su capacidad para dar fertilidad a las mujeres y buena suerte a los hombres, no sólo en la batalla que se libra en el lecho, sino también en la guerra con otros pueblos.
Se imaginaba compitiendo con Rocco Siffredi, conocido como el 'semental italiano' por el gran tamaño de su pene y por su resistencia como pareja sexual, o con la fama de Rasputín, 'el monje loco' de Rusia, quien poseía un pene de cuarenta centímetros, del cual se conserva la mayor parte, en una solución de formol, en el Museo Erótico de San Petersburgo. "No me gustaría figurar en el Guinness Book of World Records," pensó.
Mientras se dedicaba a la preparación de algún alimento para él y para su mascota, deleitó su acongojado espíritu con la "Fantasía para un Gentilhombre", de Joaquín Rodrigo. Luego de una breve siesta, llevó a Bruno al parque y dejó que el perro jugara libremente por la sombría arboleda. De regreso a su casa, tomó la decisión de ir a consulta médica al día siguiente.
Esa noche le resultó difícil conciliar el sueño. Trató de alejar de su mente oscuros pensamientos que aumentaban su angustia. Permitió que Bruno se acostara a sus pies para sentirse menos solo y menos triste. Después de algunas horas y de muchas vueltas en la cama, se quedó dormido mientras en el ambiente se escuchaban los acordes del primer movimiento de la Sexta Sinfonía de Beethoven.
Otro día comenzaba en la vida de Juan. Despertó ojeroso, hizo un poco de gimnasia rápida para despejar su mente y tomó su acostumbrada ducha, sin mirarse al espejo como solía hacerlo y sin fijar la mirada en sus genitales, pues tenía miedo de confirmar sus sospechas. Tomó la regla y midió el tamaño de su pene. Sus dudas se disiparon al instante: su miembro había aumentado otro centímetro y ya era más notoria la diferencia respecto a la primera medición.
Con más desconcierto que los días anteriores, preparó su cereal con frutas, atendió las necesidades de Bruno y llamó a un reconocido urólogo. Por su insistencia, logró una cita para ese mismo día en las horas de la tarde.
A sus cuarenta años, Juan era un brillante catedrático universitario, respetado y reconocido por la comunidad académica de la región. Dos meses atrás había vivido su peor crisis afectiva al romper relaciones con Alicia, una joven y hermosa violinista francesa, a quien aún amaba. Tenía la esperanza de un pronto retorno. De allí su preferencia musical por el barroco y los clásicos, única manera de calmar la tristeza de una separación dolorosa.
Esa tarde Juan acudió al consultorio del especialista. Luego de una revisión física detallada, el médico le ordenó varios exámenes de laboratorio para descartar posibles sospechas de lesiones cancerosas o de otro tipo de enfermedades conocidas por la ciencia.
Tres días después fue citado al consultorio del galeno para conocer el resultado de los análisis. No pudo ocultar la ansiedad que lo embargaba.
— ¡Hola Juan!, ¿cómo te sientes hoy?, preguntó el médico.
— Muy mal doctor, mi pene ha crecido seis centímetros, dijo Juan, atropellando las palabras y notoriamente preocupado... ¿Qué será lo que tengo?
—Debo ser sincero contigo —le contestó el especialista—. La junta médica del hospital conceptúa no saber absolutamente nada acerca del origen de tu caso. Se han descartado todas las enfermedades conocidas, con base en el resultado de las pruebas. Mientras seguimos investigando, te recomiendo estar en permanente contacto conmigo, tener calma y si eres creyente, mucha fe en Dios.
De regreso a casa y más confundido que nunca, entró al supermercado y compró provisiones para una semana. Pensó que lo mejor era pedir una licencia en la universidad pues no se sentía en condiciones de dictar clases. Tuvo deseos de llamar a Alicia para contarle todo lo sucedido pero su maltrecho orgullo se lo impidió. Tan pronto llegó, abrazó a Bruno, escogió a Vivaldi para mitigar su dolor y se sentó frente al ordenador. Buscó ansiosamente la página web culpable de toda su tragedia y quedó muy desconcertado al descubrir que el sitio había desaparecido de la red.
De pronto, los violines de Vivaldi se mezclaron con los sonidos de su teléfono celular. ¡Es Alicia! —Gritó,  mientras saltaba de su silla—. ¡Le contaré todo!
— ¡Hola mi amor, qué grata sorpresa!, le dijo Juan.
—Yo... era tu amor, ahora sólo soy tu amiga... Pero, dime, ¿cómo estás?
—Tengo problemas. ¡Necesito verte pronto, es urgente, por favor!, respondió Juan.
—Yo también deseo estar contigo, pero ando en gira de conciertos fuera de la ciudad. Cuando regrese, dentro de dos semanas, iré a visitarte. Te mando un beso. "Au revoir".
Al oír la dulce y sensual voz de Alicia, gratos e íntimos recuerdos se agolparon en su cerebro y sucedió lo que Juan no quería: ante sus ojos una lenta, dolorosa y extraña erección estaba teniendo lugar.
— ¡Adiós, mi amor!, le dijo, mientras colocaba su teléfono cerca al ordenador.
No quería imaginar lo que sucedería cuando volviera a ver a Alicia, con toda su desnudez y su ternura, dentro de dos semanas, metida en su cama, interpretando a Bach, con la fuerza y la pasión de siempre.
Para evitar ser visto por los vecinos, llevó a Bruno al parque en horas de la noche y a su regreso se dispuso a contestar todos sus correos y a trabajar en sus ensayos literarios. Estaba tan agotado que se quedó dormido sobre el teclado del ordenador. Al verlo así, Bruno, a su lado como siempre, lamió afectuosamente su rostro y lo despertó. Juan se levantó pesadamente de la silla y se tiró en su cama. Durante el resto de la noche los acordes de los 'concerti grossi' de Händel parecieron acompañar sus sueños.
Al otro día, muy temprano, Juan siguió su rutina. Tomó una ducha y volvió a usar la temida regla. Con rabia esta vez, agregó otro centímetro a su registro numérico. Ya no había duda. Nada podría evitar esa terrible realidad: su pene seguía aumentando de tamaño de forma incontrolada y él no quería llegar a soluciones extremas como la cirugía o el suicidio. Su agnosticismo no le daba opciones 'divinas' para encontrar una salida. "Si no hay causas médicas conocidas, existirá otra explicación racional", pensaba repetidamente. Tenía la convicción de que si dejaba de cavilar por unas horas en el problema y cambiaba de actividad, podría ver la luz más adelante. Retomó entonces el trabajo sobre el mito de las amazonas y seleccionó los conciertos de Brandenburgo como fondo musical. Trabajó de manera incansable durante todo el día, hasta que llegó la hora del paseo vespertino con Bruno. El aire fresco del parque y el sonido de la naturaleza le devolvieron momentáneamente la tranquilidad.
Ya en su casa y luego de cenar, se recostó en el sillón a reconstruir su pasado. Se remontó a los más lejanos recuerdos de la infancia y avanzó lentamente por todos los estadios de su vida, tratando de encontrar posibles episodios traumáticos, sentimientos de culpabilidad, conductas delictivas, o experiencias que pudieran haber incidido en su patología. No encontró nada malo. "Si pudiera morir en este momento y volver a nacer, repetiría con orgullo, toda mi vida", pensó. Se veía a sí mismo como un hombre bueno.
De pronto, se quedó observando la colección de sus discos compactos en los estantes de la biblioteca. Sintió que una fuerza extraña lo impulsaba a fijar su mirada en un estuche en particular: "Obras Maestras del Canto Gregoriano", que años atrás le obsequiara un monje cartujo, amigo de su padre. Era música que nunca había escuchado, por no ser de su preferencia. Se reacomodó en su sillón y acompañado por Bruno, se dispuso a oír con gran concentración las voces armónicas de "Media vita in morte sumus" y al rato cayó en un profundo letargo.
Al otro día, algo de gimnasia, una ducha fría y la verificación de las medidas. Pero al usar la regla notó que no registraba aumento alguno en el tamaño de su pene y que al contrario, había una reducción de un centímetro. "¿Qué estará pasando?", se preguntó. De pronto, sus ojos se iluminaron y un presentimiento alegró su corazón. Trabajó largas horas en su ensayo sobre mitología griega y al caer de nuevo la tarde, llevó a Bruno al parque. Al regreso, sus vecinos lo escucharon entonar una extraña melodía. Por la noche, continuó con el canto gregoriano. Sintió que le agradaba y que algo estaba cambiando en su interior. Se durmió más temprano y más tranquilo. Y Bruno guardó su sueño.
Tan pronto amaneció rompió el orden de su rutina y tomó con mano temblorosa la pequeña regla. Segundos después gritó pleno de alegría: "¡Sí funciona!"... Su pene continuaba reduciendo su tamaño, un centímetro cada día, sin una razón aparente. "Si es lo que yo creo, le prepararé a Alicia una grata sorpresa", agregó.
Durante los días y las noches siguientes, su casa se convirtió en una fuente de cantos gregorianos. Suspendió todas las actividades académicas para dedicarse, exclusivamente, a este género musical, sentado en su cómodo sillón y con Bruno a sus pies.
Cuando Alicia regresó de su gira de conciertos, fue a la casa de Juan y no lo encontró. Sólo Bruno permanecía echado junto al sillón. El silencio absoluto que allí reinaba asustó a la joven violinista.
Los vecinos le contaron una historia triste. Le hablaron de ambulancias y de clínicas psiquiátricas... De 'locura mística'... "Pobre Juan", decían.
Aquella tarde lo vio sentado en el jardín del sanatorio con la mirada perdida. Acompañada por Bruno, se le acercó y lo besó con ternura en las mejillas. Ni una palabra salió de los labios de Juan. El perro lo miró, esperando, quizá, la última caricia sobre su negra testa. Y Alicia creyó ver dos lágrimas casi humanas que brotaban de los ojos de Bruno.

Albacora
Con la sonrisa en los labios, como si hiciese la cosa más natural del mundo, el estúpido aparecerá de improviso para echar a perder tus planes, destruir tu paz, complicarte la vida, hacerte perder tiempo,buen humor,apetito, y todo esto sin malicia,sin remordimientos y sin razón. Estupidamente

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RETRATO AL ESPEJO


Cuando conocí a Fernando Astrán en una exposición de arte supe que quería un retrato. Sabía de sus premios y prestigio internacional. Era el artista más importante de la ciudad y el más huraño. Nunca me han hecho un retrato, dije, al presentarnos. Porque es mejor mirarla en persona, respondió. En sus ojos y sus manos nerviosas el hastío por estos lugares. Tomamos un trago afuera, me atreví. No..., me falta mi casa, te llamaré para hacer tu retrato. ¡Acepto...!, casi grite y le pasé mi número.
Desde esa noche no supe de él hasta recibir su llamada tres semanas después. ¿Decidió pintarme maestro?, respondí. No, no vuelvo al retrato aún, la llamo por otra cosa, necesito un favor. Sí maestro, haré lo que pueda, respondí nerviosa. Bueno, pero debe venir a mi casa, queda en... Si, sé donde,...en Altora. Si, ¿podría esta tarde?
Hice un par de llamadas y cancelé una cita, "me espera Fernando Astrán", me repetía durante el trayecto. Miré, no pretendo molestar, pero usted me puede ayudar, me la han recomendado muy bien, dijo, después de colgar mi bolso en un perchero a la entrada de su estudio.

La casa resplandecía, olía a flores o perfumes y había frutas frescas y maní. Ventanales desnudos rodeaban el espacio inundándolo de luz. Le mostraré la casa y con un café le confesaré el misterio, bromeó, pero lo traicionó su ansiedad. Maestro... Dígame Fernando... Mire maestro Fernando, somos curiosas las mujeres, dígame de que se trata y luego el café, me gusta oscuro, le solté cuando vi que vacilaba. Sonó un teléfono y contestó en la cocina. "Si, aló..., ¡no, aún no lo completo...!, les dije que no llamaran aquí, puede estar chuzado... ", escuché. Bueno no se hablé más, exclamó mirándome de frente, sabe que gané la Bienal Ciudad Omán, al parecer arrebaté el premio a Doris Olaya, ¡el arte contemporáneo superó el neo barroquismo tecnológico!, exclamó, ...y debo retirar ese dinero del banco, pero no deseo ir allí. Pero apenas me conoce, susurré. No crea, leo su columna y eso me basta, además... Lo haré, interrumpí, después de todo, los artistas son muy ajenos al asunto del dinero. Gracias, aprecio su gesto, veámonos mañana a las dos en Bhuda's.

Dibujaba mi rostro; sabía cuando trazaba sombras o marcaba fuertes líneas por la presión que transmitían sus manos al lienzo. Es natural la inquietud de los primeros momentos, las tensiones se marcan en el rostro y se trasladan al lienzo, lo cubren de ruido, dijo la primera tarde.
Fijaba en mi retina sus gestos, grababa sus palabras, que horas más tarde traduciría a un lenguaje más humano, por que Astrán siempre me pareció inhumano. Miraba por encima de sus hombros la pared atiborrada de libros y pinturas. No los he leído todos, dijo, sorprendiendo el fisgoneo.
Su rostro transmitía tranquilidad, pero su voz revelaba una poderosa tensión interior. No has estado quieta un minuto completo, vuelve mañana a las tres, dijo y dejó caer su brazo. Y con el pincel aún entre sus dedos, desde la ventana oteó Ciudad Omán a lo lejos.

