Eventos Vinculados

  • Entrega galardones literarios: Agosto 13, 2010

Autor Tema: II Concurso de relatos Fórum Montefrío  (Leído 106702 veces)

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II Concurso de relatos Fórum Montefrío
« en: Marzo 10, 2010, 17:13:53 pm »


Tras el éxito cosechado por la edición anterior, forummontefrio tiene el placer de presentar las bases de la segunda edición del concurso de relatos Fórum Montefrío:



Bases Fórum Montefrío

El Fórum Montefrío convoca el “II Concurso de relatos Fórum Montefrío” con arreglo a las siguientes bases:


1.  Podrá presentarse toda persona que presente su relato en lengua castellana.

2.  Cada persona podrá presentar un único relato, el cual deberá ser original, inédito y que no haya sido galardonado en cualquier otro certamen.

3.  El tema será libre.

4.  La extensión del relato estará comprendida entre un mínimo de 300 palabras y un máximo de 2500 palabras.

5.  Tipo de letra o fuente: TIMES NEW ROMAN, tamaño de la fuente: 12.  En la portada del escrito deberá figurar el seudónimo y título..

6.  Los relatos serán enviados, COMO ARCHIVO ADJUNTO, a la siguiente dirección de correo electrónico: relatos@forummontefrio.es

7.  El plazo de admisión comenzará con la publicación de la convocatoria y finalizará el 30 de junio de 2010.

8.  Todos los relatos que cumplan las condiciones estipuladas serán publicados en el hilo correspondiente de Fórum Montefrío, donde permanecerán expuestos,  
      tanto  mientras dure el proceso del concurso, como posteriormente.

9.  Se concederán los siguientes galardones:

      a.  Primer Premio, consistente en 200 euros, estancia y cena para dos personas en Montefrío .

      b.  Segundo Premio, consistente en 100 euros.

      c.  Tercer premio, consistente en 50 euros.
   
      d.  Se podrán conceder las menciones suplementarias que se crean oportunas.

* Los ganadores / as quedan obligados a presentarse la noche de la Gala para dar lectura a su relato. Si no fuese así, perderían el derecho al premio.

10. Los relatos presentados a la convocatoria quedarán a disposición de Fórum Montefrío para su exposición permanente en el hilo que hayan sido publicados.

11. Los relatos galardonados, junto con una selección o la totalidad de los presentados, serán publicados en un libro por Fórum Montefrio, recibiendo cada autor o  
       autora un ejemplar del mismo.

12.  La interpretación de estas bases o cualquier aspecto no previsto en ellas es competencia exclusiva del Jurado, que podrá declarar algún galardón desierto si así
        lo considera conveniente.

13.  La participación en el certamen implica la plena aceptación de estas bases.


Próximamente comenzará la campaña de difusión del concurso. Como siempre, recordar que no estamos ante un certamen literario al uso, aquí solo se requiere pasión por la lengua de cervantes, el papel y la pluma.. Invitamos a todos los Montefrieños, en particular, y al resto, en general, a participar.


PD: La entrega de premios se realizará en un acto oficial, enmarcado dentro del programa correspondiente a las fiestas de agosto. La fecha concreta está aún por determinar.
« Última modificación: Abril 05, 2011, 11:18:13 am por Parlamento »
Con la sonrisa en los labios, como si hiciese la cosa más natural del mundo, el estúpido aparecerá de improviso para echar a perder tus planes, destruir tu paz, complicarte la vida, hacerte perder tiempo,buen humor,apetito, y todo esto sin malicia,sin remordimientos y sin razón. Estupidamente

Selin

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Re: II Concurso de relatos Fórum Montefrío
« Respuesta #1 en: Marzo 10, 2010, 21:30:09 pm »
Me alegra ver que ya se pone en marcha la siguiente edición del Concurso.
 
Espero que haya una buena participación.   :icon_biggrin:

Selin

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Re: II Concurso de relatos Fórum Montefrío
« Respuesta #2 en: Marzo 11, 2010, 23:21:21 pm »
Hola de nuevo,

Ya va apareciendo la convocatoria en varias páginas web:

http://www.escritores.org/index.php/recursos-para-escritores/1941-ii-concurso-de-relatos-forum-montefrio
inserción correcta  :icon_biggrin:

http://www.forojovenes.com/literatura/ii-concurso-de-relatos-forum-montefrio-26667.html
No sé que mosca les ha picado, banean al usuario e indican que es spam   :unknw:

http://mundoteens.portalmundos.com/ii-concurso-de-relatos-forum-montefrio/
inserción correcta   :icon_biggrin:

http://www.nodorss.com.ar/10/17/18/53/1030/concursos-literarios
Aquí muestran el título y enlazan hacia escritores.org   :icon_biggrin:

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« Última modificación: Mayo 18, 2010, 19:16:56 pm por Parlamento »
Con la sonrisa en los labios, como si hiciese la cosa más natural del mundo, el estúpido aparecerá de improviso para echar a perder tus planes, destruir tu paz, complicarte la vida, hacerte perder tiempo,buen humor,apetito, y todo esto sin malicia,sin remordimientos y sin razón. Estupidamente

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Re: II Concurso de relatos Fórum Montefrío
« Respuesta #4 en: Marzo 14, 2010, 13:17:59 pm »
Quedan añadidas las bases del concurso a la siguiente web:

http://www.letralia.com/concursos/1006307.htm
Con la sonrisa en los labios, como si hiciese la cosa más natural del mundo, el estúpido aparecerá de improviso para echar a perder tus planes, destruir tu paz, complicarte la vida, hacerte perder tiempo,buen humor,apetito, y todo esto sin malicia,sin remordimientos y sin razón. Estupidamente

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Re: II Concurso de relatos Fórum Montefrío
« Respuesta #5 en: Marzo 14, 2010, 20:58:13 pm »
Comenzamos esta nueva andadura con la siguiente obra:




El Artefacto

He de confesar que nunca le había prestado demasiada atención a aquel extraño artefacto que mis padres escuchaban con tanta devoción. Nunca hasta lo de Welles.

Fue en el treinta y ocho, creo recordar, y jamás podré olvidar sus caras, materialmente fundidas con aquel artilugio, escuchando atentamente lo que salía de su interior. Era tal su concentración que ni se dieron cuenta de mi presencia, de que les estaba preguntando una y otra vez qué estaba pasando. Permanecían mirándose, con las manos entrelazadas y el rostro desencajado, como si se estuvieran despidiendo el uno del otro. Presté atención a la voz que salía del aparato y se me erizó el vello. Narraba, en un tono grave y pausado, casi susurrando, la llegada de unos seres intergalácticos que se estaban adueñando del planeta y estaban aniquilando a sus habitantes. Inconscientemente puse mi mano encima de las de mis padres y las agarré con tal fuerza que ambos dejaron de mirar al ingenio, detectando por primera vez mi presencia. Cuando se descubrió, una hora más tarde, que todo había sido un experimento y que no había tal invasión, respiré aliviado, pero seguí mirando con recelo a aquella misteriosa cotorra con forma de caja.

Algunos años después, en el cuarenta y uno, volví a ver a mis padres sentados en la misma posición que aquel 30 de octubre. Esta vez sus rostros estaban congestionados y bañados por las lágrimas. La voz del locutor -temblorosa y cercana al llanto también- daba el primer balance de víctimas. Japón había atacado Pearl Harbor sin declaración previa y los Estados Unidos entraban de lleno en la guerra. Les dije, totalmente convencido, que a qué venían esas caras, que no debían preocuparse, que en cualquier momento el locutor diría que todo se reducía a un experimento como el de “la guerra de los mundos”. Pero bajo la mirada incrédula de mis padres el locutor nunca llegó a decirlo. Supe entonces, algo desorientado, que la cosa iba en serio. En ese momento odié con todas mis fuerzas a aquel engendro parlanchín.

Con el tiempo, y a fuerza de escucharlo, le fui dando cancha hasta el punto de llegar a soportarlo. A veces,  cuando nadie me observaba, me acercaba a él cautelosamente y lo contemplaba temeroso, como temiendo que en cualquier momento pudiese despertar y me escupiese su verborrea a la cara. En esos momentos me quedaba pasmado observando la tenue iluminación anaranjada que de sus tubos emanaba. Y su reconfortante calorcito, que volvía mis manos heladas por el frío del crudo invierno a niveles de temperatura tolerables. Pero cuando más disfrutaba era cuando sonaba la música. La triste y ronca voz de Billie Holiday y la magia de Ella Fitzgerald nos alegraban aquellos días difíciles y llenaban de vida nuestros corazones. Mis padres solían bailar, bajo su ritmo, como una pareja de adolescentes y les hacía parecer a mis ojos como dos locos maravillosos.

Cuando ellos murieron lo subí para el desván y allí permaneció durante más de treinta años acumulando polvo y olvido. Ni siquiera tuve la deferencia de cubrirlo con algo para protegerlo, en agradecimiento por aquellos días felices, pero como he dicho antes, el aparato nunca había sido santo de mi devoción.

He vuelto a casa después de haber estado ingresado en un hospital durante más de treinta años. Al poco de morir mis padres un automóvil me arrolló en un paso de cebra y me dejó en un coma profundo del que jamás pensaron que despertase. He bajado el artefacto del desván y lo he limpiado a conciencia para darle el aspecto lustroso y enigmático que tenía en sus mejores años. Lo he conectado y ha encendido perfectamente, aunque antes se ha quejado un poco a causa del polvo acumulado en sus potenciómetros. He sintonizado una emisora y ahí está otra vez la monótona voz del locutor, aunque sonando distinta que en aquellos años. La noticia que cubre es la de la sesión de investidura del primer presidente negro en la historia de los Estados Unidos. ¿Será este otro experimento?     


Ignacio Zirier
     
 

Con la sonrisa en los labios, como si hiciese la cosa más natural del mundo, el estúpido aparecerá de improviso para echar a perder tus planes, destruir tu paz, complicarte la vida, hacerte perder tiempo,buen humor,apetito, y todo esto sin malicia,sin remordimientos y sin razón. Estupidamente

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Re: II Concurso de relatos Fórum Montefrío
« Respuesta #6 en: Marzo 14, 2010, 21:09:11 pm »


LA NAVE DEL OLVIDO

   “ Amaneció en la playa, empujada por las olas que llegaban a su fin. Una suave brisa otoñal flotaba en el ambiente. El esqueleto de madera carcomida yacía enterrado en la arena, entre salientes arrecifes que se alzaban arrogantes hacia el cielo.
   Desde la ventana de mi habitación mis ojos alcanzaron a retener por unos instantes la grandiosidad del inmenso charco. El silencio matinal solo era interrumpido por el ruido de las barquillas pesqueras que regresaban de su quehacer diario. Con los pies aun descalzos, bajé a la playa. Las gaviotas, balanceándose a caballo de las olas, se dejaban arrastrar por la quietud de la corriente. El suave chapoteo de sus alas al contacto con el agua formaba remolinos con coronas de espuma blanca.

   El agua borraba las huellas que mis pies iban dejando al posarse sobre los granos de arena resbaladiza. Los cangrejos, con paso elegantemente marcado, avanzaban presurosos en un último intento de alcanzar la orilla. Llegué junto a la vieja fragata abandonada a la voluntad del mar. La permanente energía de los rayos solares había conseguido agrietar la madera y enmohecer los tornillos que denotaran la presencia humana. Todo estaba abandonado. En la proa del bajel encontré un trozo de red, que parecía pedir a gritos que le hicieran volver a sentir la presencia del fondo del mar sobre sus venas.
   Percibí  sensaciones de ansiedad y desconcierto en la embarcación. Había perdido el control de su timón y anhelaba un compañero que lo tripulara a su suerte. Conseguí los materiales necesarios para su reconstrucción, y me dediqué a ello con la única y más cercana meta que tenía que batir. Quise pintarla de blanco, para que pudiera ser confundida con una gaviota y gozara de su vuelo con absoluta libertad. La bauticé con el nombre de “ Audaz “, atrevido, intrépido, valiente, emprendedor, aventurero… él desafiaría a los mares y a los vientos que azotaran sus muros de hierro.  

   Siempre perdurará en mí aquel momento en que devolví la nave a su mundo. El agua azotó su caparazón con rabia y fuerza. Juntos experimentamos la sensación de que habíamos vuelto a nacer. El mar expresó su agradecimiento mostrando en su infinita alegría, una danza marítima, en el que el susurro de la espuma se mezclaba magistralmente con el rítmico movimiento de las olas y el vuelo de los peces, en una majestuosa interpretación.
   Fue un día cualquiera, un día de esos en el que el sol se queda adormilado entre las nubes y todo el cielo se cubre de un tono grisáceo. Un día en el que la lluvia caía de tal forma que parecía querer castigar al mundo entero. El viento azotaba con toda su fuerza incontinua a los arboles. Las hojas recorrían sin detenerse las calles, de rincón a rincón, al igual que los serenos en las noches invernales. Las olas se alzaban traicioneras, y se estrellaban contra los acantilados, cubriéndolos con una manta de espumosa brillantez.

   A pesar del mal tiempo pude llegar a la orilla, donde dormitaba la barca entre los arrecifes marinos. La noche era oscura, pero aun así contemplé como una obra, ¡ mi obra !  estaba siendo destruida. La fuerza del mar alcanzaba la balsa de tal forma, que la empujaba contra las ariscas rocas que se incrustaban sin piedad en la madera. No conseguí salvarla. Empecé a caminar completamente empapada, deshecha y desconcertada. El recuerdo del navío me hacia volver la vista atrás. El viento había cesado y había logrado apaciguar la furia de un mar embravecido. No quise acercarme al lugar del hecho, o quizás sea mejor decir que no tuve la fuerza y el valor suficiente para hacerlo. El mar, bajo su perfecto papel de rey del misterio, quedaba rodeado de una inmensa aureola de silencio y brillantez. Abatida, desilusionada y cansada me fui alejando de los arrecifes. La resbaladiza arena se hundía bajo mis pies y el agua borraba, con impresionante indiferencia, las huellas que iba marcando en mi lento caminar. La quietud de las aguas se apoderaba de todo mí ser. Cerré los ojos y me dejé arrastrar por la fuerza de su sosiego, su tranquilidad y su silencio…

   El balandro intrépido y valiente que osó enfrentarse a un mar misterioso volvía a ser un esqueleto de madera enmohecido y destruido por la fuerza de las aguas. Volvía a ser la nave del olvido, la nave abandonada al designio de la suerte “…

   Estas eran las últimas palabras que se encontraron inscritas en varias hojas que erraban en las aguas de una playa solitaria. Era el mensaje anónimo de alguien que vio reflejada su vida en la reconstrucción de una barca abandonada. La nave del olvido era el presagio del destino de una vida. La destrucción, el hastío, el abandono, se apoderaron del alma anónima. En un último intento se rebeló y consiguió el control de su existencia en la tierra. Pero fue un instante corto, una vida breve; como las estrellas fugaces que atraviesan el cielo en las noches oscuras como una exhalación y vuelven a extinguirse en solo unos instantes.
   Su vida transcurrió sin pena ni gloria. Al quedar destruida, la fragata, que llevaba impreso su incierto destino, se abandonó al libre albedrio de una suerte que lo arrastraba a una fuerza superior a la suya propia…

   El pasado ahogó el recuerdo de una “ nave del olvido “ que intentó superar el destino de la vida. El presente y el futuro sobrepasaron las barreras del tiempo, donde todo pasa, pero ya nada perdura…

PIKON
                     
« Última modificación: Marzo 15, 2010, 08:42:19 am por Parlamento »
Con la sonrisa en los labios, como si hiciese la cosa más natural del mundo, el estúpido aparecerá de improviso para echar a perder tus planes, destruir tu paz, complicarte la vida, hacerte perder tiempo,buen humor,apetito, y todo esto sin malicia,sin remordimientos y sin razón. Estupidamente

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Re: II Concurso de relatos Fórum Montefrío
« Respuesta #7 en: Marzo 15, 2010, 22:29:41 pm »

MARIA

María sueña que un día él llegaría a buscarla. Abraza su chiquito osito de peluche y mira por la ventana la lluvia caer. Siempre llueve en Vancouver. Le carga. No recuerda mucho de su hogar, pero está segura de que no llovía tanto como en Vancouver. En ningún lugar podía llover tanto como en Vancouver.

   María sueña que un día él llegaría a buscarla. Abraza su chiquito osito de peluche y mira por la ventana a las ardillas correr entre los árboles. No importaba el día ni la hora, siempre había ardillas. Eso le gustaba. Pero no le gustaba que su mamá le dijera que no eran nada más que unas lauchas un poco más peludas. María no era tonta, y conocía lo que era una laucha. Las había visto correr debajo de su casa, allá en su hogar, allá lejos, donde no llueve tanto como en Vancouver.

   María sueña que un día él llegaría a buscarla y se la llevaría a ella y a su chiquito osito de peluche a una ciudad donde no llueve nunca y hay muchas ardillas, ninguna laucha, y ella estaría contenta. No como acá, que le carga porque llueve todo el día y a su mamá no le gustan las ardillas.

   A María no le gusta su mamá, por eso lo espera a él. No sabe cómo es, nunca lo ha visto, pero está segura de que cuando llegue a buscarla lo va a reconocer. ¡Cómo no, si se lo ha imaginado tantas veces! A veces lo imagina como un caballero con bigote, vestido de traje y todo eso. A veces se lo imagina como un vaquero, como el señor Wayne que a su abuelo le gusta tanto. “A mí que se parece a Frank Sinatra, porque mi mami lo escucha”, se dice. Cuando su mami escucha a Sinatra son las únicas veces que María le dice mami. “Me gusta cuando mi mami canta esa canción de volar en la luna, por eso estoy segura de que él se parece a Sinatra... Tal vez cuando él llegue a buscarme va a venir cantando esa canción, y entonces a mi mami le gustarán las ardillas y entonces a mi me gustará siempre ella, y entonces podrá venir conmigo y el osito”, se decía María mientras miraba por la ventana, “Pero si mientras estamos en donde no llueve deja de ser mi mami y se hace mi mamá... ¡Se va, él la echa!”.

   María se pregunta por qué su mamá no es su mami siempre... ¿Por qué es esas dos personas? Antes le daba rabia, pero con el paso del tiempo, cuando se dio cuenta que se fueron siempre de su casa y hogar allá lejos, ella se hizo de la idea de que él llegaría a buscarla y se acabaría la lluvia, y se acabaría su mamá y todo eso que ahora le carga y le da rabia.

   María está demasiado ocupada soñando y mirando por la ventana como para escuchar el arrastrar de los pies que produce una pequeña anciana al subir por la escalera de la casa en dirección a la pieza de su nietecita.

   - María, mi niña, ¿Qué está haciendo?

   María da un brinco de susto, y su chiquito peluche sale disparado por la ventana hacia la lluvia de Vancouver, asustando a las ardillas que ahora le lanzan una mirada nerviosa y enojada a María. Pero María no se da cuenta de eso, porque les da la espalda mientras mira a su Mamina, la que se ríe de la sorpresa de su nieta, al tiempo que suelta un “Ohhhh” al ver al peluche salir disparado por la ventana del segundo piso.

   - Pero mi niña, eso le pasa por andar paveando. No ve que está lloviendo afuera, Osito Chiquito se va a ensuciar y vamos a tener que lavarlo de nuevo. A tu mamá no le va a gustar nada eso, cabrita…

   María le lanza a su Mamina la misma mirada que las ardillas recién le lanzaron a ella. Sabe que su mamá se va a enojar y que la van a retar y que todo es culpa de su Mamina y no de ella, pero claro, ¿Cómo su mamá va retar a su Mamina? Es como si María castigara a su mamá, idea que cuando se la imagina, le hace soltar una risotada.

   - Ya, esa cara me gusta más que la primera si me dejas elegir, cabrita. La comida está servida, por si no escuchaste cuando te llamé. ¿Le parece a la princesita si bajamos a comer antes de que se enfríe? Tu abuelo ya está sentado y te está esperando para empezar… Y ponte tus botas de agua, que tienes que ir a buscar a Osito Chiquito antes de que se resfríe.

   - Bueno - Es lo único que María dice.

   María camina al closet a buscar las botas, y escucha a Mamina bajar por la escalera. Claro, ahora para más remate va a tener que salir a mojarse. ¡Y con lo que le carga la lluvia! Claro, todo por culpa de su Mamina y de su mamá (como no, si estaba pensando en ella cuando la abuela la asustó). Pero todo iba a cambiar cuando él--

   Ding Dong…

   “¡El timbre!”, grita María excitada, “¡Es él!”, agrega mientras corre con una bota puesta y la otra en la mano. En la carrera María casi bota a su Mamina al abrirse paso por la escalera, saltando escalones y tratando de llegar lo antes posible a la puerta.

   Su corazón latía a mil por hora, no podía creer que él se haya demorado tanto en venir, si ella lo esperaba todos los días, y él lo sabía. Ahora podría preguntarle cara a cara qué lo retrasó. Quizás un vaquero, quizás un show en un casino, quizás un viaje misterioso del que sólo podrían conversar una vez que estuvieran allá lejos.

   María llega a la puerta, sonriendo muy emocionada. Trata de alcanzar la perilla a saltos, acá en Vancouver siempre llueve y María nunca alcanza las perillas de las puertas. La gente es más alta, dice su Mamina, que lleva más años que nadie en Vancouver. “¡Puchas!” Se dice María mientras salta “¿Siempre tiene que haber algo que moleste, no? Por una vez podría...” Se interrumpe, porque corre la perilla y la puerta se abre.

   - Hi Sweety, is your mommy home? - Dicen desde el otro lado de la puerta.