Los retratos se convierten en autorretratos, supongo que pasa lo mismo a los escritores, dijo al siguiente día. Sospechó lo que urdía y disimulé mi turbación. Tomé asiento y me hizo girar con las señas similares de un arquero que organiza su defensa ante un peligroso tiro libre. Así es, indicó cuando ya desesperaba. Me ofreció rodajas de naranjas que comía con avidez. Son buenas para el pulso, las comía Miguel Ángel, mientras pintaba acostado el techo de la Sixtina. Prefiero café oscuro... Y me lo llevaba en una cafetera metálica ganadora de un premio mundial de diseño. Se lo iba a decir y tensionó su rostro indicando silencio, realizando una serie de trazos rápidos y furiosos. Por hoy hemos terminado, ¿quieres verte?, preguntó, pero no está listo. Cuando esté consumado, dije, un poco desilusionada, apenas pasó media hora. Nunca estamos terminados... y hoy tienes negrura en tu cara, sentenció y puso dos manos inmensas en mis hombros y me besó.

Solíamos conversar poco en la sesión pero Fernando hablaba cada vez más, sospeché que demoraba el retrato para tenerme más tiempo con él. Una tarde de viernes descubrió en mi libreta una frase que dijo acerca del arte: "Somos fantasmas, el arte se crea a sí mismo a través de nosotros, destruyéndonos. F. A.". Qué es lo que tramas, preguntó. Hago tu retrato, dije y palidecí como una intrusa. Me rogó que le contara, que no estaba molesto. Se llama etopeya lo mío, es un retrato moral o ético, hecho con palabras; y lo que haces tú al pintarme es una prosopografía, dije sonriendo, para liberar la tensión. Suena aterrador, ¿una qué?..., exclamó divertido. No conocía tú risa, exclamé. Cuéntame, merezco saber lo qué escribes, me conminó. Empezó el primer día que vine, confesé, me lo sugirió la soledad, el reto que significó abrir tu puerta a una desconocida, quería escribir eso para no sufrir ese dolor que es tuyo. Puedo leer lo que has escrito, preguntó. Un espejo de palabras, nada que no exista en las luces y sombras de esta casa, en tus palabras o tus obras, respondí. Muy ingenioso, hacerme un retrato mientras te retrato, no pierdes el tiempo, dijo con sorna. Son apuntes, maestro, nada serio, dije y me despedí.
Me entregó un paquete que me pidió no destapar hasta el lunes siguiente. No podía ser el retrato, no estaba terminado y tal vez lo demoraría, mientras se disponía para su nueva era de soledad.

"Así será el morir..." dijo la voz de mi madre y desperté. El sueño tenía sabor de augurio: caían hojas secas a mi cuarto que se convertían en páginas que procesaba mi impresora. Pasé el día encerrada, era sábado y tenía cita con Fernando pero no me sentía con humor para ir, le llamé para excusarme y no contestó. Me extrañó pero no presté atención, tenía demasiadas ocupaciones.

El lunes abrí el paquete, para mi sorpresa era el retrato. Fui al periódico y percibí cierta intensidad en las miradas. "Estoy susceptible", pensé y pregunté qué pasaba. Sabemos que eras amiga de Fernando, dijo alguien. ¿Cual Fernando?, pregunté. Astrán, el artista, de verdad lo sentimos.... ¡Sentimos qué!, grité y salí corriendo.

Vendió su casa, sus pertenencias y obras y juntó ese dinero a la suma que retiré del banco días atrás, para cumplirle una cita a la fatalidad: pagar el rescate por su hermano secuestrado. Pocas personas lo sabían. Y Fernando ya no podía seguir viviendo, luego de esa afrenta, sin casa, sin taller, sin arte, sin país, sin nada. Sentí rabia por haber apuntalado su solipsismo. Allí me sentía en otro mundo, sin sospechar que su fractura no era del carácter sino del espíritu, que su soledad no era del artista sino del sitiado. Y yo ayudé a ese encierro, cuando pude haber sido una puerta, una sencilla mujer para el amor.
Se enamoró de mí, pero no me lo dijo, lo descubrí con miedo y callé. Los raptos eróticos los guardamos en la memoria, en un pacto tácito de silencio, para no enredarnos la vida. Y él guardó su dolor, como frío espejo que guarda la herida del mundo, sangrando hacía adentro, para curarla. Con Fernando se mató el artista para salvar el hombre y yo no dije nada. Nunca.

Inclinado a la izquierda de la tela mi rostro ovalado miraba con tristeza la bruma que escondía Ciudad Omán a lo lejos. El paisaje era el que yo miraba desde su estudio y, abajo a la derecha, brillaba en óleo blanco la firma de Fernando bajo una frase que no leí el día que lo descubrí:
"Espejos, fina piel de misterio, puertas hacía la muerte, lo que desconocemos, siempre están ahí..." F. Astrán.

Mangelu
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NO COMETERÁS ACTOS IMPUROS


Estamos en el interior de la iglesia de Santa Maria della Passione. El viejo reloj del párroco apunta ya a las cinco de la tarde, en la fecha en que el día comienza a robarle terreno a la oscuridad con nocturnidad y alevosía.
Un silencio casi promiscuo invade cada uno de los rincones del templo, y desde la entrada solo vemos de espaldas a una mujer sentada en el quinto banco a mano derecha contando desde el altar mayor. Parece joven, pero necesitamos acercarnos más para comprobarlo. Nos aproximamos sin despegar demasiado los pies del pavimento. La inesperada escasez de luz hace que no nos paremos siquiera a contemplar los frescos de la bóveda o las pinturas de El Bergognone que flanquean la nave central. Así que seguimos  avanzando hasta colocarnos un banco por detrás de ella. La observamos desde un ángulo de cuarenta y cinco grados. No debe acaso haber llegado aún a los treinta años. A pesar de estar bajo cobijo, este final de año está siendo especialmente adusto en la región de Lombardía y una precisa combinación de rosa y negro sigue cubriéndole las manos y el cuello. Aún dejando pocos resquicios al exterior podemos adivinar que es una chica bastante atractiva.
Su mirada sigue hibernando desde que entramos; pudiera estar clavada en el crucifijo del altar o bien en algún otro punto cercano a éste. Y de repente sus ojos se nos muestran más tiernos que nunca un instante antes de que baje la cabeza.
Nos situamos ahora sobre la hornacina de la fachada de la basílica, justo detrás de la estatua de San Pedro, el cual no nos extrañaría que se contrajera con este tiempo tan frígido. Sobre nosotros una inscripción avisa al turista de que se cumplen casi tres siglos desde que Giuseppe Rusnati terminará el frontispicio. Miramos a nuestra izquierda donde un hombre envuelto en un gabán avanza con paso tenue pero continuo. Dobla la esquina y abandona la Via Filippo Corridoni. Acaba de dejar atrás el liceo científico y el restaurante Daniel's donde un matrimonio alemán continúa allí de sobremesa. Es un sacrilegio estar en Italia y comer en un restaurante de comida rápida, le dije la mujer a su marido. Él, con cierta nostalgia, se apoya en que echaba de menos las würstel alemanas después de una semana en el país transalpino.
El hombre del gabán acaba de pasar la Via privada Perugia y está a unos treinta metros de nuestra posición. Se acerca hasta donde estamos y ahora podemos ver únicamente la corona triangular de su borsalino. Sin despojarse de sus guantes negros abre el portón y entra en la iglesia. Volvemos al interior. La joven parece más tranquila que cuando la dejamos hace unos minutos. Tiene algo entre su mano y su pecho izquierdo. Aprieta con fuerza. Un poco más. Hasta que un rectángulo de papel comienza a doblarse y al soltarlo comprobamos que se asemeja bastante a algún tipo estampa o relicario. Dos bancos por detrás de ella, vemos de frente al hombre, un tipo maduro, de pelo plomizo, parco en movimientos, y que ronda los cincuenta y cinco años. Tenemos que achinar un poco la vista para adivinar sus rasgos. Tiene una cicatriz que nace en la comisura del labio derecho y termina en el lóbulo de la oreja diestra asimismo. Se levanta apoyado en una de las pilastras, en un punto intermedio entre la discreción y el sigilo. Gira alrededor de la columna, cuando chasquea una de sus rodillas. La joven no se ha percatado y sigue absorta con el tipo a un escaso metro tras ella.
En ese momento el matrimonio germano da por concluido la hora de descanso y piden la cuenta en Daniel's. Por el gesto de la señora, el local no ha debido ser una gran elección por parte de su marido, pero al menos han comido y tomado unos cappuccini por un precio módico, mientras trazaban el itinerario para estar tarde; amén de evitar que el frío alpino siguiera violando el aire de sus pulmones.
Un metro por delante de la joven, sintiendo la frialdad del mármol rosa del suelo, tenemos vista preferente para ver cómo de la misma manera, el hombre ocluye la boca de la joven mientras le susurra un non ti muovere y le inocula una mirada abyecta en sus labios vidriosos. Para nuestra sorpresa, la chica no está forcejeando, parece abandonada a este individuo como si de una penitencia celestial se tratase.
Retornamos a nuestro palco con San Pedro. Michael y Corinna están al principio de la calle haciendo aspavientos. Él sostiene un mapa y ella señala en dirección opuesta a Santa María. Avanzan finalmente por la calle hacia el templo, aunque se paran cada dos metros.
En la iglesia, una de las capillas da cierta protección al desconocido mientras se regodea tocando los blanquecinos pechos de la joven. Arquea la ceja, quizá le extrañe que no haya tenido que amordazarla como hizo con aquella otra años atrás.
Michael y Corinna están ya frente a la portada principal. Tiene narices que habiendo llamado a tu hijo Zaratustra quieras ver ahora todas las iglesias de la ciudad, le dice ella. Tú lo que pasa es que solo quieres ir de compras, responde él, como rindiéndose,  mientras se enfunda un gorro de lana y gira en dirección al Quadrilattero d'Oro para satisfacer el instinto asesino de su mujer con la tarjeta de crédito.
Es justo entonces cuando se escucha un grito desde dentro de la basílica. Corinna suelta una bolsa y casi resbala con el hielo al cruzar al interior. A continuación vemos entrar a su marido. Dentro, el gemido de un varón rebota aún desde la entrada hasta el presbiterio. Corinna y Michael miran atónitos como un sacerdote sostiene media imagen de la Virgen de Fátima y a un hombre que yace sangrando entre trozos de porcelana. A su lado una chica se sube trémula su ropa interior. El sacerdote, tras santiguarse tres veces y aún con el gesto torcido, se acerca a la chica y le dice: hija mía, ¿por qué no avisaste de algún modo?
Ella deja caer sus párpados y susurra: Padre, confieso que he pecado...

Enzo Di Salvo
Con la sonrisa en los labios, como si hiciese la cosa más natural del mundo, el estúpido aparecerá de improviso para echar a perder tus planes, destruir tu paz, complicarte la vida, hacerte perder tiempo,buen humor,apetito, y todo esto sin malicia,sin remordimientos y sin razón. Estupidamente

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LA ESCAPADA


I
Ya era mala suerte que el viejo hubiese elegido el sábado para morirse,
por muy padre del jefe que fuese, pues implicaba que el entierro sería
el domingo por la mañana, el único día que tenía libre en toda la semana.
La siguiente idea que cruzó por la mente de Tomás fue que el taxista
acariciaba la funda de cuero del volante con verdadera lascivia, exhibiendo
una pequeña muestra de fetichismo dominguero sobre ruedas.
-Ésta semana en "La escapada " nuestro concurso semanal, sorteamos un fin
de semana para dos personas en Castelldefels...
hotel de cinco estrellas en primera línea de playa con todas las comodidades...
el precio de los desayunos no está incluido.
Tomás escuchaba las palabras del locutor de radio pensando que sería
estupendo que esa playa, ese hotel y esas comodidades fueran para él.
Y seguro que podría negociarse  lo de los desayunos.
Respecto a lo de "para dos personas"  no las tenía todas consigo.
A decir verdad no tenía ninguna consigo, aunque, ahora que lo pensaba,
la nueva camarera no estaba nada mal. Además, hacía un par de días le había
felicitado por sus croquetas con un brillo especial en los ojos. 
Claro que sería complicado que su jefe le diese libre el sábado, y más difícil
todavía que se lo diese también a Julia, la camarera. ¿O era Nuria?
El locutor de radio volvió a distraer a Tomás de sus  inofensivas cábalas.
-La pregunta de hoy es bastante difícil, pero seguro que alguno de nuestros
oyentes la sabe. Allá va. ¿Sabrían decirnos cuál es la capital de Indonesia?
Una luz se encendió en los abismos de la memoria de Tomás y parpadeó
tímidamente durante unos segundos, tiempo suficiente para que sus labios se
despegasen,  susurrando: Yakarta.
-Si tienen la respuesta llamen al 908-25-50-02 y participen en nuestro concurso
semanal. 
Ya saben, "La escapada" les está esperando a la vuelta de la esquina.
Los pulgares de Tomás corrieron como alma que lleva el diablo saltando de un
número a otro como si fuesen troncos a los que aferrarse en mitad de un
profundo río.
-Buenas tardes. ¿Me dice su nombre?
-Yakarta.
La palabra saltó atropelladamente de la boca de Tomás, incontenible.
-No le oigo bien. ¿Me puede repetir su nombre?
-Ah, si si, Tomás Pacheco...es Yakarta.
Una fanfarria instantánea tronó al otro lado del teléfono.
-¡Respuesta correcta! Enhorabuena Tomás, es usted el primer finalista de la
tarde.
El rostro de Tomás fue cubriéndose por un halo de indignación.
-¿Finalista? ¿Cómo que finalista?
-Así es. Haremos dos preguntas más y una vez tengamos a otros dos
finalistas les haremos una nueva pregunta a cada uno. El que la acierte se lleva
el premio de la semana..."La escapada"
El taxista, mirando a Tomás a través del espejo retrovisor, interrumpió la
animada conversación.
-Hemos llegado al cementerio, son nueve con cincuenta.
Haciendo oídos sordos a la demanda del taxista, Tomás intentaba zafarse del
pequeño inconveniente que el funcionamiento del concurso le suponía.
-Pero es que estoy en un taxi, bueno, a punto de bajarme, y no puedo escuchar
la radio.
-Vaya tranquilo, hombre de dios. Nosotros le llamamos dentro de un rato para
hacerle la pregunta final. Vamos con la siguiente llamada.
Para cuando Tomás le dio las gracias, al otro lado de la línea no había nadie,
tan sólo un pitido que rivalizaba en  desagradable con la machacona voz del
taxista.
-¿Se baja o qué? Son nueve con cincuenta y no tengo cambio.
Tomás pagó religiosamente y puso pies en polvorosa, recordando que a la hora
de ser enterrados los muertos no esperan a nadie.

II
La ceremonia ya había comenzado y Tomás no tuvo más remedio que
colocarse al final del todo, aunque bien visto, más que un impedimento esto
era toda una ventaja.  Desde su posición podía estar atento del móvil sin llamar
la atención de los numerosos asistentes al funeral.
Los minutos fueron cayendo sobre Tomás uno detrás de otro, como losas, y el
ansia por el quimérico fin de semana en la playa iba creciéndole en el
estómago como una gigantesca  planta carnívora dentro de un invernadero.
Las palabras del sacerdote llegaban a sus oídos mal y tarde, como si tuviera
resaca de pronto.
Un trago no me sentaría mal –pensó Tomás-, rezando para sus adentros,
pidiéndole al dios de las ondas radiofónicas que se apiadase de él y le
concediese el premio.
Llegado el momento en el que los asistentes al funeral se acercaron uno
por uno a darle el pésame a la familia del difunto, Tomás le echó un último
vistazo al móvil antes de guardarlo en el bolsillo de su chaqueta, y se preparó
para las inexcusables condolencias.
Al llegarle el turno dejó caer un débil  -lo siento mucho-, palabras que su
afligido jefe acogió  con total desinterés, sin apartar la vista ni siquiera un
instante de su difunto padre.
Tomás siguió  la trayectoria de la mirada del patrón hasta acabar
dándose de bruces visualmente con el pétreo rostro de anciano
que le era desconocido por completo.
Torpemente fue avanzando hasta encontrarse a los pies del muerto, y aunque
la visión de un cadáver siempre impone respeto, Tomás no podía dejar de
pensar en el hotel de Castelldefels.
Inquieto por el sin vivir que le asaltaba, volvió a mirar el móvil a escondidas.
De repente, una femenina mano sacudió el hombro de Tomás a modo de
saludo. El impacto, aunque leve, fue lo suficientemente consistente
como para que el móvil se le escurriera de las manos y fuera a caer dentro
del féretro, sobre el pecho del finado.
-¿Qué tal?
Sin necesidad de girarse, Tomás reconoció la voz de la nueva camarera.
-¿Tomás? ¿Te encuentras bien? Tienes muy mal color.
-No... estoy bien, es que siempre me impresiona ver a un muerto.
-contestó ahogadamente, maldiciéndola por dentro hasta casi hacerse daño-.
El féretro fue cerrado por un par de enjutos trabajadores del cementerio,
quienes, ayudados de una polea mecánica hicieron que la pesada caja fuera
descendiendo lentamente hasta quedar varada en el fondo de la tumba.
Valiéndose de una pala, uno de los trabajadores arrojó tierra sobre el féretro,
hasta que, súbitamente, el jefe de Tomás se la arrebató de las manos,
encargándose  personalmente de hacer el trabajo sucio.
Tomás se había quedado lamentablemente petrificado, observando con
impotencia  cómo el móvil, la escapada, el fin de semana, el hotel y la playa
iban quedando sepultados bajo el peso de la tierra.
La camarera le miraba de reojo, conmovida por aquel misterioso aire de
tristeza que lo iba envolviendo y que lo hacía tan atractivo a sus ojos.
Al principio pareció un lejano y agudo lamento, y tuvieron que pasar unos
segundos hasta que el sonido se hizo absolutamente perceptible.
Un sudor frío cruzó la frente de Tomás como un reguero de pólvora a punto de
arder. Sobre los rostros de los asistentes se fue imprimiendo un hálito de
extrañeza, salvo en el jefe de Tomás, ensimismado en su tarea, impasible.
Cuando fue indudable que el sonido del móvil venía del féretro, Tomás,
saltándose todos los controles de protocolo y saber estar habidos y por haber,
dio un paso adelante, el más en falso que imaginarse pueda.
A medida que avanzaba iba dejando de pensar en nada, vaciándose. Al borde de la
sepultura se le ocurrió que estaría bien decir algo:
-Lo voy a coger, que lo mismo es importante.
Antes de que nadie le respondiese saltó al interior de la sepultura, dejando
atrás todo atisbo de decencia, cavando su propia tumba a marchas forzadas.
Abrir la caja no fue difícil, pues en situaciones extremas el ser humano es
capaz de multiplicar su fuerza física (también su vileza), pero al pegarse el
móvil a la oreja, detectó que la polea automática se había puesto en marcha y
comenzaba a subir peligrosamente, al igual que la indignación de los asistentes
al entierro.
-¿Si?
-Hola Tomás. ¿Estás preparado para la pregunta final?
-Eh...claro, claro.
En aquel momento, el jefe de Tomás percibió como un delirio la trémula voz de
su empleado. Al levantar la vista un mazazo de macabra realidad le recibió con
los brazos abiertos. La pala se le escurrió de las manos.
-Nuestros otros dos finalistas han fallado la pregunta, lo que significa que si
usted acierta se lleva "La escapada" de ésta semana. ¿Está preparado?
Al contestar afirmativamente haciendo un ademán con la cabeza, Tomás fue
consciente de que ya no había marcha atrás. Algunos familiares se habían ido
acercando, apretando los puños.
La pregunta es: ¿Cuál es la capital de Mozambique?
A punto de desfallecer, haciendo un esfuerzo mental al que sólo se ven
expuestos ciertos primates en aras de la ciencia, Tomás acarició la respuesta,
la vomitó.
-Maputo.
Apenas pudo escuchar la reacción del locutor, pues en ese momento un
aguacero de mamporros, aderezados por palazos, fue cayendo sobre él más a
siniestro que a diestro.
Tan sólo había podido retener una palabra, que resonaba dentro de su
azotada cabeza como un mantra inexpugnable: ¡ganador! ¡ganador! ¡ganador!

III
La  amplia sonrisa de Tomás tenía algo de perturbador. A ello ayudaba la
ausencia de un par de dientes y la aureola de sangre que se había ido
formando alrededor de la boca.
El conductor de la ambulancia se ajustó el cinturón de seguridad y encendió
la sirena.
-¿Sabe usted? Es la primera vez que tengo que traer a alguien del cementerio
al hospital. Siempre es a la inversa.
Tomás comprobó lo poco agradable que resultaba hablar con un par de dientes
menos, ceceando grotescamente.
-Ez la primera vez que gano algo.
-¿Cómo dice? Es que no oigo nada con la sirena.
-Entonces zoy algo azí como un muerto viviente.
-Je je, algo así. Como un zombie.
Tomás, palpándose las heridas como a cámara lenta, dejó escapar sus
últimas palabras, las cuáles salieron de su boca pagando un doloroso peaje.
-Zoy un zombie ganador.

Caparazón
Con la sonrisa en los labios, como si hiciese la cosa más natural del mundo, el estúpido aparecerá de improviso para echar a perder tus planes, destruir tu paz, complicarte la vida, hacerte perder tiempo,buen humor,apetito, y todo esto sin malicia,sin remordimientos y sin razón. Estupidamente