   Mn... María nunca pensó que él hablaría inglés. Tal vez este no era más que un impostor. Uno de esos que vienen a hacerse los lindos y luego salir corriendos. María lo mira con atención... “No, no se parece en nada a Sinatra” se dice María: “el pelo es muy corto y rubio, y esa barbita... ¡El jamás la usaría! ¿Y dónde está el terno blanco? Con ese traje azul más parece pintor que cantante...”.
   
   - Hello...? - Pregunta el impostor.

   - ¡No hablo inglés! - Grita María enojada.

   - ¡María! ¡Esa no es forma de tratar a la gente! - Agrega una voz a espaldas de María, una voz que ella conoce muy bien. Es la voz de su mamá, no la de su mami. - I'm sorry about this... She is just getting adjusted to a new city. How can I help you?

   - Oh, don't worry, it's OK - Agrega el impostor - She seems like a sweet girl. I'm here to set up your cable connection.

   - Great, then you wish to speak with my father, please, come in.

   María no puede estar más enojada. Su mamá la tiene sujetada del hombro, así que tampoco puede correr a esconder y nada así. Más encima, no entiende nada de lo que hablan. Siempre pasa cuando llega un extraño, un impostor a la casa. Hablan de cosas que no entiende en un idioma que no entiende. En Vancouver la gente es alta, le cargan las ardillas, llueve todo el día y María no entiende nada. Le carga Vancouver.

   - Thanks... Oh, one more thing... - Dice el impostor, mirando a María – On my way here I saw this fly off that big window, I imagine is yours... Right?

   De su espalda saca al Osito Chiquito, todo mojado pero sano y salvo. Se agacha para entregárselo a María, quien lo recibe, al tiempo que el extraño le guiña un ojo y le dedica una sonrisa. Su mamá le murmura thank you al extraño y lo hace pasar, mientras cierra la puerta.

   María abraza a su chiquito osito de peluche, mira por la ventana junto a la puerta cómo las ardillas corren. Se da vuelta y ve a su mamá acompañando al extraño dentro de la casa... La escucha tararear una canción.

   Tu, tu, tu... the moon...

   - ¡Es él! - Grita María, lanzando por los aires a su Osito.

   Lo recoge y va al comedor a donde su abuelo conversa con él y a ella la espera un plato de lentejas.

Pedro poblete
« Última modificación: Julio 01, 2010, 12:01:10 pm por Parlamento »
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Re: II Concurso de relatos Fórum Montefrío
« Respuesta #8 en: Marzo 15, 2010, 22:37:29 pm »

EL DESMEMORIADO

La vida de Barrunte era una batalla constante entre la memoria y el olvido. Era un hombre que siempre olvidaba lo pasado, de forma inconsciente y carente explicación lógica alguna. A sus veinte ya había olvidado la infancia, a los treinta la adolescencia y a sus cuarenta años ya no recordaba las amistades, la familia o los golpes del tiempo; ya se olvidaba de sus creencias y de sus hijos e incluso su nombre, yacía junto al olvido. Los únicos recuerdos que cabían en su mente eran los símbolos o interpretaciones de los sucesos cotidianos de la vida; la sabiduría que se obtiene con la experiencia y el sucesivo raciocinio, perduraba inmaculada en su cerebro.
Cada mañana se sorprendía Barrunte con las cosas de todos los días, y cada noche, recostado en su catre, si es que era el suyo y si realmente se trataba de un catre, intentaba imaginar con qué lo sorprendería la siguiente mañana. Ya no recordaba absolutamente nada, no sabía lo que era esa inmensa y fueguina esfera que se alzaba sobre su cabeza todos los días, no recordaba para qué le servía aquel extraño artefacto de cilíndrica forma y que, cuando lo soplaba, expulsaba agudos y desafinados sonidos. En aquellos días ya no sabía, no recordaba si era humano o la proyección de un pasado constante, o el protagonista en el sueño de un loco, la visión de un mago.
Una mañana se creía niño hasta que algo o alguien le demostrara lo contrario, un mediodía se decía a sí mismo el hijo de Dios, hasta que tropezaba con “una de esas cosas informes que siempre me dificultan el camino cuando todo parece limpio, despejado”, como él mismo decía, y se retractaba de aquella opinión. Una noche se creyó un vampiro y, vestido de negro, salió a morder los cuellos del prójimo; al siguiente creyó ser un sacerdote y, equivocando lo que aquello significaba, se empeñó en prender fuego al quien le faltara el respeto.
Y entonces, llegado el día en que habría de morir, aplastado bajo las ruedas de un inmenso camión, aquel día Barrunte olvidaría también su muerte, y entonces, olvidando la muerte, regresaría a la vida.

Silente
« Última modificación: Marzo 17, 2010, 12:25:18 pm por Parlamento »
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Re: II Concurso de relatos Fórum Montefrío
« Respuesta #9 en: Marzo 16, 2010, 19:32:08 pm »

DE OTRA MANERA

Bajo el cañizo de aquel improvisado chiringuito eran muchas las historias que se sucedían todos los días de abril a octubre. Viejos amigos que se volvían a reencontrar año tras año. Compañeros de fatiga y de trabajo. Momentos buenos y malos. Risas y cabreos… Pero lo que más me llamó la atención en ese caluroso agosto, fue la cantidad de gente solitaria, falta de cariño o incluso pasiones, que habitaban la costa en aquellas señaladas fechas.

Muy lejos de las familias numerosas, las sombrillas, los bocadillos de tortilla y el tinto de verano, muy lejos de todo eso, estaban los otros, aquellos a los que decidimos denominar “buscadores de tesoros”. La playa de unos treinta kilómetros en línea recta presentaba abarrotada. Corría una ligera brisa de levante que derretía hasta los sesos. Allí dentro faltaba la respiración, el aire brillaba por su ausencia. Los camareros de temporada volaban entre la multitud cargados de platos y bandejas repletas de cerveza helada.

Detrás de la barra el que llamaban “el señorito”, el mediador de paz, el encargado de facturar y cobrar las mesas de los 2 salones y el solarium. Un hombre sosegado, sensible, con su vida aparte de aquel lugar. Un hombre siempre ocupado y apartado de la vida nocturna de aquel sitio de moda. Ritmos calientes y a la vez frescos, con aires jamaicanos, andaluces, aflamencados y Chill out, hacían parar al caminante y reposar en su hora del almuerzo, lo cual era una acción obligada para todos los que pasaban por aquel idílico lugar. Fuera de la barra se dejaban ver algunos rostros famosos y otros que aunque no lo eran pretendían o creían serlo. Especies autóctonas del otro lado de la costa. Los denominados nuevos ricos, que en realidad, aparte de su coche y de su casa al lado de algún que otro campo de golf, tienen la nevera vacía al llegar a casa. La nevera, los sentimientos y la cama. Revoloteando, niños pedantes y maleducados que te hacen ver y entender lo que serán en un futuro.

Y todo eso ocurría, mientras un chico de unos ocho años que se hizo amigo mío intentaba  vender prendas del otro lado del charco. Mezcla de Chanel barato, botos, cientos de operaciones, tintes, rayos UVA, te sacaban alguna sonrisa si te parabas a observar aquel mundo, y mucho más si te entretenías a escuchar, eso sí, sin querer alguna de sus inteligentes conversaciones. Yo, mientras escribía, aprendía, reflexionaba y cada vez me sentía más feliz de no tener absolutamente nada. Con mi imaginación y mis ganas de vivir me bastaba. Además de todo esto llegué a la conclusión de que en el fondo me daban pena porque se sentían dueños de algo, los reyes del mambo, solo por unos días. Cada vez me sentía mas afortunada de no tener que pasar por el trago de la vuelta a casa, de la cuenta en números rojos tras las vacaciones, de la vuelta al cole, de las infidelidades o rolletes extramatrimoniales, del lamento de la culpa, de compartir mi vida con alguien que no me hace feliz, de mis falsos negocios y mis cuentas en Suiza etc. Al fin y al cabo sólo eran apariencias. Me gustaba pensar que lejos de todo eso, en el fondo eran buenas personas.

Cuando me acerqué a la barra para pedir mi Martini Rojo y llevármelo a la mesa, pude observar el horario de cierre del local. A las ocho en punto. Pensé que al ser los días mas largos, no me daría tiempo ver el atardecer desde allí, pero me sentía tan a gusto que no quería marchar. Además era temprano, justo las seis y cuarto. Me daba tiempo de saborear con tranquilidad la copa. Tal vez porque la hora de cierre se acercaba, aquel lugar se fue quedando semidesierto. Los camareros aprovechaban para limpiar un poco, rellenar servilleteros, adelantar trabajo para el día siguiente… Casualmente me había fijado en uno de los trabajadores. Más bien me llamó la atención a simple vista. Su manera de hacer las cosas, de moverse, el cariño que parecía poner a todo lo que hacía. Su mirada tierna y cálida hacia los demás. Su sonrisa… Estuve a punto de preguntarle su nombre y su número de teléfono. Así sin más. Pero no quería parecer una de esas “busca tesoros”. Así de esta forma, me mordí los labios, la lengua incluso el piercing y decidí observarle de todas las maneras. Me levanté de la mesa apartada del mundo real y decidí ponerme en la libre más próxima a la barra. Me gustaba oírle conversar y bromear con la gente, con sus compañeros… Con todos menos conmigo a pesar de sus repetidas miradas hacia mi mesa. Pensé que eran señales, pero yo soy fiel a mis principios y no quería caer en la tentación de dirigirle la palabra. Cuando se acercó a retirar el servilletero de mi mesa, no pude evitar mirar sus manos, sentir su calor, su olor… Aquella sensación me gustó. De repente la barra empezó a llenarse de clientes que ante la hora de cierre, reclamaban una última copa o sándwich mixto. Casi no daban abasto. Pude percibir un poco de mala leche en su rostro. Y yo pensaba… Pobre, debe molestar muchísimo que intentes llegar a casa lo antes posible y que la gente siga tocándote las narices tras ocho horas durísimas de trabajo. Ante tal avalancha, me apresuré a tomar la última copa. Quería ver su rostro hasta que saliera de allí. Permanecer hasta el último segundo, ya que al día siguiente yo estaría navegando hacia Tánger por motivos de trabajo. La copa la aguanté y la aguanté para que me sirviera, pero su compañero se adelantó. Por un momento le perdí la pista, se encontraba desmontando máquinas para limpiar y claro, su presencia allí en la barra se hacia de rogar. En un momento de confusión y alboroto de gente ansiosa por pillar alguna bebida y ver la puesta, me sentí triste, vacía… Me gustaría compartir ese momento. A los dos minutos volví a ver esa mirada, se acercó al equipo de música, subió la música mientras hacia amagos de bailar y se aligeraba al recoger. Se acercó a la maquina del zumo de naranja y comenzó a montar lo que antes desmontó. Con una rapidez y agilidad dignas de recordar. Justo en ese momento una voz dulce de mujer rompió aquel perfecto caos. A mi me pareció que conectaron en esa primera mirada. Ella pidió algo de comer y beber. Mi sutil personaje se hizo de rogar ya que la cocina acababa de cerrar. Entablaron una pequeña conversación hasta que esta desconocida le convenció. Entró a la cocina y le preparo un par de bocatas. Mientras se calentaban, volvió a salir para seguir limpiando. Antes de apagar la máquina del café se sirvió un cortado con hielo. Su cara lo decía todo. No podía más, arrastraba cansancio. Esa desconocida aprovechando la ocasión volvió a entablar una breve conversación. Para mí de lo más simple y rastrero. Lo única que la escuche decir fue “que puedo hacer en la costa” “Tienes algún mapa”. Claro yo no podía dar crédito aunque supe admitir la derrota. Ella se decidió y yo no. Perdí mi oportunidad. Como casi siempre. Así que me dispuse a cerrar la libreta donde escribía y mirar al mar desde los ventanales…