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RAREZAS


   Estamos tan acostumbrados a existir que los hechos más sorprendentes de la vida nos pasan desapercibidos. Sólo si nos paramos a contemplar y reposamos la vista sobre lo usual podremos percatarnos de que eso que llamamos rutina tiene poco de repetición, y mucho de recreación.
   Despertar. Recordar algún sueño y sentirse mal o bien. Extrañarse de lo enrevesado de lo soñado y preguntarse por el origen de tanto enmarañamiento. Sentir que yo soy yo y no otro es algo que solo se puede sentir, no se puede pensar. Si se piensa pierde su tensión, su matiz  vertiginoso.
   Partir hacía el trabajo. Arrancar el coche, cilindros, pistones, bujías, mecánica en general, el primer coche del mundo ¿Cuándo fue? Me agarro al volante y acelero en las curvas para que el coche agarre. El hombre y la máquina. Cierto poder me embarga, cierta satisfacción. Enciendo la radio, ondas musicales, acortamiento de las distancias.
   Ya ves que es posible sorprenderse a cada paso. Sigamos.
   Un café. Activación. Comienzo a despachar clientes. Medio kilo de manzanas, dos de tomates. Rojos, verdes, amarillos, miente el arco iris, los colores son infinitos. Procuro no crisparme con algunas frases desabridas provenientes de clientes malintencionados. Sólo colores, reparto colores. Tres kilos de naranja para ti, tres de marrón para usted. La señora que espera su turno en la puerta enciende un Ducados y exhala el humo hacia la calle procurando no molestar. Viene con el delantal puesto, vive cerca. Su piel ajada y su rictus resignado denotan mala vida. Pasa el mundo entero en una sola mañana, reacciones universales, frases traducibles a cientos de idiomas, semblanzas de todo tipo que se pueden ver en cualquier establecimiento. Aquí, en mi tienda, todo pasa. Todo muere y vuelve a nacer de igual manera, con su ciclo perfecto de imperfecciones encadenadas. Cierro el portón, me mancho con un poco de óxido la mano: marrón, húmedo, pegajoso. Me limpio con un trapo.
   Comer. Necesidad convertida en rito para algunos, obstáculo hacia otra cosa para otros. Cortar, pelar, calentar, guisar, preparar. La historia del hombre es una evolución que va de lo crudo a lo cocinado, de lo virgen a lo elaborado. Lo que antes era comida sin más ahora puede ser arte culinario, lo que antaño fue coger por los pelos y penetrar ahora está repleto de prolegómenos, de caricias y afectos.
   Observa las miles de ramificaciones de cada pensamiento, de cada idea, las millones de posibilidades que podrían haber sido pero que nunca serán. Todas están ahí, esperando para ser pensadas.
   Una infusión. Azúcar no, sacarina. Tintineo, dejar la cucharilla sobre el plato y sorber. Quema. Calor. Necesito un abrazo. Carolina se fue, le dieron una beca para estudiar en el extranjero. Su olor se quedó, todavía no consigo desprenderme de él, por mucho que aspire en otras pieles, su aroma persiste como una maldición. Pero también pasará, como pasan los días nefastos que creemos interminables. En cambio, esta sensación de extrañeza, este estar aquí sin saber cómo ni por qué no tiene salida, no tiene por donde escapar. El dolor, la tristeza, el cansancio, la alegría, se localizan, proceden del hipotálamo,  de los músculos, del sistema nervioso o de quién sabe qué partes del cuerpo. Tienen origen, sabemos cuando nacen y cuando mueren. Pero lo raro, lo extraño, lo que no sabemos explicar, eso que no duele ni causa sufrimiento, es aún peor, porque no es sublimable, porque no podemos contarlo.
   Suena el timbre. Mi amigo. Me siento mal, me acuerdo de Carolina, él se sienta frente a mí. Puedo contarlo. Sentir la extrañeza de las palabras saliendo por la boca, la ruta del sonido, la cueva del oído; no puedo contarlo, es incomunicable, incompartible.
   Fíjate bien, el mundo cambia a cada momento, tú no eres el mismo que empezaste a leer este cuento, algo en ti ha cambiado, una milimétrica parte, un tono nimio, algo imperceptible, pero pensable al fin. Sino como se explica esa sensación de renovación y renacimiento que nos inunda cuando una vez leída la última página de un libro, cerramos la tapa y respiramos henchidos para palpar nuestro nuevo yo. Cómo se explica sino el cambio que se produce en la mirada cuando se vuelve de un viaje. Cómo explicar esa sensación de empequeñecimiento que aborda al que pasa los días sin tomar el plato principal de la vida. Bien consumiéndonos, bien expandiéndonos, vamos cambiando a cada instante. No te extrañes, o mejor sí. Quizá no sería recomendable asimilar como naturales todas estas cosas, todos estos detalles, por que si así fuera, ya no sería extraño, ya no sorprendería y acabaría formando parte del lado superficial de la normalidad.
   Hora de volver al trabajo. La tarde espera. Promete una puesta de sol, un paseo por el parque y una cena con amigos. Hago caja, billetes y monedas, papel y metal. El símbolo. Nada sin dinero. Cien, cincuenta, veinte. Surto mi cartera, nunca se sabe. Esta vez no me mancho la mano al cerrar el portón, la memoria, el aprendizaje, aquello de no tropezar dos veces. Se despide el día ofreciendo un crepúsculo de tonos rojizos y anaranjados. Respiro hondo. La belleza. El sol, dios que perdió su trono, ejemplo para el fuego. Al fin, la oscuridad. Comienzan a encenderse las farolas. El verde del parque se tiende ante mis pies, los niños gritan, las madres también y yo cierro los oídos. Un banco, tablas de madera, un grabado: Mario y Luisa, 10-11-2003. Esa manía por dejar constancias, por pasar a la eternidad. La vanidad. ¿Qué hubiera sido del arte sin la conciencia de la mortalidad? Me recojo entre mis propios brazos, hace frío. ¿Existieron de verdad las glaciaciones? ¿Cuándo será la próxima? ¿Quién la vivirá? Comienzo a andar, las palmeras parecen paraguas gigantes, un niño lanza una pelota que llega hasta mis pies, la recojo, sopeso su redondez y la lanzo. Jugar, prepararse para la vida, aprender a reír, a obedecer, a comprender, a repeler, a tantas cosas, y  cuando por fin  creemos saber algo, se acaba el tiempo. Lo han dicho tantos poetas, tantos filósofos; aun así, cada vez que se piensa es inevitable esa sensación: la de extrañeza.
   Como estarás comprobando, cualquier lugar puede ser el idóneo para darse un baño de rarezas. Y es que lo imperceptible no está en las cosas, está en nosotros, en la manera de graduar nuestro discurrir.
   Vuelta a casa. La ducha. El agua caliente corriendo por mi espalda. Placer. Jabón, frotarse el cuerpo, hoy con rapidez, no hay tiempo. Otras veces, las velas, el incienso, sales de baño; de nuevo, la necesidad convertida en ceremonia, en gusto para los sentidos. Se acaba el aseo, toca elegir la ropa. Haciendo gala de mi condición masculina me devano los sesos para combinar un par de colores que conviertan mi vestimenta en un conjunto armonioso. Pantalón negro, camisa amarilla. Todo para descubrir después que estos colores se matan, que no casan. Habría jurado que estos dos colores estaban de moda hace dos años. Pero la moda es- ya lo dijo Cortázar- así de versátil, así de arbitraria. O se lleva o no se lleva. Es muy sencillo, fácil de comprender, pero no por ello deja de ser irritante. ¿Cabe rareza mayor que la de concebir que lo que hace cierto tiempo resultaba agradable a la vista ya no lo sea? Como explicar al resto del mundo que a mí me gusta llevar pantalón negro y camisa amarilla desde la primera vez que probé esa combinación y que seguramente dentro de veinte años me seguirá gustando. ¿Es que no cabe la constancia de gusto en la ropa?  ¿No cabe ser fiel a una estética como se es fiel a cierta tendencia literaria, cierto estilo artístico o cierta ideología? ¿COMO NO SENTIRSE EXTRAÑO?
   Un restaurante. Lugar de reunión. Aquí se encuentran la gula y el preludio de la lujuria, que no es otra cosa más que el vino. Dar las buenas noches, repartir besos y apretones de manos. Comienza la conversación, un trago, pasan los minutos y no paro de oír las frases de siempre, los mismos chistes fáciles, las mismas preguntas. Aperitivos, otro trago. Dejo de escuchar, solo oigo: murmullos, palabras inconexas, el ardor de los que se pisan al hablar. Humo, cigarrillos, las mejillas se van sonrosando. Vuelvo a estar entre ellos y levanto mi copa para brindar por esta noche que se ofrece plena para dejar de pensar. La ebriedad, tan recomendada por Séneca y tan vituperada por médicos y campañas publicitarias, es hoy mi salvación, mi vía de escape, la única forma posible de pertenecer a la masa y compartir la visión nictálope de los que abarrotan las discotecas. En otras ocasiones, después de otras cenas, he optado por no diluirme, por seguir concentrado en mi propio ser, sosteniendo la copa vacía en mi mano como quien aguanta la propia lucidez. Entonces, cuando esto ocurre, cuando se miran con frialdad los cuerpos que danzan y sudan mientras uno se mantiene inmóvil y seco, sobreviene la extrañeza para conminarme dulcemente a volver a casa. Pero esta vez, fue la parte achispada de mi cuerpo la que me invitó a reunirme con el sueño.
   Creo que ya te habrás dado cuenta de que esta historia no resulta extraordinaria. Todo el mundo tiene o acaba por tener un trabajo, todo el mundo se enamora y desenamora, pasea por parques y sale a cenar con amigos. Lo singular, lo específico de la vida de cada cual lo pone la mirada que empleamos para observarnos a nosotros mismos y a los demás. No basta con ver, hay que mirar. Lo raro, lo extraño, aquello que puede exaltarnos y hacernos sentir únicos y hasta asomados a un abismo hay que buscarlo, no se presenta sin más.
   Mi cama. Por fin el descanso. El mareo se va desvaneciendo. Dulce sopor. Entrega al sueño. REM. Una imagen se instala en mi mente, sólo veo piezas que caen y van encajando unas con otras cuando llegan al suelo, yo soy el encargado de ir colocándolas en la posición adecuada para que cuando tomen contacto con otras piezas encajen perfectamente. Las hay que parecen eles, otras son crucetas, las que más, una especie de serpientes como las de las señales de tráfico que indican curvas. Mucha tensión, no paran de caer piezas. Despierto sudado, todavía no es de día, respiro aliviado y recuerdo el sueño. Entre fascinado y extrañado me acomodo de nuevo para retomar el descanso. Mañana será otra partida.

Ricardo Reis
Con la sonrisa en los labios, como si hiciese la cosa más natural del mundo, el estúpido aparecerá de improviso para echar a perder tus planes, destruir tu paz, complicarte la vida, hacerte perder tiempo,buen humor,apetito, y todo esto sin malicia,sin remordimientos y sin razón. Estupidamente

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EL DOCUMENTO


Desactivó la alarma, cerró la puerta del departamento y pegó una pequeña cinta transparente entre la hoja y el marco, abajo. Algunas precauciones no se pierden.
Prendió todas las luces y se encerró en el escritorio, con el maletín. Abrió el último cajón de la biblioteca, sacó el 38 y lo puso sobre la mesa, mientras revisaba los papeles.
Apenas comenzó, se detuvo; tomó el revólver y recorrió nuevamente el departamento: fue a la cocina, pensó en que un té lo calmaría, corrió al cuarto de servicio, revisó los baños y se lavó la cara con agua fría; controló todas las ventanas. A pesar de que estaba en el octavo, nada estaba de más.
Se encerró nuevamente en el escritorio. Los documentos parecían conscientes de su importancia; altivos e indiferentes, mantenían sus márgenes impolutos, las letras legibles, las palabras inapelables. El timbrado rojo le recordó la sangre que costaron. Rodríguez ponía empeño en revisarlos, pero la ansiedad sumaba torpeza. Evitaba sentencias que intuía, salteaba párrafos y volvía para atrás para leer las primeras líneas. Llegaba al final de un capítulo y no podía resumirlo mentalmente; saltaba a otro con el compromiso de releer todo el documento detalladamente, después del primer análisis. Suponía lo que decía; sabía que aunque no lo leyera las atrocidades estaban ahí, en negro sobre blanco, pero si las leía, el veneno pasaría del papel a sus ojos y le contaminaría el alma. Sus manos temblaban solo por tocarlo.
De pronto escuchó un ruido. Puso el documento dentro del maletín, y este, atrás de la computadora. Montó el arma y apagó la luz del escritorio. A los cinco minutos de quietud y expectativa caminó hacia la puerta y, apoyado sobre la pared, abrió apenas una rendija; espió, comprobó las luces prendidas, no vio ninguna sombra y se escurrió por el pasillo que conectaba el escritorio con el estar, el toilette y las dependencias de servicio. Desde el lavadero, ingresó al bañito trasero y vio la tapa del inodoro baja, él nunca la dejaba así. Pensó que tenía la ventaja de conocer el departamento y comenzó a apagar las luces, caminando con la espalda contra la pared y el oído atento. La transpiración le hizo arder los ojos, rápidamente se pasó la manga izquierda sobre la cara y, en ese momento, le pareció ver una sombra en el cuarto principal. Silenciosamente corrió hacia allí y pateó la puerta: la cortina era chupada por un resquicio de la ventana, apagó la luz pero ninguna silueta se recortó contra el resplandor exterior. Recorrió toda la pieza y abrió el placard; la ropa desordenada no ocultaba a nadie. Salió al balcón y el ruido externo lo sobresaltó, solo eran autos. Volvió al interior y revisó el segundo dormitorio, todo estaba en orden. El baño principal tenía una canilla goteando, la cerró con fuerza mientras miraba hacia la mampara de la ducha. Siguió apagando luces hacia la cocina. Un seseo alertó sus instintos antes de comprender qué sucedía. Corrió a la cocina y vio la pava sobre una hornalla abierta y sin fuego. Por una vez se vio víctima. Corrió a cerrarla y tomó una decisión definitiva. Sacó los documentos del maletín y los quemó en la estufa del escritorio. Volvió al pasillo y gritó lo que había hecho, el silencio fue absoluto. Empapado y tembloroso camino despacio hacia el living, donde permanecía la única luz prendida; desde la arcada que conectaba al pasillo miró todo y no detectó ninguna anomalía. Rodeando el ambiente contra la pared fue hasta la puerta de entrada y comprobó que el panel de la alarma no marcaba ninguna zona con movimiento, más que esa. La boa de la angustia lo estrujó, miró hacia abajo: la cinta transparente seguía allí.

Raskolnikov
Con la sonrisa en los labios, como si hiciese la cosa más natural del mundo, el estúpido aparecerá de improviso para echar a perder tus planes, destruir tu paz, complicarte la vida, hacerte perder tiempo,buen humor,apetito, y todo esto sin malicia,sin remordimientos y sin razón. Estupidamente

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MIS ABUELOS


A las ocho y media en punto de la mañana los médicos se dispusieron a preparar la sala   
de operaciones. Mi abuelo se dio un baño, se peinó y se perfumó como hace cada mañana al levantarse, solo que aquel día lo hizo un poco antes de lo habitual. Había estado en vela toda la noche, hojeando una y otra vez las mismas revistas y periódicos que se fueron amontonando durante su larga estancia en el hospital y escuchando entre tanto las noticias que daba la radio. Tras el temprano aseo, se sentó en el sillón que estaba situado junto a la mesita para mirar a través de los polvorientos cristales de la ventana el amanecer de aquel día lluvioso, con tanta atención que parecía que fuera la primera vez que veía salir el sol. Mi abuelo, un hombre que durante setenta y dos años no había agarrado nunca un resfriado importante, allí estaba, devastado por un cáncer. Aunque debo decir que él en ningún momento había dado muestras de debilidad alguna. Siempre se mantuvo con una entereza formidable, digna de ser admirada, y lo único que parecía haberle molestado un poco más de todo aquello era el haber perdido parte de su hermoso bigote. A la hora prevista, una de las enfermeras de turno, que ya había compartido con él todo un mes de cuidados, entró en la habitación para controlar el suero, y mientras lo colocaba de nuevo en la camilla, procedió a rasurarle el cuerpo. Mi abuelo había construido una entrañable amistad con todo el personal de cuidados, a los cuales había prometido una caja de aguacates de su propio huerto en cuanto saliera de allí. Les había contado todo tipo de historias sobre sus hijos y nietos, y les habló especialmente de mi abuela, a la cual se refería siempre como la gran mujer de su vida. Cuando terminó su labor, la enfermera se despidió de él besándolo en la mejilla y dio paso a la familia. Mi abuela, apresurada, entró la primera y se sentó junto a él en el borde de la cama, agarrando su mano- temblorosa por primera vez- con toda la fuerza que le daba el cuerpo, tratando de transmitirle la serenidad que ni ella misma tenía. Pese a que ahora se encontraba algo más asustado por lo inminente de la operación, mi abuelo era único en poner siempre un toque de humor en situaciones dramáticas y trató de arrancar la sonrisa de los presentes haciendo alusión a la deliciosa comida del hospital o a lo práctico que resulta tener un televisor que funciona con monedas. A la única que no podía engañar era a mi abuela, que continuaba agarrando su mano con fuerza y percibía todos sus temores en carne propia, a pesar de aquella máscara de indiferencia que él pretendía mostrar. Una nueva enfermera irrumpió de golpe en la habitación para colocarle a mi abuelo tubos, cables y demás parafernalia, frente a la mirada triste de mi abuela que ya no pudo contener las lágrimas y comenzó a llorar desconsolada ante la idea de tener que soltar la mano de su marido. Había que  abandonar la habitación en breve y mi abuelo le pidió a mi abuela que le guardase su reloj de pulsera. Ella, secándose las lágrimas con el antebrazo, lo retiró cuidadosamente y lo colocó en el bolsillo izquierdo de su rebeca con el celo del que guarda el más valioso de los tesoros. Él continuó diciéndole cosas pero a estas alturas, comprenderán,  que mi abuelo ya casi no podía levantar la voz a causa de los sedantes que le habían suministrado, y mi abuela, casi sorda por la edad, ni siquiera se molestó en intentar entenderlo. Se besaron y se apretaron la mano con más fuerza, hasta que la misma enfermera los obligó a separarse.
Eran casi las nueve cuando la habitación quedó vacía, en cuyo centro solo se hallaba la desoladora imagen de mi abuela acariciando su bolsillo izquierdo, como queriendo asegurarse a cada instante de que el preciado objeto seguía allí. En este punto de la historia debo decir que mi abuela es una de esas personas sensibles hasta el infinito, débil y con gran facilidad para enfermar. Toda la fortaleza que le sobraba a mi abuelo le faltaba a ella pero, a pesar de todo, siempre supo aguantar la tormenta hasta el final, aunque fuera a base de lágrimas y dolores de cabeza. Tocaba ahora retirarse a la sala de espera, donde había que resignarse a estar durante seis largas horas, que era lo que aproximadamente podía tardar semejante intervención, y más aún, por el tamaño y extensión del tumor que oprimía los intestinos de mi abuelo. El único modo de hacer que el tiempo transcurriera más rápido era mantenerse en activo subiendo y bajando las escaleras del hospital, ya sea para ir a tomar una taza de café o fumar un cigarrillo en la calle. Había un gran bullicio de gente moviéndose de un lado para otro, tratando todos de ignorar el reloj; todos menos mi abuela, que lo había rescatado de su bolsillo y no paraba de mirarlo. Se había acomodado en una de las sillas de la sala y no se volvió a levantar ni para ir al baño. Cada hora salía uno de los médicos para informar de cómo iba todo, promoviendo así la agitación general. Mi abuela hacía grandes esfuerzos para enterarse de lo que contaban, pero creo que en el fondo sabía que, pasara lo que pasara dentro del quirófano, ellos siempre le mentirían para evitar que se preocupara demasiado. A medida que pasaban las horas, las caras de los médicos delataban peores noticias, y ella por fin estalló en llanto. Aquella imagen de mi abuela llorando, inundada de incertidumbre, poseída por el miedo, es una de las escenas más sobrecogedoras que jamás he presenciado. Mi abuelo seguía en la camilla del quirófano y la angustia crecía en su interior ahogándola en la tristeza más profunda. Los médicos incluso dejaron de salir durante un buen rato, mientras que la frialdad de aquella sala parecía calar hondo en mi abuela, que estaba palideciendo por momentos. Pasaron dos horas desde las últimas noticias, cuando por fin salió otro médico, dijo algo rápido mientras se pasaba el brazo por la frente y volvió a desaparecer. Mi abuela miraba a su alrededor poniendo atención a los comentarios, tratando de descifrar los gestos, las miradas, y hallaba el desconsuelo en los ojos húmedos de los presentes. Entendió que le ocultaban algo, que ellos sabían más de lo que finalmente le contaban. Entre los susurros de la sala, su cabeza daba vueltas buscando salida a la desesperación creada por las dudas infinitas.
Los ecos que percibía solo consiguieron acrecentar la incertidumbre y durante un rato decidió aislarse en sus recuerdos, dejando así de prestar atención a lo que no podía o no quería entender. Estaba retrepada en el duro asiento de plástico de la sala de espera, con la cabeza hacia abajo, mirando el reloj de pulsera que sostenía con las dos manos. Aquel reloj fue un regalo que ella le había hecho a mi abuelo en sus bodas de oro; todo el tiempo juntos, toda una vida. Se encontraba tan ensimismada que ni siquiera se dio cuenta de que las agujas se habían parado. Su cuerpo, encogido y tenso, se mecía adelante y atrás como si estuviera siendo empujado por alguna fuerza extraña. Cerró los ojos y se dejó llevar por el continuo vaivén, entrando así en una especie de duermevela. En su mente no había más que oscuridad, todo estaba confuso, comenzaron a brotar demasiados recuerdos de golpe; más de cincuenta años de recuerdos atropellándose en su cabeza, y todos se mezclaron creando imágenes sin sentido. De pronto, le pareció escuchar al médico que volvía a salir, percibió las ruedas de una camilla y algún que otro sollozo. Los pasos de todo el personal quirúrgico paseaban por su cabeza como si se tratase de un desfile de martillos, mientras ella continuaba inmersa en sus propios pensamientos, más cercana a un sueño que a la realidad que tanto le asustaba, y en algún escondido rincón de su memoria se sintió por fin a salvo del dolor. La oscuridad de su mente se dispersó, dando paso a una serena claridad que procedía de alguna parte. Abrió los ojos y las lágrimas se habían secado. Distinguió una imagen que la inundó de paz y sosiego. Una tímida sonrisa se dibujó en su cara. Su rostro parecía incluso rejuvenecido. Un leve rubor apareció en sus mejillas al oír con absoluta claridad la voz que repetía su nombre y, sin dudar un momento, agarró con ternura la mano que mi abuelo le tendía.
No faltó nadie. Familiares, amigos, conocidos del pueblo... Nadie faltó al día siguiente al funeral de mis abuelos.

Beba Jiménez
Con la sonrisa en los labios, como si hiciese la cosa más natural del mundo, el estúpido aparecerá de improviso para echar a perder tus planes, destruir tu paz, complicarte la vida, hacerte perder tiempo,buen humor,apetito, y todo esto sin malicia,sin remordimientos y sin razón. Estupidamente

Parlamento

LA VIDA IMAGINARIA


   En un intento a la desesperada por escapar de la tristeza del desamor, ya casi melancolía, Diana decidió dedicar las mañanas de los sábados y los domingos a los personas más necesitadas. Guiada por este propósito, se presentó en la residencia de ancianos El otro hogar, en la periferia de la ciudad,  a ofrecer desinteresadamente sus servicios. Estaba dispuesta a desempeñar, dentro de sus posibilidades horarias, cualquier labor: desde limpiar culos hasta bailar la jota.
   La directora del centro, quien sólo necesitó unos minutos para percatarse de las portentosas cualidades que, como animadora, atesoraba la voluntaria, le sugirió que se dedicara a entretener a los residentes durante La hora de todos. 
   -En la residencia llamamos con esta expresión a una especie de recreo de una hora más o menos, las mañanas de los fines de semana, en el que los internos se dedican en el salón de actos a compartir actividades diversas: lectura de  poemas, chistes, representaciones teatrales, proyección de películas.... Una hora que casi nunca dura sesenta minutos; a veces, sobre todo en los días mustios de invierno, apenas alcanza  los tres cuartos, y en otras ocasiones, en primavera principalmente, supera con creces las dos horas. Pronto te darás cuenta de que en El otro hogar  la relatividad hace de su capa un sayo. 
-¿Puedo entretenerles con lo que se me ocurra? 
-Baila, canta o, mejor, cuéntales historias. Les chifla que les cuenten todo tipo historias, cuanto más disparatadas, mucho mejor. Por cierto, me llamo Adelaida Ramales.
-Y yo Diana Ríos.
Diana, dueña de una hermosa voz, más aficionada a la literatura que a la música, en los siguientes fines de semana, en La hora de todos, se dedicó a contar historias al grupo de ancianos que acudía al salón recreativo, cada vez más numeroso. Historias que se inventaba sobre la marcha. La directora había dado en el clavo. Su imaginación era tan portentosa como sus dotes de narradora. Diana lo comprobaba a diario con creciente asombro. Había acudido a aquella residencia a dar, y se había encontrado con el mejor de los regalos.
   Al mes, los internos más curiosos y lenguaraces, que ya habían adquirido confianza con ella, empezaron a asaetearla a preguntas sobre su vida privada. Diana, quien fuera de la residencia no soportaba a las personas indiscretas, en la atmósfera empática que se respiraba en aquel lugar,  accedió de buena gana a satisfacer la curiosidad de sus interlocutores. Para ello, casi sin pretenderlo, se convirtió en la Diana que le hubiera gustado ser, no en la que era. En cuanto llegaba el sábado a la residencia, dejaba en la puerta a la Diana real, y cruzaba el umbral convertida en la Diana de los cuentos de colorín colorado: enamorada, bibliotecaria, feliz. Y, para su sorpresa, los ancianos veían en ella a quien decía ser, no a quien en realidad era.   .
Entre las muchas cosas que fabuló sobre sí misma, Diana Ríos dijo  que se había casado con un hombre extraordinario que pertenecía a Médicos sin Fronteras, quien, además, en los ratos libres, se dedicaba a escribir poesías y cuentos fantásticos. No habían tenido hijos porque él viajaba a menudo para poder socorrer a algunas de las víctimas de los innumerables conflictos y desastres que se producían en el mundo, pero confiaba en que pronto los concebirían. También les contó que ella trabajaba, de lunes a viernes, en la Biblioteca Municipal. Sobre este particular, no tuvo que imaginar demasiado, ya que, en efecto, Diana trabajaba limpiando las dependencias de la Biblioteca Municipal.
   Mientras daba rienda suelta a la imaginación, sus ojos, iluminados por los sueños que se recortaban contra el horizonte de su utopía particular, despedían un extraño fulgor que se reflejaba en los ojos de los residentes, más mujeres que hombres, que la escuchaban con arrobo.
   Un sábado, al llegar a El otro hogar, se encontró en la sala de espera con un hombre que, a pesar de su aspecto corriente, a Diana le atrajo al primer golpe de vista. En sus ojos le pareció distinguir la chispa de la bondad, una tentación irresistible para una mujer como ella.
   -¿No será usted la cuentista? –preguntó él.
   -¿La cuentista?
   -Eso dice mi madre, quien, por cierto, habla maravillas de usted. La adora.
   -Bueno, vine a la residencia, hace hoy tres meses, con la intención de ayudar en todo tipo de labores, pero Adelaida, la directora, muy ducha en leer el lenguaje de los ojos, ya sabe, el que aflora de lo más profundo del alma, me pidió que les contara a los residentes historias, leídas, escuchadas o inventadas, daba igual, cualquier historia que les hiciera pasar un rato ameno. El séptimo día, o sea, el cuarto fin de semana, sobre la marcha, ante las preguntas de carácter personal planteadas por algunos de los presentes, se me ocurrió relatarles algunas peripecias de mi vida imaginaria, aunque ellos, con una fe ciega en mí, se las creyeron a pies juntillas. Desde entonces, más que la cuentista, me he convertido en la embustera. 
   -La verdad de las mentiras. Ese es el cometido de la buena literatura. Contar mentiras que conduzcan a la verdad de cada lector. Encantado de conocerla. Me llamo Andrés.
   -Y yo Diana.
   -Uno de mis nombres favoritos. Su marido trabaja en Médicos sin Fronteras, ¿no?
   -El de mis historias, sí.
   -Qué casualidad.
   -¿Por qué?
   -Porque yo, antes de dedicarme a la medicina privada, trabajé en Médicos sin Fronteras.   
La mujer se ruborizó hasta las orejas.
-¿A qué se dedica el otro? –preguntó el hombre.
-¿Quién?
-El marido de la vida real.
Diana entornó los ojos.
-Discúlpeme. La acabo de conocer y...
-No tengo marido.
   Si Diana no hubiese parpadeado justo en ese instante, habría percibido el ramalazo de luz que iluminó fugazmente los ojos de Andrés.   
   -¿Puedo asistir como escuchador a la sesión recreativa de hoy?
   -Esta mañana no creo que le resulte muy interesante lo que voy a contar. Desde que les presenté a mi marido imaginario, el que presta sus servicios en Médicos sin Fronteras, los ancianos siempre me piden que les narre alguna anécdota sobre él. Hoy pensaba hablarles de su experiencia en Bosnia.
   -Entonces, hábleles de mí. Así, su imaginación pisará tierra firme. Estuve en Sarajevo hace unos años.
   -¿De verdad?
   -La verdad de las mentiras.
   Una hora después, Andrés y Diana salieron juntos de la residencia.
   -Resulta curioso.
   -¿A qué se refiere?
-A la magia de la literatura en general y de los cuentos en particular. Ni la una ni los otros se conforman con pertenecer al ámbito de la ficción, a veces, como por arte de birlibirloque, se materializan en la vida real –razonó él.
   -¿En mí?
   -Y en mí, también. Quizá.
   -¿En usted? ¿Qué quiere decir?
-Se lo diré dentro de unos minutos, en el restaurante El manjar, mientras almorzamos. ¿Acepta mi invitación?
   -¿Para reunir el material de otra de mis historias?
   -Sí, a lo mejor el primer capítulo de la historia de su vida... y la mía.