El paisaje en menos de una hora había cambiado por completo. La playa quedó desierta. Solo las parejas y los que sabían apreciar un atardecer. La música dejó de sonar en seco. Me gire para ver que pasaba y no pude ver a Joan. En unos segundos, música Chill a toda pastilla y él, naciendo de detrás de aquella barra. Se movía suave, como intentando seducir, no se muy bien a quién, porque él al completo era pura seducción. Sus rasgos latinos, marcados, su piel morena, esos ojos verdes… Me dieron ganas de saltar la barra y seducirle también bailando. Pero desperté pronto de aquel sueño cuando vi que la chica se acerco para decirle algo al oído casi susurrándole. No tuve otra alternativa que leerle los labios… Sonaba un tema Brasilero y eél cantaba bajito, muy bajito, muy seductor. No podía quitar mis ojos de su cuerpo, su espalda fuerte, perfecta, sus brazos... La chica se giró con una bandeja repleta de cosas y se dirigió a la parte más alta del local para quedarse ahí a ver la puesta. Joan parecía saber lo que ocurría y se enorgullecía de ello. Mas bailaba, mas sonreía, se crecía por segundos. Más yo le deseaba. La chica volvió a bajar y él salió de la barra para recibirla. Continuaron hablando, mientras yo me quemaba por dentro. No podía dar crédito a lo que estaba pasando. Estaba viviendo en directo una de esas aventuras de caza tesoros. Una aventura de la cual me hubiese encantado ser la protagonista. No quise incordiar, era la única persona que quedaba en el local. Con las mismas me armé de valor, pagué y como mis sentidos se agudizaron esa tarde, pude enterarme de sus planes. Por cierto, me invitaron a la última, porque estaban cerrando caja. No me paré a mirarle ni un segundo. Pensé que debía tomarme esa historia con calma, no darle demasiadas vueltas. Lo primero que hice al llegar a mi apartamento fue dar rienda a mis fantasías y escribir todo lo experimentado ese día.

La noche pintaba bonita así que me di una ducha me arreglé un poco y reservé plaza en el restaurante marroquí de la esquina. Todo un lujo. Pleno mes de agosto, todo abarrotado de gente y yo, cenando sola… La idea no me asustaba demasiado, pero también pensaba que esas vacaciones en soledad no debían durar mucho, aunque por otra parte no me apetecía compartir más de cuatro horas con alguien. Me había empeñado en vivir historias fugaces, nada serio. En esta ocasión el miedo me podía. Aunque con sinceridad, Joan me había hecho cosquillitas en el corazón. Parecía estar volviendo a mi realidad. A lo normal, a ese estado de enamoramiento del Ser… El restaurante estaba precioso, esas luces que recordaban la otra orilla, los aromas, todo me llevaba al ansia de devorar los labios de Joan en cualquier sitio diferente, exótico…

Volví a despertar de otro de mis sueños para darme cuenta que a la ocho de la mañana zarpaba mi barco a Tánger. Justo después de degustar el Té Marroquí pedí la cuenta, firme el recibo de la Visa, dejé la propina correspondiente y fui hasta el puerto. Allá me senté a observar las luces del continente donde estaría en unas horas. Cerré los ojos e imaginé mil postales de mis brazos aferrándose a su cuerpo. Cuando me di cuenta, mis planes parecían truncarse. Llegaba tarde. Habían quedado a las doce y media en un garito de la costa a pie de playa para escuchar música en directo. Me sentía una voyeur, un objetivo, una lente, me sentía sucia, pero no quería dejar ese juego. Era una experiencia nueva para mí. Apresuré mis pasos hacia el sur del puerto. Había poca luz, la zona estaba en obras de remodelación así que gasté cuidado, sobre todo por mi calzado. No admitiría una sorpresa poco grata de última hora. Hasta para observar me gustaba estar perfecta. En fin, caminando, llegué al sitio. Cañas y brezo en medio de esa playa enorme, perdida en el infinito. La luna, llena y rojiza. Impresionante, aunque pocas estrellas iluminaban mi paso. Me sentía perdida en medio de toda aquella gente. Timbales, timbas, guitarras, cascabeles, percusión africana… Yo allí, perdida con mi copa sin dejar de buscar su mirada. El concierto empezó y ni rastro. Bajé la mirada y pensé marchar a descansar. Era inútil permanecer allí por más tiempo. Para qué. El tren salió a su hora y yo me quedé en tierra. El ambiente, la noche, todo era estupendo. Todo menos yo. Desde luego, receptiva no estaba. Tras las cortinas transparentes en plan ibicenco, pude ver unas rastas que me pusieron nerviosa. Demasiado. Allí entraba Joan. Todo de blanco y plata. Como había cambiado estaba irreconocible. Nunca antes había deseado tanto un cuerpo al que no conocía. Dejé la copa en un rincón y como no vi presencia femenina a su alrededor, me arranqué hasta la barra donde estaba él, por supuesto, el rey de la fiesta, el anfitrión. Su olor era dulce muy dulce, pensé en Gabanna o Boss. Lucía un tatuaje que enredaba su brazo hasta su hombro. Era una mezcla divina para mí. Jamás olvidaré su olor. Pedí una copa más, mientras miraba de reojo sus gafas de diseño. Me lancé al vació y rocé su brazo propiciando el momento. Educadamente y con ese suave acento me miró como si nada y se disculpó. Se le notaba nervioso, no paraba de mirar a la puerta. Era de suponer, esperaba la llegada de alguien. Mi corazón se aceleró cuando la puerta se entreabrió y él saludó con mirada felina a dos chicas y un chico, los cuales se dirigieron hacia él, abriéndose paso entre la multitud. El chico se acercó a Joan por detrás, le abrazó y le besó la espalda. Joan se giró haciendo un gesto de complicidad y pude ver la misma alianza en ambas manos. Pude entenderlo todo. Joan era para mí en esos momentos mucho más especial que antes. Se fueron los cuatro al fondo del local para dar rienda suelta al baile, a la música, a los sentidos. Sonreí por un instante al observar su felicidad que no era la mía. Sonreí por la orilla de la playa hasta llegar a casa. Me desnudé despacio haciendo partícipe al tiempo y al silencio de aquel maravilloso día. Me tumbé en la cama con la ventana abierta y cerré mis ojos para pensar en él con mis manos hasta el amanecer…

Alma Buruki




« Última modificación: Marzo 16, 2010, 20:06:24 pm por Parlamento »
Con la sonrisa en los labios, como si hiciese la cosa más natural del mundo, el estúpido aparecerá de improviso para echar a perder tus planes, destruir tu paz, complicarte la vida, hacerte perder tiempo,buen humor,apetito, y todo esto sin malicia,sin remordimientos y sin razón. Estupidamente

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Re: II Concurso de relatos Fórum Montefrío
« Respuesta #10 en: Marzo 16, 2010, 23:20:02 pm »

MONIGOTES

La mujer se llama Margot. Es elegante. Tiene alrededor de 32 años. Bizquea del ojo izquierdo. Lleva en sus manos una carpeta de papel y en la carpeta dos dibujos esbozados por ella. Del hombre, no  sabemos su gracia. Debe andar por los cuarenta abriles. Viste chaqueta y pantalón de mezclilla. Aparenta leer pero no lee.

El libro que el hombre aparenta leer es ‘el faro del fin del mundo’ de Julio Verne. Margot y el hombre viajan en un bus de Transmilenio. Es Bogotá, lunes, siete y veintiocho de la mañana. El bus va repleto, ciento treinta personas. Margot y hombre van sentados uno al lado del otro. El hombre cierra el libro, mira de soslayo a Margot, las manos de Margot, la carpeta de Margot, los dos esbozos de Margot y ahí comienza todo…

«ES BELLO, TIENE CARÁCTER, TIENE FUERZA». «Gracias por las loas, pero…». «Pero…». «No creo merecerlas, es apenas un monigote en obra gris». «No soy perito en artes, ni siquiera un vulgar aficionado. Me importan un comino Manet, Monet, Matisse y Degas. Me importan un comino Rembrandt y Velázquez. No soy un casanova. Me importa un comino lo que usted haga o deje de hacer. No es mi interés conquistarla a punta de zalemas, endulzarle la oreja para, una vez endulzada, espetarle con desparpajo y socarronería que es mi deseo acostarme con usted, comerle el ****, cabalgarle el trasero. Me importan un comino su monigote y la historia que se agazapa detrás de su monigote y las vicisitudes de la mujer que lo pintó y las circunstancias particulares que quiso plasmar cuando lo pintó. Por mí que se los lleve el viento, a usted y a su monigote, a la China o a la cochinchina. Sin embargo, he de confesarle algo. Si ello acaeciere, si el viento les jugare una mala pasada a usted y su monigote, cuando estuvieren volando por los aires echaría un vistazo hacia el cielo y musitaría en voz baja… ese monigote que bambolea el céfiro a discreción es bello, tiene carácter, tiene fuerza». «Me deja usted sin palabras». «Esa es una frase manida y de cajón. Una frase hueca y mentirosa. Nadie le puede hurtar a nadie las palabras. Las palabras siempre estarán ahí, en algún recodo de su cabeza y de las otras cabezas de los hombres hasta el fin de los tiempos». «Es un dicho, idiota». «Lo sé, el más idiota de los dichos, me parece». «Ahora ya no sé si estoy muda y absorta o simplemente estoy ofendida por su impertinencia, por su desfachatez, por su ramplonería». «Mientras lo piensa y lo dirime, ¿podría dejarme ver ese otro monigote?». «Aquí lo tiene». « ¿Es usted pintora o algo así?». «Soy gerente de banco». «¡Qué posma! Y yo que juraba que los gerentes de banco viajaban en su ferrari granate y por nada del mundo se subirían en un bus urbano porque se les escaldaría la espalda y les saldrían ronchas en el culo». «Eso acaso suceda con los gerentes de banco de los Emiratos Árabes Unidos. Aquí en Colombia los gerentes de banco nos rompemos la crisma por una bicoca». « ¡Qué posma! Y yo que juraba que los gerentes de banco llevaban en su portafolio de cuero movimientos contables, the economist y los reportes de las últimas transacciones bursátiles». «Y yo que juraba que los hombres circunspectos con cara de notarios públicos, aquellos que les dicen al pan, pan y al vino, vino vivían y dejaban vivir, no se entremetían en lo que nos les compete». «El tigre nunca es como lo pintan». «Las tigresas tampoco». «¿Aunque en sus ratos libres pinten?». «Aunque en nuestros momentos de relativa tregua pintemos monigotes bellos y vigorosos». «Un momento, gerente, no vaya tan aprisa, yo sólo emití concepto del primer monigote». «¿Qué me dice acerca del segundo?, ¿cómo le pareció? ». «Machucho». «¿Qué diantres es machucho». «Machucho es machucho. Su segundo monigote es machucho, machucho y con carácter, machucho y con vitalidad». «Me vuelve usted a dejar en la estocada». «Pierda cuidado, no soy crítico de arte». « ¿Qué será preferible para un monigote en obra gris, ser bello o ser machucho?». « ¿Qué será preferible para una muchacha chulapa y desenvuelta, ser pintora o ser gerente de banco?». «Eso no explica nada». «¿Y quién le dijo a usted que yo pretendo explicar algo?». «Mejor me callo». «Buena decisión, a banquero dicharachero no des a guardar dinero y una pintora de monigotes hace más pintando que parlando». «Devuélvame el monigote, me bajo en la siguiente parada». «Aquí lo tiene». «Adiós, señor notario». «Adiós, señora banquera y señora pintora». «Si alguna vez, por esos avatares de la vida, me queda algún remanente de dinero para despilfarrar sin verlas canutas, que no creo, la buscaré para abrir una cuenta de ahorros en su banco». «No es mi banco, yo sólo trabajo allí». «Así las cosas y para que los réditos de mi hipotético despilfarro queden en su poder, la buscaré para comprarle un monigote. Bello o machucho, me daría lo mismo. Me conformo con saber que usted, la banquera pintora lo parió con sus manos».