Álvaro Flores Pacheco
Con la sonrisa en los labios, como si hiciese la cosa más natural del mundo, el estúpido aparecerá de improviso para echar a perder tus planes, destruir tu paz, complicarte la vida, hacerte perder tiempo,buen humor,apetito, y todo esto sin malicia,sin remordimientos y sin razón. Estupidamente

Parlamento

EL BIZCOCHO DE CRISTINA


- Hola Bibiana, buenos días. No veas que noche he pasado. A la niña le ha salido un orzuelo de los chungos y no ha podido pegar ojo del dolor. Cuando por fin  estaba a punto de meterme en la cama me he acordado de que me tocaba a mí traer el desayuno, así que ya me ves a las cuatro de la mañana batiendo huevos para hacer el bizcocho. He estado por llamar a Miguel, que siempre se acuesta a las tantas para que se encargara él, pero luego me ha dado apuro. Es tan raro... Ah, y que no me olvide de contártelo antes de que llegue: cuando salía de la ducha me ha enviado un sms Trini, que quiere que la acompañe el lunes a no sé qué historia sobre salud, se ve que si voy yo la cosa quedará como más formal por el rollo de la innovación y esas movidas. Yo creo que ella sólo se quiere preocupar del tema social y todo lo de sanidad se la suda. Supongo que me tocará ir con ella, qué remedio, es la favorita. Ya se podría llevar a Pepe, que últimamente está en todos los fregaos. Qué tío. Entre él y Tere se lo comen todo y se llevan toda la gloria. Aunque comer, aparte de Francisco, claro, la que más come es Elena, que se está tragando todos los marrones habidos y por haber, con lo a gusto que estaba ella en Administraciones. Ten cuidado que vas arrastrando el pañuelo. Por cierto, ahora que me acuerdo, se ve que van a tumbar a Ángeles. Me lo insinuó Tere el otro día, claro que tampoco me extraña, pero a ver a quién ponen, con Ozores muerto. Perdona, eh, Bibiana, ya sabes que a veces me sale el humor negro. Voy a ir cortando el bizcocho, ¿me ayudas? Con la histeria que le da a este tío con la puntualidad, lo mismo me monta un pollo por no tener el desayuno a tiempo. ****, que ahí llega. Luego te cuento. ¡Buenos días, José Luis!

Víctor Deza
Con la sonrisa en los labios, como si hiciese la cosa más natural del mundo, el estúpido aparecerá de improviso para echar a perder tus planes, destruir tu paz, complicarte la vida, hacerte perder tiempo,buen humor,apetito, y todo esto sin malicia,sin remordimientos y sin razón. Estupidamente

Parlamento

LA MAGIA DE LAS SIESTAS  

En la casa cerrada donde vivía mi abuela aún quedan muebles. Un armario, algunas
sillas y el ropero en el cuarto de atrás. Mi primo Alberto ya se llevó algunas cosas y
ahora hay que levantar el resto, decidir quién se lleva qué y a quién le regalamos lo que
nadie quiere. Han pasado varias semanas con la casa vacía. Recorro las habitaciones en
penumbras reconociendo rincones. Cierta levedad en las rodillas, como convaleciente de
largas fiebres, me acompaña por los cuartos vacíos.
En la pieza donde murió la abuela el ropero en el medio de la habitación parece el
último sobreviviente de un naufragio. Al entrar, las viejas tablas del piso tiemblan y
entreabren con un quejido la puerta del ropero que me enfoca directo en la luna de su
espejo. Una mariposa blanca se escapa de la boca oscura y pasa casi rozando mi nariz.
Instintivamente me echo hacia atrás y la sigo con la mirada hasta que la veo perderse en
los rincones sin luz. Hay olor a alcanfor en el aire estancado. Ese olor, tan propio de mi
abuela, de la casa de mi abuela y de las siestas infantiles en verano, cuando papá y
mamá me dejaban, junto con mis hermanos, en la vieja casona para ir a trabajar. La
abuela imponía silencio en la penumbra del cuarto enorme. Sólo había que tener
paciencia. Conteníamos la inquietud bajo las sábanas perfumadas a la espera de que la
abuela se durmiera para escaparnos escaleras arriba a visitar a la tía Eloísa, que nos
esperaba en su altillo antes del trajín de la merienda. La tía Eloísa era dulce. Para
nosotros, una presencia silenciosa y permanente en la casa de la abuela. A esa edad no
entendíamos de desplantes y amarguras y disfrutábamos de esa segunda abuela menos
estricta, más comprensiva y mucho más cómplice. En el cuarto de la tía Eloísa no había
un plan preconcebido. Algunos días nos contaba cuentos de misterios y detectives, otras
veces las camas altas y mullidas, con parrillas de generosos elásticos que chirriaban a
cada salto ofrecían cancha para acrobacias extremas. Y cuando el alboroto amenazaba
con despertar a todos, pasábamos a revisar el ropero. Ese mundo cerrado con olor a
alcanfor guardaba los mejores tesoros. Los vestidos de su madre, mi bisabuela, que
colgaban severos de las perchas se transformaban en desfachatados disfraces. La estola
de seda conservada entre papel de arroz se volvía la cortina de flecos que separaba mi
"casita" de la de mi hermana o el telón de fondo de un escenario de varietés. Los
sombreros de plumas y pedrerías salían de las cajas a rayas y se volvían canastos para
compras o cunas de bebé. Un universo al que teníamos acceso con la magia de la tía
Eloísa, quien como un hada pequeñita iba habilitando cada tarde sorpresas
inimaginables. Parecía que el ropero no tuviera fondo y siempre aparecían novedades
que nos metían en los mundos inventados de unas caravanas con forma de trencito o una
toallas blancas con bordados turquesas. Cuando empezábamos a escuchar movimientos
en la planta baja se acababa la diversión. Conocedores del los rezongos de la abuela,
esperábamos con nerviosismo en la escalera a que no estuviera cerca y muy
compuestitos aparecíamos en la cocina, prontos para recibir la merienda. La tía Eloísa
apenas demoraba un poco más en aparecer. Con la misma magia con que había
desplegado su universo encantado volvía todo a su lugar y su habitación recuperaba su
apariencia para la tarde siguiente. Una vez, intrigada por la velocidad con que ordenaba
todo, volví a subir corriendo y la sorprendí, lo juro hasta hoy, con una varita al mejor
estilo Mary Poppins, indicando, a cada componente del desparramo, ocupar por si solo
su lugar.
Otra mariposa blanca escapa por la puerta entreabierta del ropero de la abuela y me
devuelve a la vieja casa cerrada. Miro mi silueta en el espejo y trato de imaginarme a la
niña disfrazada de muchos años atrás. Me dirijo hacia la puerta entreabierta del ropero.
El crujir de las tablas acompaña mis pasos y, con cada pisada, el reflejo del espejo
dibuja luces en la pared. Me acerco despacio pensando en el destino de los vestidos de
mi bisabuela y en estos otros, los de mi abuela, que pienso regalar al hogar de ancianos.
Al abrir la puerta, una nube de mariposas blancas me envuelve. Salen y salen en
bandadas cegándome por completo. Un estremecimiento me recorre la espalda desde la
nuca e intento protegerme con los brazos sobre la cabeza y girando sobre mí. La turba
de mariposas parece no tener fin y el torbellino de escamas me cerca soplándome la
cara. Y así como salen, se escapan por una rendija, escurriéndose de la habitación,
dejando una estela luminosa de aire con olor a polvo. Todo vuelve a estar inmóvil. Sólo
el rayo de luz por donde escaparon las mariposas parece ser de este tiempo. Mi paso
recupera el crujir del piso. Con un temblor, me acomodo el pelo y el vestido y miro al
ropero con la gran puerta abierta hacia atrás. Me inclino en su boca abierta de viejo baúl
sin fondo y veo sólo quedan montoncitos de retazos negros desparramados por el piso.

Beta Caroteno
Con la sonrisa en los labios, como si hiciese la cosa más natural del mundo, el estúpido aparecerá de improviso para echar a perder tus planes, destruir tu paz, complicarte la vida, hacerte perder tiempo,buen humor,apetito, y todo esto sin malicia,sin remordimientos y sin razón. Estupidamente