Asterisco
« Última modificación: Marzo 16, 2010, 23:24:46 pm por Parlamento »
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Re: II Concurso de relatos Fórum Montefrío
« Respuesta #11 en: Marzo 16, 2010, 23:28:17 pm »

EL SILENCIO DEL EMBAJADOR

   El embajador sale del despacho del ministro de Exteriores. Desde la ventana de la crujía, en la décima planta, ve a los paseantes que se afanan con sus bolsas de la compra. Ha llegado la Navidad. Los puntos negros luchan por conquistar su plaza en el microcosmos de un autobús atestado. Es la guerra de cada amanecer: llegar al trabajo antes que el jefe, vestir los trajes más elegantes, amar a la mujer más hermosa, encadenar con la correa de las zalamerías al macho más fornido. Los monumentos se encienden con el esplendor del mediodía: los obeliscos han convertido a los hombres anónimos en héroes. Las guerras se declaran para llenar el mundo de piedras.

   Al embajador le ha comunicado el ministro de Exteriores que debe partir a Jarasa, minúsculo país del África Austral, que ha facturado a la civilización, por mensajeras de alas mordidas, el eco de su desaliento. Tras veinte años de masacres, los periodistas decidieron pasearse por sus junglas de verde pálido para ofrecer a sus seguidores los vislumbres del horror. A las mesas opíparas de la Nochebuena se ha asomado la carne desgarrada de los niños dolientes; en las copas de cava se han bañado las madres desesperadas que han dejado de creer en los amuletos de su sacerdote; de las servilletas se han colgado los hombres cansados de luchar.

   El embajador sale del palacio. Aún es pronto para volver a casa -quién quiere ver la cara surcada de edad de su mujer; quién oír el vocerío de sus hijos, que ladran como una jauría rabiosa-; aunque debe empezar a preparar el equipaje para el 28 de diciembre. No podrá compartir esos días de fiesta con su familia; pues ha de estudiar con los asesores de su Gobierno la situación política del país. Lo acompañarán dos delegados adjuntos, que durante el viaje le hablarán de su larga experiencia en conflictos de guerra como si él fuera un advenedizo en la selva. De joven acompañó a su padre al África Austral para curtirse en las artes de la diplomacia. Fue durante ese largo viaje cuando comprendió que el hombre solo no puede hacer nada por un mundo con vocación de cementerio.

   Le da al chófer la dirección de su amante. La edad en ella se agazapa bajo su piel; su estudio no padecerá el necio fragor de los niños, sino que respirará los susurros amargos de la despedida. La amante no se mueve de la casa. Apenas si sale al bar de abajo para sobrevivir cada día con dos panecillos a la hora de comer. No sale porque tiene miedo de no estar el día en que él la necesite junto a su pecho. Su amor la esclaviza, pero su esclavitud la salva. El embajador la conoció en Luang Prabang. Tras pacificar a los pueblos asediados por la guerra, fue a pacificar su cuerpo a los prostíbulos chamuscados de esa ciudad laosiana que se despeña noche a noche en el sexo encenagado de sus niñas. Song Phone lo abrazó entre sus piernas mojadas de pegamento, que él guareció en su abrigo de hombre hastiado, enfermo de vivir. Con los tejemanejes propios del cargo, hizo que sus agentes la rescataran de las tinieblas. Aquí le dio nuevo nombre, nuevos apellidos, nuevas esperanzas. Como un vulgar marqués, le buscó en un barrio discreto un feudo a su medida en el que los vecinos no se admiraran ni por la presencia de un coche oficial ni por la de una chica oriental que come panecillos en el bar de la esquina.

   Song Phone abre la puerta: de un salto se abraza al talle del embajador, que la devora a besos que ella presiente son de partida. Los ojos de Song parpadean como las luces en la oscuridad de Luang Prabang; su cabello lacio le cae sobre la frente como cataratas embalsamadas. Aunque no sabe conjugar los verbos, en dos años de soledad ha aprendido la lengua del embajador. Comprende su runrún cuando en la noche se alojan bajo la sombra de las sábanas. Después del beso, el embajador le sonríe como un padre. Song lo lleva del brazo a la cama, pero el embajador prefiere mirar a la calle. Dos comerciantes pelean; dos vagabundos se agravian; dos mujeronas cuchichean en el portal del edificio opuesto. «Así comienzan las guerras», dice en voz alta el embajador.

   Levanta la vista para mirarla: es cierto que su edad se agazapa bajo la piel, pero el sufrimiento es un monstruo que tarde o temprano desgarra cualquier dique. Tienen sus ojos esa conmovedora perplejidad de las mujeres que no pueden comprender a las madres arrodilladas ante sus hijos porque a ellas no les dejaron ser niñas. Tienen sus manos la severa dureza de quien no se ha envuelto nunca con casimires o jugado con muñecas de trapo. Y sus facciones se rompen con esa sumisión complaciente de quien nunca se ha rebelado. Song se cubre la cara para no sentir los ojos del embajador en sus mejillas negras de mazmorra.

   El embajador, culpable, deja de observarla. Quisiera tener un espejo ante sí para juzgarse; pues él no es quién para arbitrar en la belleza de sus dos mujeres ni para liberar a un pueblo del África Austral sentenciado al exterminio o al hambre. El embajador ha olvidado quién es: recuerda los amores de juventud que extravió en la memoria para dedicarse a la carrera de la diplomacia; recuerda los viajes con su padre, sus primeros logros profesionales, que engalanaron su pechera por azar; sus primeros fracasos, para los que sus superiores encontraron siempre excusas válidas por no mancillar su apellido. Todos los embajadores aprenden el fracaso antes o después. Acostumbrarse a perder no es más difícil que asumir en paz una victoria.

   Con la vista baja, parece buscar en la moqueta la definición de la palabra derrota. Errar por medio mundo sin pertenecer a nadie más que a su sombra. Ejercer del padre desconocido que en Navidad hace comprar a su secretaria los regalos para sus hijos. O discernir que su trabajo se reduce a poner su nombre, el mismo de su padre, en esas epístolas que vuelan de embajada a embajada como golondrinas melancólicas.

   «Tiene que acabar», dice el embajador, que se da cuenta de la mentira de esa escena: el vigía del mundo admirando la oscura belleza de la furcia de Laos, quien depende de su benevolencia para no ser expatriada a la muerte. Y el maletín en la silla con los legajos que le permitirán profanar las fronteras de los mapas con sólo mostrarlos. Y en su bolsillo la cartera con las fotografías de su familia. Cómo le duele la jovencita con la que bailaba en la mansión de su padre. Qué dulces en su fragilidad aquellos ojos que lo exploraban de arriba abajo, antes de que prendieran en el rescoldo de los años.

   El embajador pasea por el estudio: la radio, las cintas de música que le regala por su cumpleaños, las flores ásperas, la negrura de las paredes, ella. «Te quiero», le dice. Song le pregunta: «qué pasar», pero él no responde; para explicárselo, debería conjugar verbos que Song no comprende. Vuelve a mirar por la ventana. Y recuerda palabra por palabra lo que su superior le ha ordenado.

   El embajador no se engaña: el ministro de Exteriores ha decidido quemarlo en el horno de Jarasa; ningún occidental podría resolver semejante conflicto sin el aval de las armas. Y no sólo pretende quemar su carrera, sino a él: le ha advertido de que lo envía como relevo del comisionado al que los rebeldes liquidaron hace dos meses en el asalto al consulado. Sea como fuere, el embajador sabe que el 28 de diciembre ha de afrontar su misión más difícil, para la que no bastarán palabras ni rezos ni efusivos saludos ante los fotógrafos del régimen.

   -Quién puede convencer a nadie para que no se suicide -piensa en silencio el embajador-, a los comerciantes para que no se peleen, a los vagabundos para no menten a sus madres o a las mujeres del portal para que no hundan con calumnias a la que dicen su amiga.

   Y se acerca a Song, que sólo con besarlo ha averiguado que la visita es de despedida.

   -Song, me marcho a África.
   -Guerra...
   -Tengo que acabar con la guerra, sí -sonríe al decirlo.

   Song llora. El embajador la besa en el cuello.

   -He de llegar pronto a casa -dice al verla desnudarse-. No vamos a hacerlo, Song -es tan joven su cuerpo, pero su alma es tan vieja.

   Se despide de su amante, no sabe por cuánto tiempo.

   Abajo lo espera el chófer: «A casa». Al doblar la calle, adivina la fachada de su hogar.

   Su mujer es mucho más joven que él, pero desde que empezó a parir le parece una venerable anciana. Hija de nobles, representó durante dos años su papel de seductora, hasta que él aceptó, por consejo paterno, mezclar su sangre a la azul de sus venas. Empezó la decadencia. Veladas interminables, sonriendo a las estatuas, los hijos que asaltaron la placidez del hogar, los viajes que lo agostaron mientras su mujer se aburría o cultivaba el jardín que luego machacarían los retoños.

   Al embajador le parece que sus hijos no están en edad de seguir jugando, pero por lo visto se niegan a crecer. «Que hagan lo que quieran. Ya les caerá el batacazo», piensa.

   Cuando llega a casa, se la encuentra silenciosa, pero es una ilusión pasajera; poco a poco van surgiendo los niños, que le preguntan qué les ha comprado. El embajador no responde. Sube a la habitación de su mujer. La encuentra echada en la cama, rodeada de esas revistas de moda que exhiben a mujeres tan imposibles como la firmeza de su carne deshojada.

   A la mujer no hace falta prepararla con efusiones como a la amante.

   -El jueves vuelo a Jarasa.
   -¿Y...?

   Y Jarasa puede ser la muerte, pero qué más da.

   Al atardecer llegan dos secretarios del Ministerio con la información pertinente; el embajador no les hace caso. Quien vive lo que no cree, deserta o muere; quien finge pasión, acaba devorado por sus propias pesadillas, que se le aparecen en forma de deseos que no conoce: perder la pasión es mucho peor que haberla vivido.

   Jarasa está cercada por las tropas del general Kalser; el presidente ha obligado a la población... Todo suena lejano, como el funeral de un desconocido. Conque los niños se mueren de hambre, conque las madres charlan con los cuervos en el desierto. De acuerdo, pero qué más da. Tan vasto es el mundo, que el dolor debe gobernar un reino.

   Cuando los secretarios se van, el embajador se queda solo en el despacho, pero poco dura la esperanza. Tienen huéspedes esa noche. Tienen baile esa noche. Tienen un mar de hipocresía esa noche. Y van llegando con sus trajes perfumados los que mañana se arroparán de odio para salir a la calle. Y acaba la cena. Y llega el siguiente día. Y de repente es veintisiete. Quisiera ver a su amante, pero no enjaulada; aunque es consciente de que si la libera se la comerán los perros.

   Llega el veintiocho en el aeropuerto: el embajador es una mueca de asco que despide a sus familiares mientras los fotógrafos escupen carretes enteros para repetir la vergüenza de ese viaje en la portada de cien diarios. Al día siguiente, el embajador los leerá con la misma mueca de asco en los labios. Lo acompañan, además de los dos adjuntos, seis periodistas, cirujanos de la palabra, materia de hoguera o plomo, que charlan de la prostitución en África con voz de cicatriz cerrada.

   El embajador escribe cartas en las que declara ficticias guerras a sus enemigos. «La vida no puede ser esto -escribe-, quién se ha llevado el amor». Bajo el cielo que el pájaro de hierro muerde, el mar abre su herida, los campos gritan su miseria, los ríos se retuercen envenenados por los peces de petróleo que habitan su vientre. Quiere saltar, saltar, quiere saltar...; cuando llega a Jarasa, dos enfermeras se hacen cargo del paciente, afiebrado por el largo viaje.

   Dos días después, la matanza del hospital de St. Andrews sobrecoge a la diplomacia del mundo entero, que decide emplearse a fondo contra los rebeldes. «A la muerte sólo se la puede vencer con más muerte», sentencia el ministro de Exteriores. Al fin vuelan los cazas, los helicópteros, los soldados en paracaídas, vuelan los misiles que acabarán de una vez por todas con el hambre.

   El embajador regresará algún día, más cansado que cuando se fue, más enfermo; lentamente, en el sueño de los días, perdida la corona, perdonados los besos, bajará una a una las estaciones de su infierno.

Phone
« Última modificación: Marzo 17, 2010, 12:30:26 pm por Parlamento »
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Re: II Concurso de relatos Fórum Montefrío
« Respuesta #12 en: Marzo 21, 2010, 12:16:16 pm »

LA CAJA

Todavía no lo sabía, pero esa era la última vez que recorría la inmensa casa que añoró el resto de su vida. Era muy diferente a cuando estuvo habitada, pero ya entonces casi todos los que la ocuparon habían muerto. Las golondrinas habían ocupado su sitio, una de ellas pasó volando a su lado y la asustó.
Entró con su padre, luego él también se iría con los que ya se habían ido y quizás por eso mismo, por todas esas ausencias, la casa formaría parte de esa añoranza casi dolorosa de un tiempo ya inexistente.
Ese día le pareció todavía aún más grande de que lo era. Por primera vez entró en el comedor bueno, como llamaban habitualmente a aquella estancia a la que jamás, mientras vivieron los que ya no estaban, pudieron entrar los niños. Estaba oscuro, pesadas cortinas cubrían los preciosos balcones cerrados también con postigos de madera. Parecía como si con todo ello quisieran preservar su interior, un interior que por otro lado ya estaba tan muerto,  como muertos estaban quienes lo habitaron. 
Detrás había una habitación pequeña, una habitación  de cuya existencia nunca supo.
-¿Qué era esta habitación, papá?
- Era la de mi hermano.- en su tono se dejaban caer la tristeza y la pesadumbre de un drama todavía cercano y lacerante.   
No hizo falta decir más, ni tan siquiera especificar de cual de sus hermanos se trataba. Por eso  nunca la había visto. El que en  un lejano día fue dueño de esa habitación,  había muerto en un accidente que de alguna manera fue el principio del fin de esa familia y de esa casa. Tras él fueron muriendo uno a uno. Primero el abuelo. Se le fue la cabeza y acabó sus días en un manicomio (entonces aún se llamaban así) ciego y loco, como si de una tragedia griega se tratase. Era evidente que su mente huyó incapaz de soportar el dolor que le produjo la muerte de su hijo menor, y que sus ojos se negaron a ver esa nueva realidad que tan poco le gustaba.
Después fue su mujer. Ella fue más discreta, se fue en silencio, sin hacer ruido, pero aún así su marcha se dejó sentir con la misma intensidad de un tornado, renovando el dolor apenas amortiguado y cayendo sobre un suelo empapado  de lágrimas recientes. Por eso todo se quedó a oscuras, por eso no había luz en toda esa oscuridad, ni volvería a haberla nunca. Por eso también,  porque la habitación era del menor de los hermanos, ella nunca la había visto. Murió poco después de nacer ella y parece ser que en esa casa los distintos espacios iban desapareciendo según lo hacían sus moradores.     
Y fue allí precisamente donde encontró lo que sería lo único que iba a llevarse de esa casa y que la acompañaría el resto de su vida. Una preciosa cajita que sobrevivió al naufragio de aquella gran casa,  que un remoto día fue el marco donde una familia creció, vivió, soñó  y murió…
A veces miraba aquel pequeño objeto. Parecía como si gracias a él quedara constancia de todo aquello. Y en cierto modo así era. El tiempo había pasado con su manto ceniciento reduciéndolo todo al olvido. No quedaba nada de aquel caserón, ni nadie de los que lo habitaron. Sólo su caja.
Por eso cada vez que la veía recordaba aquel lejano día en que acompañó a su padre a ver los restos de lo que había sido su vida, su vida antes de ella,  e incluso antes de él mismo. 
Por eso hoy también al levantar la tapadera labrada y mirar en su interior, ese espejo desgastado le devolvió  de nuevo esa imagen impresa a fuego en su memoria para siempre, porque quizás ella había sido la depositaria de aquel tiempo ya muerto, porque quizás nada muere del todo mientras alguien lo recuerde.
Sólo cuando ella faltase desaparecería definitivamente, porque ya la caja no traería evocaciones de aquella lejana tarde y de aquel lejano y perdido tiempo. Solo sería la vieja caja donde mamá guardaba viejos recuerdos inservibles.

Con la sonrisa en los labios, como si hiciese la cosa más natural del mundo, el estúpido aparecerá de improviso para echar a perder tus planes, destruir tu paz, complicarte la vida, hacerte perder tiempo,buen humor,apetito, y todo esto sin malicia,sin remordimientos y sin razón. Estupidamente

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Re: II Concurso de relatos Fórum Montefrío
« Respuesta #13 en: Marzo 21, 2010, 16:00:43 pm »

EL MÉDICO QUE SABÍA CURAR

Después de ocho años de laboriosos estudios, Rünno recibió, bajo una salva de aplausos, el título de doctor en medicina, que le fue entregado por el rector de la universidad en una solemne ceremonia celebrada en el Ministerio de Asuntos Sociales. Orgulloso y con su diploma bajo el brazo, se reunió con sus padres Ljudmila y Olavi,  que estaban sentados en las primeras filas de butacas del salón de actos, fundidos en un abrazo, por sus mejillas se deslizaban lágrimas de alegría. Sirvieron un cóctel frugal y con un brindis, el ministro clausuró el evento.