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CALLE ABAJO

   Manejo despacio, sin mirar a los lados. Ha sido otro día miserable para mí, lleno de recuerdos sin solución ni salidas. Sólo quisiera llegar a casa, prepararme un café amargo y sentarme frente al televisor hasta la llegada del sueño. Si llega.
    Sólo quisiera bajarme de este taxi y olvidarme de todo. Pero sigo recto, acelero hasta que un pasajero me hace señas desde la acera. Es una chica silenciosa, extraña, adolorida, como si estuviera aburrida del mundo. Yo me detengo junto a ella, la dejo entrar en mi taxi  con su ríspido silencio.  No me dice nada, por lo que asumo que debo seguir por esta avenida. 
   Durante un rato conduzco sin mirarla.  Luego la miro, no porque quiera, sino porque hace un año recogí a otra chica idéntica a ella. La misma expresión extraña, adolorida, misteriosa.  Era también de noche y también estaba cansada.
    ¿Cómo te llamas?, le pregunté en aquella ocasión.
   Pero no me respondió. Continuó en su espacio interior,  creo que con una sonrisa o un estiramiento de labios.
   Esta chica también odia el mundo, pienso, es indescifrable. Me gusta. No quiero evitarla.
   Sonrío para mí. Después, con cierto desdén, acelero, y mi Ford empieza a corcovear. A mostrarme que le queda poco. Muy poco. Que es un viejo auto sin futuro.
    La Chica sigue sin  mirarme. Pupilas de hierro fundido.  Párpados de bronce.
   Yo, sin embargo, la observo de reojo e imagino cosas. La veo cruzando una calle. Meciéndose en un columpio. Jugando con un perro. Esperando un taxi. Besando a alguien en un parque. Conversando con un grupo de chicas. Parada junto a un poste. Peinándose detrás de una ventana. Todas las mujeres, todos los niños, todos los hombres, todos los carteles, tienen su rostro.
   Ella empieza a revisar su bolso (todavía sin mirarme) y saca una lima de uñas. Comienza una rutina de uñas. Tiene habilidad. Una especie de armonía para estirar los dedos. Para maniobrar la lima.
    Me detengo en un semáforo. Una señal del tránsito a mi derecha tiene el rostro de ella. Detrás de una señal que dice PARE también está ella, haciéndome un guiño. En otra señal a mi izquierda aparece una foto de ella. Otra señal a lo lejos con líneas discontinuas dibujan su silueta.
    Una  chica que va cruzando la calle, por supuesto que con el rostro de ella, me mira y me dice:
    Siempre, por mucho que nos alejemos, vamos corriendo desaforadamente hacia el punto de partida. La cuerda del pasado nos arrastra hacia donde no esperábamos o no queríamos volver.
   Los autos detrás de mí empiezan a aullar. Cláxones ensimismados.
   Acelero, mostrándole el dedo del medio a los autos que me pasaban por el lado, aullándome.
    Ella termina de limarse las uñas. Les echa aire con los labios abultados, sensuales. Por un rato. Aire y más aire. Tiene que quitar toda mácula de fealdad de sus uñas. Esas uñas perfectas que observo y observo como un tonto, sin poder evitarlo. Sus uñas largas, pintadas de negro. Esas uñas que se parten, se hacen añicos al chocar contra el parabrisas cuando freno inesperadamente.
   Ella cierra los ojos. Deja correr las lágrimas. Las gotas de sangre que escapan de algunas cutículas. Se succiona algunos  dedos. Asume el dolor en silencio, sin mirarme.
   Un gato, le digo, había un gato cruzando la calle.
    El gato negro sale despacio de abajo del Ford. Seguro ni se ha enterado de que estuvo a punto de echar a perder su cuarta o quinta vida. Avanza hasta  la acera. Salta hacia un muro y se queda mirándome. Tiene el rostro de ella. La misma expresión extraña, adolorida, misteriosa.
   Las uñas te volverán a crecer, le digo apenado, sin saber, en verdad, qué decirle a una chica como ella.
   Ella sigue  chupándose los dedos. Enojada. Fuera de sí
   Embrago primera, segunda, tercera. Pasamos otro semáforo. Otras chicas con su mismo rostro. Otras señales del tránsito con su rostro en diferentes posiciones. Pintado o en sombras. El mundo es una reminiscencia de su pelo, su boca, sus uñas partidas. El mundo se viste con sus ademanes, su respiración, sin embargo ella me dice:
    Detente  allá, a mitad de cuadra, en la casa azul.
    Pero sigo de largo. No puedo detenerme. No puedo frenar y dejarla aquí. Despedirme. No verla de nuevo junto a mí, chupándose sus hermosas uñas. Venenosa. Bañada de odio. No, no puedo dejarla ir.
    Te pasaste de cuadra, comemierda, era allá, me dice, y me mira a los ojos por primera vez en el viaje.
   Acelero. Sesenta kilómetros. Cien. Ciento diez. Mi viejo Ford se supera a sí mismo. Es mi cómplice. A lo mejor una bujía revienta y aquí acaba todo. A lo mejor se desprende un foco. O una rueda. Nada me importa. Mi objetivo es seguir. Hacer mía a esta chica arisca. Someterla. No pensar en las consecuencias. Seguir.
    Ella se enoja. Se muerde los labios. Golpea el auto con las manos. Con los pies.
    Si no paras esta ***** me voy a tirar, dice.
    Sin embargo continúo acelerando. O por lo menos lo intento. Aunque el Ford corcovee y quiera partirse en dos. Aunque ella me golpee con el bolso en la cara, el pecho, los brazos, en la barriga, en la cara de nuevo. Aunque grite en mi oído para desconcentrarme.
    Ahora todos los rostros de ella diseminados por la ciudad me gritan. Me exigen que detenga este taxi de *****. Que levante el pie del acelerador.
   Ahora ella golpea el auto y amenaza con saltar. Ya tiene la puerta abierta. Un pie afuera. Pero no creo que se atreva. No a ciento diez kilómetros por hora.
   Sólo quiero llevarte a un lugar apartado para conocerte, le digo, para hablar contigo, saber más de ti.
   Pero no me escucha. Continúa golpeándome en la cara con la mano abierta. Quiere hacerme reaccionar. Obligarme a escapar de un letargo que yo no veo. Pero a estas alturas todo me da igual: su furia de chica extraña, adolorida. El sonido de su bolso en mi rostro. Mis manos. Mi abdomen.
    ¡Voy a saltar!, me alerta.
   Pero no le hago caso. No extiendo mi brazo para evitar su salto. No detengo el auto. No voy tras ella.
   Acelero. Dejo pasar el tiempo. Trato de pensar en mi deseo de llegar a casa. De abandonar mis estúpidos recorridos nocturnos a lo largo de esta avenida. De abandonar mi intento de destartalar completamente el Ford antes de llegar a cada semáforo.
   Acelero, pero al final no me queda más remedio que detenerme de una vez en esta casa azul, casi a mitad de cuadra. Bajar del auto y tocar a la puerta.  Esperar la salida de una mujer vieja y obesa. Una mujer de facciones extrañas, adoloridas, misteriosas. Una mujer que es, evidentemente, la madre de la chica.
   De sólo mirarle a los ojos adivino que, de algún modo, aún espera a su hija. Que está totalmente destruida. Pienso en pedirle perdón. En contarle todo lo que ocurrió e inclinarme a sus pies. Pero no logro hacerlo. Sólo me atrevo a respirar profundo y preguntarle por una chica con un aspecto extraño, adolorido, misterioso.
   ¿Por qué a veces hacemos preguntas cuando en realidad conocemos las respuestas? Será que en el fondo deseamos estar equivocados.
    La mujer obesa suspira cansada y me habla de su hija. Una chica evidentemente arisca. Llena de resentimientos. De odio hacia el mundo. Pero conforme con ella misma. Satisfecha. Feliz dentro de sus propios parámetros. Una chica no precisamente hermosa ni fea, sino diferente, con el sello distintivo de su particularidad. Muerta hace más de un año. Encontrada enigmáticamente en medio de la avenida.
    No averiguo detalles, ni me intereso en su pesar. Le pongo una mano en el hombro. La muevo. De arriba abajo. De abajo arriba. Ella suspira de nuevo. Me mira con los ojos sin luz.
    La analizo. Me amoldo a sus posibles pensamientos. Llego a imaginar que hasta podría perdonarme si le cuento la verdad, pero luego me figuro que no, que únicamente desea despedirse de mí para seguir con su noche. Olvidar su tristeza mirando el televisor. Bebiendo acaso un café amargo hasta la llegada del sueño. Si llega.
    Supongo que al final nadie podrá arrebatarme la culpa. La irracionalidad de haberme dejado llevar por un impulso que yo mismo ni entiendo. Que nadie pondrá el perdón en una esquina cualquiera hasta que logre encontrarlo. Supongo además que deberé cargar mi pesar por mucho tiempo, hasta que se me caigan los hombros o hasta que una bujía o un neumático revienten y mi viejo Ford no tenga más remedio que rodar cuesta abajo.
    Es un hecho. Una realidad.
    La mujer obesa se me queda mirando. Al parecer tiene algo que hacer allá atrás en la cocina. A juzgar por el balido de la cafetera. Algo que hacer en la sala. A juzgar por el bufido del televisor.
    Me despido. Muevo la cabeza hacia abajo. Le digo, Siento mucho la muerte de su hija, y regreso a la acera. Antes de llegar al Ford la mujer me dice que vuelva cuando yo quiera. Puede invitarme a un café amargo. Luego adquiere el rostro de la chica y añade, esta vez sonriente:
    El mundo no está a favor de nadie. Es un juez imparcial. Solo que a veces no puede decidir, ni entender. ¿No crees?
    Y le digo que sí. Aunque sin mover la cabeza. Ya no tengo fuerzas para mucho.
     
Y
Con la sonrisa en los labios, como si hiciese la cosa más natural del mundo, el estúpido aparecerá de improviso para echar a perder tus planes, destruir tu paz, complicarte la vida, hacerte perder tiempo,buen humor,apetito, y todo esto sin malicia,sin remordimientos y sin razón. Estupidamente

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A TRAICIÓN

                                                                                                             
A doña Concha no  le gusta hablar.  ¿Para qué? Además no entiende la razón  de ese hombre para saberlo. Si ya le dijo que no es pariente de la muchacha.  Ni pariente, ni nada. Pero está pálido.  Así que la vieja se conmueve. Despega los labios y la sed se le cae en escamas.
   --No iba a la fuerza, joven.  Estaba con el pecho calmo.  Yo la vi. 
   El hombre se desespera en su traje azul lustroso de pocos años y mucho uso.  La mujer frente a él vuelve a cerrar la boca con serenidad. Da la impresión de ser de tierra.  Es polvosa y permanente. 
   La inmensa ciudad se ha callado junto con ella.  La noche se asoma tras los edificios más lejanos y el viento se apresura hacia la vieja. Nada más se escucha un crujidito. Es ella, el suelo seco cuarteándose, la carne vieja que se abre paso a través de más pliegues. 
   El hombre respira profunda pero brevemente y  ella entiende, aunque no se mueve.
   --Mire, señora-- dice mientras se aferra a la orilla cuadrada de su saco y lo estira hacia abajo con las dos manos nerviosas -- ¿Cómo se lo explico...? Nadie más que usted puede ayudarme porque dejaron que lo viera todo. Necesita contarme porque  le pueden hacer daño a Elena, ¿me entiende?
   Los autos pasan cerca pero el ruido sigue llegando hasta la esquina en la que están ellos lejano, amortiguado por la angustia del muchacho, por sus horas sin sueño y la imaginación siempre perversa.
   --Estese tranquilo, ella se fue por la güena.
   --Créame, Elena iba forzada. La persona que se la llevó seguramente la amenazó.  ¿Traía pistola?
   Concepción se santigua de prisa pero sin tambaleos, sin dudas ni miedo.  Ella no vio armas.
   La niña no rechistó. Se fue tranquila, dice. Y su mirada sube por la roca amarillenta del templo a sus espaldas, hasta arriba. Pasa por la sombra de una cruz enorme que corta el azul y regresa precipitada a la calle imantada por el agudísimo chirrido de unos discos de freno gastados.
   Se oye el  rearrancar motores de la otra esquina y un grito, más ritual que furioso, de protesta por la lentitud: cuatro segundos de espera mientras en los autos de la fila de adelante se mete primera. Concepción sonríe y  camina hacia el arroyo entre los coches que acaban de frenar. El joven, su traje azul, se quedan estupefactos en el tercer escalón del templo. Tiene la boca contraída, muda de repente a la mitad de la cara.
   La anciana se acerca a uno de los autos. Una mujer de melena colorada rebusca en su bolsa y Concha estira entonces la mano.  La conductora la mira  y descubre cómo desde el centro del nido de arrugas que es su cara, surge un chispazo color café con leche. Es su mirada  que se pone súbitamente verde. El reflejo del semáforo en sus ojos impulsa al automóvil, dejando a la mano  morena y pecosa, extendida sesenta centímetros sobre la calle y vacía.
   La vieja regresa sin prisa ni sorpresa hasta el joven de azul y sus preguntas. 
   --¿Qué más vio? -- casi suspira el hombre. Le duelen las piernas. Está asustado. Lleno de la aspereza del presentimiento. No puede convencer a la vieja.  No habla aún y ella tiene la verdad --. Tenga --dice, y estira  su mano con un viejo recurso doblado en cuatro --. Si usted me dice qué pasó con la muchacha le daré más. Se lo prometo. Le daré mucho para que ya no pida ni esté parada aquí todo el día sin que nadie le de nada.
   Me quiere pagar para que le diga.  Es policía, concluye la vieja guardando inexpresiva su billete. Y habla. Le dice lo que piensa: que él seguramente es policía y ella vieja y que la muchacha por la que él pregunta se fue tranquila.  Tiene los ojos como de arena, agrega.
   El se pasea en un mismo cuadro del cemento. Sube y baja un escalón.  Trata de contener la desesperación, el insulto. No puede ahuyentar a la mujer, necesita saber. ¡Maldita ignorancia! A mí qué me importa de qué tiene los ojos,    piensa. Toma aire, esta vez una larga bocanada.  Abre otra puerta y pregunta.
   --¿Cómo sabe que iba tranquila?    
   Concepción sacude su desconfianza con un gesto de su boca que se mueve despacio.  Es casi una sonrisa. Piensa en un niño bobo que no puede comprender. Y recuerda a Delfino. Qué sería de él en esa ciudad y esos tiempos.  Delfino. La fuerza del hombre repegándosele, haciendo que el roce lento inventara en la mitad de su pecho dos sobresaltos obscuritos que le llenaban el alma de un rápido caminar de hormigas. Delfino que hacía lo prohibido. Su hombre tibio, ansioso. El amante lleno de sorpresas al que ella dejaba hacer sin cerrar los ojos, llenándose de aquel olor, pero sin permitir que todo eso le desquiciara el ritmo de los pasos.
   -- No caminaba a la carrera ni arrastrando los pies. En eso le conocí que iba a gusto. Cuando una va como chivo correlón o como si el agua le diera a la cintura, entonces es que sí va de mala gana-- explicó cruzándose  el extremo del rebozo que insistía en resbalarse.
   --¿Y el hombre cómo era? ¿La traía agarrada del brazo? ¿Discutieron? --se empeña en saber él y su  saco sufre de nuevo.
.   --Él nomás esperó a que ella entrara a la iglesia, se le arrimó y le dijo algo.  Luego salieron caminando juntos para el coche. Ahí, enfrentito al trueno aquel chaparro.
   --Podría jurar que la obligó de algún modo. Pero ¿era la misma muchacha, está segura de que era la de siempre?
   Concepción piensa en la muchacha mientras sus pies se afirman en el rugor del suelo con un deslizamiento lento, que finge inmovilidad y sin embargo traza un ángulo amplio. La recuerda bonita aunque  no sabe por qué, si no lleva el pelo largo, ni moños, ni collares, ni nada. Va vestida de arena como sus ojos, lisa, ligera, seria.
   --Viene todas las semanas a misa de seis, joven.
   La vieja recuerda muy bien a la niña de olor fresco aún en la distancia. La que entra antes de la última campanada, pero distrae la mirada y coquetea con la luz bajita de los vitrales los cuarenta minutos del oficio. Está segura de que es la misma muchacha a la que vio irse con la ilusión en los pasos  y la boca medio abierta, como con un beso atoradito ahí. Y no con una línea de boca; sin esa raya pálida y apretada del miedo. Era como  yo cuando me fui con Delfino-- piensa la vieja, aunque eso se lo calla porque ella también se llevó guardada en un puño toda su esperanza. Iba, como ella,  limpiecita, con los ojos brillantes. De Delfino dijeron que se la robó. Que era un desgraciado y ella una niña. Que la arrastró a la mala.  Pero no.  Ella se fue con él.
   --Ya le dije todo, joven. Aquí no hubo nada malo. Es la vida. Una de mujer que jala con su hombre.
   --Él no es su hombre. ¡No es su amante, carajo!--Y el aire no le alcanza--¡Entienda!--Las manos se le tropiezan con el vacío al intentar estirar su saco  hacia abajo.  La voz se le quiebra.
   Concepción se arrima a la pared junto a la puerta de entrada. La gente está por salir de la ceremonia..
   --Por favor, señora... Elena, la mujer de que hablo, no se fue con nadie.  Esto no es un asunto de enamorados. Ella me citó aquí anoche porque quería decirme algo muy importante y si no pudo decírmelo fue porque ese hombre se la llevó...¿Me entiende?
   La anciana no sigue los argumentos de su interlocutor pero ve las palmas de sus manos empapadas en sudor y sus ojos que la miran directamente.   Sonríe abiertamente ahora sí y hubiera mostrado los dientes grandes y parejos, mazorcas enfiladitas, pero ya no los tiene. Los hombres le dan ternura porque no entienden nada.  Son como niños.
   --No podemos perder más tiempo -- se exalta él.  Y los diez últimos, largos minutos frente a la piedra del templo vuelven a desfilar febriles.  Fija sus ojos en la mujer tratando de comprenderla y contenerse. Recuerda sus impotencias: el fuego que se traga un árbol, las niñas coreando burlas. Cuatrojos, cuatrojos. Su rabia que no podía hacerlas callar a patadas. Elena --reacciona con un sobresalto--; hace un recuento de su pequeñez y justo antes de zarandear a la vieja ve la iglesia.
      --Por la Virgen de Guadalupe, señora...-- se le ocurre de pronto. Su mano se extiende hacia la mujer--. Por caridad, cuénteme todo.
   El orden queda de cabeza. Concha cree que los ojos que ella llama de arena guardan más un amor que un secreto, pero acepta el argumento tan gastado de la desesperación y la fe que conoce bien. Pordiosera, la mano extendida está vacía. El hombre tiene su angustia, nada más, y alarga el nombre de la virgen como conjuro.  Ella sabe de eso. Se recarga cansada en la piedra.  Ya es de noche cuando deja salir violentamente fuera de su pellejo terregoso todas las palabras que puede guardar una vieja limosnera llena de tiempo para mirar. Habla del coche al que subieron, del color de la piel y el pelo, de la dirección que  tomaron y las palabras que escuchó. Habla y trata de alejar a su Delfino de la memoria. Cuenta la historia de la muchacha linda y el hombre moreno a quien no pudo verle los ojos atrincherados tras unos lentes obscuros. Dice todo a pesar de su gratitud por la moneda doradita que todas las tardes de martes Elena siempre tuvo tiempo de darle. Y se queda acurrucada en su reboso, intranquila, con el recuerdo de una noche en la ranchería, con el cuerpo reconocido en su memoria.  La silueta resucitada de Delfino está mirando sobre su cuello y ella tiene miedo de haber cometido una traición.