Los padres de Rünno vivían en una modesta casa de campo en Kaisma, un pueblo situado al sur de Tallinn, la capital. En dicha ciudad era donde Rünno había malvivido durante cinco días a la semana de los últimos ocho años para poder realizar sus estudios. Pero todo había acabado afortunadamente para todos. Sus padres habían hecho un gran esfuerzo económico, aunque su situación era de penuria. Ljudmila se dedicaba a las tareas de la casa y Olavi a labores agrícolas y ganaderas, pero cada día le era más difícil vender sus productos, pues ya se habían instalado en el país grandes factorías de multinacionales extranjeras que colmaban con creces las necesidades del mercado doméstico y si todavía faltaba algo se importaba de los países vecinos, a pesar de todo en casa siempre habían mantenido la esperanza, el amor y elevadas dosis de optimismo. Haciendo un gran esfuerzo celebraron una bonita fiesta en honor de Rünno, donde asistieron familiares cercanos y vecinos, en la que no faltaron productos propios de la granja y el huerto, un riquísimo licor destilado por Olavi y unos bizcochos de manzana horneados por Ljudmila, con música, bailes y mucho humor la celebración se prolongó hasta bien entrada la noche.
   Habían pasado quince días de su colegiación, cuando Endel, el cartero rural, fiel a su cita semanal le dió a Rünno, previa firma en el libro de entregas, una carta certificada y lacrada en el reverso del sobre con el sello oficial del ministerio del ramo. La elegancia del papel usado en la carta y la prestancia del sobre sorprendieron a Rünno, con gestos trémulos rasgó la parte superior del envoltorio, mientras Endel,  sentado cómodamente en el cobertizo, degustaba un refrescante vaso de limonada. La cara de Rünno dibujaba diferentes gestos a medida que avanzaba en su lectura, pasando por la sorpresa, la incredulidad y terminando en una risa contenida, cuando finalizó de leer la carta no se pudo contener y un autentico alarido salió de su garganta, pegó un salto de alegría y abrazó con fuerza al cartero, que en el ajetreo vertió todo el contenido del vaso sobre su impoluto uniforme verde. Entusiasmado llamó a su padre, que se encontraba trabajando en el corral, y a su madre, que estaba limpiando las habitaciones del piso superior, cuando los cuatro se encontraron reunidos en el zaguán de la casa, Olavi alterado preguntó.
   —¿A que se debe esta algarabía?
A lo que Rünno, con la voz entrecortada por la emoción, contestó.
   —Acabo de recibir una carta del ministerio con una inesperada a la vez que importantísima noticia, en ella me ofrecen una plaza de médico rural en Möniste, con incorporación inmediata por la jubilación de actual facultativo.
   Ljudmila contagiada por la alegría de su hijo, pero al mismo tiempo contrariada por su inminente abandono del hogar familiar, dijo.
   —Seguro que ese pueblo está muy alejado de aquí, será solitario, frío en invierno y además no tendrás a nadie que te cuide.
   En ese instante Endel haciendo alarde de sus supuestos conocimientos territoriales medió en la conversación familiar.
   —Perdone mi querida señora, pero Möniste es un municipio situado en el extremo sur del país a trescientos kilómetros de Tallinn y a unos doscientos de aquí, fronterizo con Latvia y no muy alejado de Vöru, la capital del condado, poco poblado pero con gente amable y acogedora, rodeado de bosques y bañado por lagos y ríos.
   Olavi con diplomacia cortó la magistral clase de geografía y dirigiéndose a Rünno le comentó.
—Espero que las condiciones del trabajo sean acordes con tus conocimientos.
Llegado a ese punto de la conversación Rünno intentó explicarles con el máximo detalle los datos que aportaba la carta.
—Es un puesto muy importante para mi carrera profesional, pues me aportará la experiencia de la que ahora carezco. Tengo que sustituir al actual doctor que ha causado baja por la edad, bajo mi responsabilidad tendré las diecisiete villas que componen el municipio y unos mil cien pacientes diseminados en un radio de unos cien kilómetros. El sueldo es generoso, doce mil quinientas coronas, más del doble del salario medio mensual, además de la vivienda situada en el mismo consultorio. Creo que es la mejor oportunidad que se me podría presentar recién acabados mis estudios, me aleja de vosotros y de casa, pero me acerca a mi futuro y eso tiene que ser motivo de gozo para todos.
Olavi aportando un poco de intriga le dijo.
—Sabes que nuestra paupérrima situación económica no nos ha permitido regalarte nada por tu licenciatura, pero quiero darte algo que tengo guardado hace mucho tiempo y que te será muy útil para realizar correctamente tu trabajo.
Olavi se acercó hasta el centenario árbol del jardín, donde bajo sus ramas se hallaba un voluminoso bulto cubierto con un envoltorio de lona plastificada, lo destapó y apareció un arcaico automóvil gris de fabricación soviética, que había pertenecido a su padre y anteriormente a su abuelo, al ver la cara de sorpresa de todos, comentó:
—Es viejo pero funciona perfectamente, muy duro pues ya pasa a la cuarta generación, te servirá sin problemas para las distancias cortas y es mi humilde regalo para ti.
   A primera hora de la mañana, tras un opíparo desayuno y una emotiva despedida de sus padres, puso rumbo a su nuevo destino. Tras tres horas de fatigoso viaje llego a Möniste, y se dirigió a la dirección que le ponía en la carta, allí le abrió la puerta Xenia, la que iba a ser su enfermera, una bella joven de amplia sonrisa y agradable trato que en pocos minutos le puso al corriente de todo. La casa era de dos plantas, en la superior estaba la vivienda y en la baja el destartalado consultorio, hizo un rápido inventario visual y vio que el mobiliario consistía en: una camilla, una mesa, dos sillas, un sillón, un ordenador obsoleto y una vitrina acristalada poco abastecida de material y medicinas, desde luego no era el mejor escenario posible, pero para sus adentros pensó que habría que trabajar con ahínco e intentar solucionarlo todo a la mayor brevedad posible.
   Estaba ensimismado cuando sonó el teléfono, oyó que Xenia hablaba con alguien pero no podía escuchar lo que decían, la enfermera abrió la puerta y le dijo.
   —Rápido doctor, ha llamado Ülari porque su mujer Oksana ha empezado con las contracciones del parto, por el camino le pongo al corriente.
   Se sentaron en el coche, que tardó un buen rato en arrancar, él ya presagiaba que le iba a dar problemas pues en el viaje se calentó en varias ocasiones el motor.
   La granja de Ülari y Oksana estaba en Singa, una villa de quince habitantes situada a pocos kilómetros de la consulta. Cuando llegaron, Ülari estaba esperando en el porche, las colillas en el suelo delataban su nerviosismo, por la casa correteaban alegres varios niños y niñas. Oksana estaba tumbada en la cama del dormitorio esperando ser atendida, su cara desencajada, los sudores y los dolores indicaban que el parto era inminente, efectivamente a los pocos minutos de su llegada alumbró un sonrosado y rollizo niño. Xenia se quedó atendiéndoles y Rünno salió para dar la enhorabuena a Ülari, que seguía fumando en el porche.
   —Enhorabuena—dijo Rünno tendiéndole la mano—, ha tenido un precioso niño.
   —¿Usted cree doctor que es motivo de alegría la venida de este hijo? Es el octavo,  y si ya tenía serias dificultades para alimentar nueve bocas, imagínese diez.
   —Hombre, tiene que mirarlo por el lado positivo, el niño crecerá fuerte y sano y cuando ya sea un adolescente tendrá dos manos más para ayudarle en los trabajos del campo y además el alcalde seguro que le agradecerá que aumente la mermada población de la villa.
    La tarde estaba fresca pues el otoño se acercaba inexorablemente, cuando recibieron una inquietante llamada desde Kuutsi, una de las villas más pobladas. Era Ivika para comunicar que Rasmus, su marido, estaba muy decaído y temía que hiciera alguna tontería. Salimos urgentemente de la consulta, pero el coche se había empeñado en no arrancar, ahora ya tenía seguro que me había quedado definitivamente sin medio de transporte, pues se calentaba con el calor y no arrancaba con el frío. Un vecino solícito, al ver los problemas que teníamos, se ofreció a llevarnos en su tractor, no teníamos otra alternativa así que aceptamos, con lo que el viaje se alargó bastante más de lo normal.
   La casa de Ivika y Rasmus estaba en un alto edificio de viviendas sociales, era modesta pero estaba ordenada y limpia. Ivika nos recibió en la puerta y nos franqueó el paso, Rasmus estaba con la cabeza apoyada sobre el tapete de hule que resguardaba la mesa camilla del salón y sostenía en su mano una carta que al parecer había sido la causante de la crisis de ansiedad que estaba padeciendo, Rasmus se trastabillaba al hablar pero acertó a decirme:
   —En esta carta me comunican oficialmente el desahucio de mi casa por no poder pagar la hipoteca y además el embargo de todos los bienes para cubrir las deudas anteriores, y para agravar más la situación, el último dinero que Ivika guardaba para comida se lo quité esta mañana, gran parte lo gasté en vodka y el resto en un cupón de lotería.
Con los ojos inyectados en sangre y llorosos me suplicaba una solución, yo pensé que más que la ayuda de un medico lo que necesitaba era un banquero piadoso, no obstante intenté calmarle.
—Lo primero que debes hacer es recuperarte anímicamente y luego, con la ayuda de Ivika, buscar las posibles soluciones que seguro que las hay, hablar con el banco para que momentáneamente paralice las acciones judiciales, ofrecerle indicios de buena voluntad de pago por tu parte y confiar en las probabilidades del cupón.
Nuevamente aparecieron las sonrisas en los rostros, tomaron una taza de té caliente y se despidieron afectuosamente. 
Nada más regresar, el tractorista se dirigió hacia la taberna y comentó con los parroquianos los problemas del doctor con su coche, a la hora de la cena el teléfono del  consultorio no paraba de sonar, eran los vecinos que llamaban para ofrecer gratuitamente todo tipo de vehículos, motos, bicicletas, carros y hasta caballos.
A primera hora de la mañana un vecino les recogió en una vieja moto con sidecar para acercarles a Hürova, pequeña aldea poco poblada cercana a Möniste, allí tenía una consulta de control médico pero de alto contenido psicológico. Darja y Siim vivían en una pequeña cabaña de madera a la entrada del pueblo, tenían tres hijos de corta edad que compartían un sofá cama ubicado en el salón de la casa, en el dormitorio del matrimonio estaba Siim sentado en un sillón con la mirada perdida en el paisaje boscoso que se veía desde la ventana, una semana antes de la llegada de Rünno había sufrido un desgraciado accidente en el aserradero donde trabajaba, en un descuido una sierra mecánica le había cercenado el brazo derecho a la altura del codo, lo que le incapacitaba para volver a ejercer su oficio, estaba esperando la concesión de una pensión de invalidez, pero era un trámite que generalmente se demoraba unos meses y habitualmente era exigua para cubrir las necesidades de una casa como la suya. Rünno levantó el vendaje ayudado por Xenia, escrutó la herida y mientras la enfermera realizaba la cura dijo:
—Tengo dos noticias y aunque parezca un contrasentido las dos son buenas, la primera es que la herida evoluciona favorablemente y cicatriza con normalidad, y la segunda es que Xenia, gracias a sus influencias, ha conseguido un trabajo para Darja en  la confitería de Möniste, con lo que podrá suplir la falta de ingresos del trabajo de Siim, creo que es una magnifica forma de empezar el día.
Todos asintieron y Darja, exultante, repartió cariñosos besos a todos los que se encontraban en la habitación.
Una tarde mientras Rünno estaba en la consulta leyendo un interesante artículo de una revista científica sonó el teléfono.
—¿Dr. Rünno?
—Sí, soy yo.
—No sé si se acordará de mí, soy Rasmus, aquel que invirtió sus últimas monedas en un cupón de lotería.
—Le recuerdo perfectamente ¿qué tal Ivika?
—Ahora muy bien, el cupón afortunadamente resultó agraciado con un premio menor, pero suficiente para parar los procedimientos conminatorios del banco, nos sentimos aliviados y en agradecimiento a su inestimable ayuda queremos invitarles a cenar a usted y a su ayudante.
—Me llena de alegría recibir tan magnifica noticia, saber que su situación a cambiado radicalmente y que el arrepentimiento que en su día mostró, por su funesta acción, se ha visto recompensado, comentaré con Xenia lo de la cena, pero ya le adelanto que iremos gustosamente.
Cuando colgó el auricular, una amplia sonrisa iluminó su rostro, se sintió dichoso con su trabajo e imaginó que sus padres estarían orgullosos de él.
Xenia notaba que cada día que pasaba sentía más admiración por Rünno, además había cosas en su carácter que la tenían agradablemente sorprendida, siempre mantenía una actitud positiva ante cualquier adversidad que le ocurriera a él o a sus pacientes, a los que les hacía aflorar la sinceridad en las conversaciones con él y arrancarles una tenue sonrisa aun en los momentos más dramáticos, le desbordaba la empatía y tenía una paciencia encomiable para escuchar las inquietudes y lamentos de todos ellos, en una palabra, su lema de vida era la filantropía. Notó que todos estos pensamientos la habían emocionado sensiblemente, ella no quería aceptarlo pero la realidad era que estaba perdidamente enamorada de él y Rünno también.