Tripafat
Con la sonrisa en los labios, como si hiciese la cosa más natural del mundo, el estúpido aparecerá de improviso para echar a perder tus planes, destruir tu paz, complicarte la vida, hacerte perder tiempo,buen humor,apetito, y todo esto sin malicia,sin remordimientos y sin razón. Estupidamente

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ADVERTENCIA FINAL


USTED NO QUIERE SER EL VECINO DE VAN GOGH.
No lo intente.
Tampoco quiere llamarse Gauguin, ni Theo, aunque es posible, ellos pueden ir y venir cuando se les antoja.
Yo, en cambio, soy el vecino de Van Gogh, ya lo he dicho.
Se sorprendería si fuera el vecino de Van Gogh.
Arlés era una ciudad pacífica como un cementerio hasta la llegada de Van Gogh.
Desde entonces me recuerda al peor barrio de París.
Todo resulta sorpresivo si es el vecino de Van Gogh.
No le recomiendo ser el vecino de Vincent Van Gogh, se lo reitero: Usted no quiere ser  el vecino de Van Gogh.
Si es el vecino de Van Gogh puede llegar a conocer la imperfección del mundo, el caos y la azarosa probabilidad de la muerte.
Su casa será un torbellino de ruidos, oraciones, caídas, golpes y estridencias.
¡No!
Impediré por cualquier vía que se convierta en el vecino de Van Gogh.
Si necesita dormir o comer; si necesita estar solo y pensar esto o aquello, no lo logrará.
Créame, no quiere ser el vecino de Van Gogh.
Sus cuadros son horrorosos.
Sus tonos ambiguos y densos.
El amarillo se superpone hasta negarle al resto su textura.
Van Gogh es un loco, un esquizofrénico, un demente, un pervertido, un maniático, un alucinado perenne.
Le advierto.
No es un artista.
El día que llegue a ser el vecino de Van Gogh, querrá mudarse, escapar; incluso, querrá matarle.
Si definitivamente es el vecino de Van Gogh, se convertirá en un asesino.
Odiará a un hombre para siempre.
Huya, se lo aconsejo.
Si es un hombre inteligente, no querrá ser el vecino de Van Gogh. Lo escuchará discutir con las paredes, arremeter contra los impresionistas sin causa aparente, extenderse en monólogos ofensivos contra su madre, su padre, y el resto de los pintores parisinos.
Era un hombre tranquilo, normal como cualquier otro hasta que me convertí en el vecino de Van Gogh.
No sé si me entiende.
No soy obsesivo, pero le advierto: la esquizofrenia es contagiosa, aunque lo nieguen.
Si es el vecino de Van Gogh descubrirá la miseria de un hombre. Lo he visto comerse un pan mugriento y trabajar en sus "cuadros" veinte horas seguidas.
He descubierto un ser vengativo, pleno de envidias y rencores. Un ser esquivo como pocos.
Aléjese de Arlés.
Era una ciudad tranquila, confortable.
Ya no lo es.
Todo perdió su curso apacible.
Si usted, por causas azarosas, se convierte en el vecino de Van Gogh, descubrirá el insomnio.
Van Gogh no duerme.
No lo necesita.
Trabaja de madrugada.
Grita de madrugada.
Si es el vecino de Van Gogh, tendrá que dormir de día, eso si el no está.
Si desgraciadamente es el vecino de Van Gogh, verá cómo sus manos comienzan a temblar, su apetito desaparece.
Vivirá el miedo constante de creer que el techo le caerá encima.
No alucino.
Es una posibilidad real, tan real como un incendio, un derrumbe, o una explosión.
Compréndame.
Tengo motivos suficientes para pedirle que no se convierta en el vecino de Vincent Van Gogh.
No lo haga.
Tal vez viva una vida apacible si es el vecino de Gauguin, de Seurat, de Toulouse-Lautrec, o de Monticelli.
No lo sé.
Es una opción.
Si elige, o le imponen ser el vecino de Van Gogh, quéjese, rebélese, confiésese enfermo, imposibilitado de viajar, diga que el sur le aterra, que prefiere las grandes ciudades, el bullicio, las grandes avenidas, la torre Eiffel, o invoque el cauce del Sena como motivo de inspiración.
No venga a Arlés.
No se convierta, aunque se lo impongan, en el vecino de Van Gogh.
No es un consejo.
Es una orden inapelable.
Si lo hace, una corte lo juzgará.
Imagine la guillotina, descúbrase conducido hacia la horca, hacia el suplicio.
Si cree en Dios, palpará el infierno, los nueve círculos de Dante, las cadenas, el fuego, la incertidumbre.

«He asistido a la pesquisa de un crimen, cometido en
la puerta de un burdel de aquí; dos italianos han ma-
tado a dos zuavos. He aprovechado la ocasión para en-
trar en uno de los burdeles de la callejuela...»

Allí se le puede encontrar: en los burdeles, en los sitios obscuros, entre prostitutas y mendigos que posan para él sin enfados, siempre junto a ellos, como uno más.
No dudo entonces el equívoco del crimen.
Con certeza, Van Gogh mató a los italianos.
Si fuera el vecino de Van Gogh lo supiera, pero usted no es el vecino de Van Gogh.
Imagínese que después de un gran escándalo de su vecino con una de sus modelos, comienza a escuchar cómo caen al suelo (que es su techo), una docena de búcaros, herramientas, bastidores, lienzos y tubos de pintura.
Pasado unos minutos de sosiego, nota que entre las cuarteaduras del techo, comienzan a brotar tonalidades diversas.
Su casa, sus muebles, sus libros, sus platos, y su cuerpo, se tornan amarillos, azul magenta, rojo, verde esmeralda, blanco de plata, hasta convertirlo todo en una suciedad irreparable.
Otras veces puede ser orine, sangre, agua, o Dios sabe qué sustancia.
Si todavía quiere ser el vecino de Van Gogh, le advierto: Él, Van Gogh, puede tocarle a la puerta a cualquier hora, pues en ocasiones (no siempre), siente una necesidad ineludible de comunicarse con alguien.
Por eso elige a su vecino.
Le escuchará un monólogo interminable referido a la fatalidad del artista, la rapacidad de los comerciantes, la mediocridad de ciertos pintores, la (in) trascendencia de su obra.
Llorará como un niño y tendrá que consolarlo, pues él espera que así sea, tendrá que beber y fumar a su lado.
Escuchar sus sermones referentes a Dios.
Le invitará a leer a Víctor Hugo, a Zola, a Tolstoy, a Dostoievski, a Guy de Maupassant y a muchos otros.
Luego se irá, cuando amanece, y lo dejará abatido, sin ánimos, sintiéndose un desaliñado irreverente.
Con un poco de inteligencia, descubrirá la falacia.
Van Gogh no es un artista, es un excéntrico, un egocéntrico.
Esta es la definición exacta: un egocéntrico irredimible. Compréndame.
Es una fatalidad sin límites ser el vecino de Van Gogh.
Para no serlo, es preciso seguir su itinerario: si Van Gogh se muda a Londres, vaya a Madagascar.
No es un sitio agradable, pero estará alejado.
Si Van Gogh decide permanecer un tiempo en Bruselas, en París, o en Ámsterdam, viaje a China, a Indonesia, a Japón, a Dresde, o a Pakistán.
Si decide alquilar un hotel, pregunte si Van Gogh está hospedado. De ser positiva la respuesta, alquile otro, no en la misma ciudad, allí no estará seguro.
Si desgraciada o inevitablemente es el vecino de Van Gogh, envíe a su familia (si la tiene) a otra parte.
Un consejo personal: si es el vecino de Van Gogh, evite una familia: esposa, hijos, cuñados, suegros.
Viva solo.
Evite cualquier compromiso social a desarrollarse en su casa: reuniones de trabajo, recepciones de negocio, sobremesas.
Sin previo aviso, Van Gogh aparecerá desnudo o disfrazado de general prusiano, dispuesto a ejecutar a los traidores que allí se reúnen.
Ciertamente podría ejecutar a alguien, y no querrá que sea a su esposa, a su hijo, o a su mejor amigo.
No acceda, bajo ninguna circunstancia, a ser su modelo.
Si es otoño, el invierno puede encontrarle en la misma posición.
Si es el vecino de Van Gogh, descubrirá una noción circular del tiempo, pequeñas aberraciones comenzarán a atacarlo.
Quizás sea una hipótesis, salga desnudo a la calle, o ataque con una navaja a Gauguin.
Luego, puede perder una oreja, tocarle la puerta a su vecino y entregársela como un obsequio inigualable, mientras la sangre va cubriendo su cuerpo, hasta desfallecer.

«Físicamente estoy bien; la herida se cierra muy bien y la
gran pérdida de sangre se equilibra...»

Si es el vecino de Van Gogh, envidiará la cárcel: sus horarios ajustados, su tranquilidad inherente, y la seguridad de compartir entre muchos una pena común.
Si persisto, no es por celos, por envidia, o por una sed intrínseca de venganza.
Me inspira cierto grado de altruismo, de entrega al prójimo amparado en mis enseñanzas cristianas.
Después de todo, es libre de elegir.
Aquí está su dirección:

    Restaurant Carrel, 30, Rue Cavalerie, Arlés.
    (Departamento de las Bocas del Ródano)

Para cuando llegue, no me encontrará.
Lo he intentado.
Pero no puedo.
No quiero ser el vecino de Vincent Van Gogh.
En cambio usted es un sadomasoquista.
Tengo la absoluta certeza: es un sadomasoquista.
Solo alguien así querría ser el vecino de Van Gogh.
Alguien tan enajenado, tan loco, tan esquizofrénico, tan perturbado, tan extraño, podrá ser un perfecto vecino para Vincent Van Gogh.
Él lo necesita.
Yo no.
Me marcho.
En la noche no estaré aquí.
Es una pena.
Amo la ciudad.
Arlés era apacible.
Hoy parece el peor barrio de París.
Dejé la llave con el mesero.
Se llama Philipe.
Al llegar, solo diga que es el nuevo vecino de Van Gogh.
Todos lo abrazarán, tal vez sea el último voluntario.
En próximas semanas, el vecino de Van Gogh merecerá un salario interestatal.
No aspiro a que me entienda.
He perdido las esperanzas.
Groenlandia, o La Tierra del Fuego son lugares apacibles.
Allí me encontrará cuando no lo resista.

PD: Bajo el piso de la cocina permanece cargada una pistola. ¡Úsela!
¡No sea cobarde!
No permita, bajo ninguna circunstancia, que otro se convierta en el vecino de Van Gogh...

El equilibrista
Con la sonrisa en los labios, como si hiciese la cosa más natural del mundo, el estúpido aparecerá de improviso para echar a perder tus planes, destruir tu paz, complicarte la vida, hacerte perder tiempo,buen humor,apetito, y todo esto sin malicia,sin remordimientos y sin razón. Estupidamente