Txema Chantal
Con la sonrisa en los labios, como si hiciese la cosa más natural del mundo, el estúpido aparecerá de improviso para echar a perder tus planes, destruir tu paz, complicarte la vida, hacerte perder tiempo,buen humor,apetito, y todo esto sin malicia,sin remordimientos y sin razón. Estupidamente

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Re: II Concurso de relatos Fórum Montefrío
« Respuesta #14 en: Marzo 21, 2010, 16:09:45 pm »

La Reina de África

Soy un hombre de orden y ordenado, aunque eso suene en estos días doblemente rancio. Me manejo con el mismo tipo de  traje profesional y me muevo  en una ruta  y un horario fijos para ir a mi trabajo. Tengo que ser el primero en llegar y el último en irme  cada día para dar ejemplo y pasar fuera del despacho, mi centro de mando,  el menor tiempo posible. Para hacer la calle, los demás, mis subordinados.
  Quizás por esto apenas me desviaba de mi ruta  y menos en según qué horarios. Pero la primera vez que la vi, seis meses atrás,  me habían llamado a Cádiz a una reunión urgente y  extraordinaria – no recuerdo el motivo -  casi a la hora de comer y tenía que salir por la Avenida de Europa.  A lo lejos un inoportuno semáforo detenía  a los automóviles que me antecedían y decidí aflojar bastante la marcha en un intento de llegar al cruce cuando el aparato hubiera mutado al verde. Entonces la vi. A la derecha en la esquina del carril polvoriento que dividía los pinares cercanos al estadio. Alta, imponente, majestuosa, divina. Se me acabaron pronto  los adjetivos  mentales y recordé esa canción que tanto gustaba a Elena y a nuestros  hijos ya mayores: “La reina de África llegó  y se pararon  hasta a los contrabandistas del muelle ” o algo así decía. Yo me reía pensando que no existían mujeres tan extraordinarias. Hasta que la vi. Toda  vestida de blanco brillante e impoluto: taconazos finos  y botas hasta más arriba de  las rodillas, un pantaloncito corto casi incrustado contra sus ingles  y su trasero redondo, una  ajustada camiseta de tirantas que apenas   cubría la cumbre de sus pechos  y un gorro de lana desbordado por una larga melena aún  más  negra que la piel de la espalda que cubría. Un bolso diminuto y un cigarrillo en la mano derecha. El viento del Norte debía estar helándole las  piernas de basalto, los brazos y el ombligo, pensé. En mi entrepierna noté una erección a modo de saludo a la diosa.  Miré el reloj y calculé que me sobraban bastantes  minutos  para llegar puntual a la reunión. Tomé el semáforo a la derecha y rehice el camino hasta donde se encontraba recorriendo la vía de servicio. Ella, al ver acercarse mi coche, apagó el cigarro cuidadosamente  contra el árbol y, tras esconderlo en un hueco que no pude ver,  compuso una  sugerente pose profesional. ¡Cuantos recuerdos!
La Reina de África.  Así la bauticé el primer día y así la llamaba en cada uno nuestros encuentros bajo los pinares o entre las naves del cercano polígono industrial casi deshabitado. No entendía ni media de español pero yo,  con el poco inglés que manejaba le decía:  “My love…  you,  my queen,  Africa’s Queen” y ella sonreía triste desde el fondo de aquellos  pozos negros que tenía por ojos. 
Al principio iba a verla apenas una vez por semana. Aunque su  inglés no era mejor que el mío, era muy inteligente y entendió rápidamente tanto mis gustos como mi necesidad de discreción. Cuando mi coche, sin siquiera desacelerar ni hacer ninguna seña,   pasaba por delante de su puesto de guardia, ella caminaba rápida y diligente hacia el lugar convenido. No soy putero y siempre me han fastidiado los compañeros que tienen ese hábito. Lo mío era amor. Creo que me enamoré de su cuerpo, de sus ojos y de su enigma.  Por eso, andando el tiempo, iba a verla cada día.  Me podía permitir el gasto – veinte o treinta  euros según qué servicios -    y, dado mi puesto, apenas tenía que justificar a nadie ni mis gastos ni mis salidas. Ella, pese a ser una reina,  nunca me pidió nada más que la tarifa.
En una ocasión,  dejó el bolso olvidado en el coche y no pude resistir la tentación de registrarlo: unos billetes de veinte, un paquete de tabaco, un encendedor, una caja de condones y, escondida entre el forro y la  falsa piel del bolso, una ajada foto de dos niños pequeños. Cuando al día siguiente se lo devolví, obvió el tabaco y la recaudación del día anterior y buscó ansiosa la fotografía. Sonrió con lágrimas al encontrarla indemne y la  estrechó contra su corazón. Me dio el primer y único  beso en los labios que recibí de ella. Nuestro primer  beso de amor, pensé.
Al principio yo, que no tenía costumbre de ir con prostitutas – ni siquiera amantes había tenido- , no sabía qué cosas, qué caricias  pedirle y la dejaba hacer. No debí ser un cliente difícil pues terminaba apenas sus labios rozaban mi vientre. Ella retiraba el preservativo y me limpiaba con pañuelos de papel y sonrisas. Pero mi amor  y mi hambre de piel crecían y un día me negué dulcemente a que me colocara la goma y le hice ver que  en esa ocasión  el servicio sería otro y de otra manera.  Con una mirada entre suplicante y sensual, volvió a mostrarme el condón y yo a negar con el dedo.  Suspiró. Reclinó el asiento y se despojó del short blanco. Mientras yo entraba en ella, su mano derecha  se introducía en el bolso y jugueteaba  distraída dentro de él. 
El amor trajo los  celos;  un día llegué y no estaba en su puesto. Recorrí los carriles de los pinares cercanos y la encontré trabajando dentro de un coche aparcado muy adentro. Anoté  la matrícula.  La suya y, más adelante,  la de otros tantos.  Y en un centro comercial cercano compré una fusta de caballos. Cuando la recogí y llegamos al pinar, ella me miraba con sosiego,   como siempre,  pero yo no podía olvidar.  Por eso saqué de la cartera dos billetes de  cincuenta y me los puse   en una mano  mientras con la otra sacaba la fusta de la guantera. Entendió rápidamente y de su rostro se borró la sonrisa.  Tomó los billetes y bajó del coche. Se adentró entre las retamas, se desnudo rápida y se apoyó contra un árbol. No rogó ni gimió ni una sola vez mientras yo escribía iracundo la cuenta de mis celos con cicatrices moradas sobre su espalda desnuda. Mi amor se desbordó cuando tras azotarla,  continué el castigo penetrándola por detrás furiosamente;  sofocada  como un animal, su  sangre, su sudor, toda ella  olía a  canela.
Descubrí que me era tan placentero – quizás más-  azotarla como lo otro.  Y ella siempre aceptaba  si la tarifa era adecuada. Experimenté con ella todas mis fantasías  y nunca la oí quejarse.  Siempre con la  manita  metida en el **** bolso, eso sí. 

Hace una semana,  harto de esperar entre los pinos, tuve que ir a recogerla a la carretera. Ella lloraba de rodillas recogiendo minúsculos trozos de papel fotográfico mientras salmodiaba su desgracia, supuse, en una lengua para mi absolutamente ininteligible. Reconocí en su rostro cicatrices que no eran de nuestros juegos, su ropa estaba manchada de tierra y el bolso estaba destrozado en el suelo. No muy lejos de allí, un tipo con pinta de matón, le gritaba algo que parecía ponerla aún más nerviosa. Mi reina,   de normal tan divina y flemática,  se me aparecía en su dolor ahora más humana y deseable que nunca.
La subí a mi coche con la intención de llevarla al hospital  pero no sé cómo terminé parando  en nuestro lecho de los pinares. Mi deseo pudo más. Me bajé del coche y  abrí su puerta esperándola con los brazos abiertos. La abracé  con mimo y empecé a besarla en el cuello y en el rostro magullado.  Con la misma delicadeza la fui despojando de las ropas manchadas de tierra  y  fue entonces cuando descubrí, bajo las huellas de los moratones recientes, las cicatrices paralelas de mis azotes, las señales profundas de mi cariño. Las recorrí con el dedo y los labios.  No pude más.    Galopé  hasta el coche y saqué la vara de su escondite bajo la alfombrilla del maletero. Desnuda y aterida,   al verme con la fusta llegar dejó de llorar por un momento. Comprendió mi urgencia: reanudó su llanto quedo,  caminó hasta el árbol y adoptó la posición. No paré hasta borrar las cicatrices del odio del chulo. Cuando terminé, no sabía si debía  pagarle o cuánto me costaría ese servicio así que puse dos billetes de cincuenta sobre el capó. Ella cogió los billetes,  hizo de  sus ropas y su bolso un ovillo  y  se alejó corriendo en la dirección contraria al coche.

Al día siguiente salí a buscarla  a media mañana. No la vi desde la carretera ni encontré rastro de ella ni de sus compañeras en los carriles de los pinares. Al regresar a mi despacho la carpeta de un atestado urgente me esperaba sobre la mesa. Cadenas, el subcomisario, tocó respetuosamente en mi puerta y, en cuanto se coló,   se apresuró a ahorrarme la  lectura y me resumió el hecho: mientras estaba fuera la guardia forestal había encontrado  a una mujer  desnuda e  indocumentada – “…alrededor de veinte años, raza negra, subsahariana, senegalesa probablemente…” – ahorcada  en un pinar cercano a la playa de Valdelagrana, junto al Estadio del Cuvillo. El forense, me anunció,  nos esperaba en el hospital para darnos el informe de la autopsia.  No me hizo falta levantar la sábana: el olor a canela  tan conocido para mi flotaba sobre aquella  atmósfera  habitada por la asepsia y el  formol.  Según el médico llevaba  más o menos un día colgada de aquel pino, su cuello estaba roto – por  el viento de la noche, quizás -   y presentaba un sinfín de  heridas y moratones pre-mortem en el rostro y sobre todo en la espalda.  Según Cadenas debía haber sido obra de su chulo, que había desaparecido de los alrededores, pero  mi fiel  subcomisario no conseguía descifrar las razones por la que  el proxeneta habría liquidado  “ …a un “bellezón” como esa negra que daría sus  buenos ingresos si bastaba con darle una paliza…” ni porque le quitaría la ropa para matarla o porque  la ahorcaría en vez de “…pegarle un navajazo o un  tiro…” ni que significaban la docena de pedacitos de fotografías que los agentes recogieron del suelo por si aportaban algo a la investigación junto con la ropa y el bolso destrozado ni, y eso era lo más raro, porque le habría dejado dos billetes de cincuenta euros tan arrugados como sus prendas. Pero no habría ninguna investigación: pese a todo  la chica sólo era una **** sin papeles. Era un caso cerrado para él… y para mí.
Tampoco el asunto tenía demasiada  lógica desde mi punto de vista. Ella debía estar ya acostumbrada a ese tipo de vida y, además, me tenía a mí que  la quería y la cuidaba. Podía haberme pedido ayuda pero  nunca me habló de sus aquellos niños ni de las palizas del chulo, ni…
De vuelta al despacho recordé la lista de las matrículas que fui anotando en el medio año  que duró mi relación con ella. Mi fiel Cadenas había entrado en los archivos de la DGT – él es de los de la nueva escuela,  sabe cómo hacer esas cosas  y además no hace preguntas-  y me había proporcionado los  nombres de los dueños  de los vehículos y  sus datos más relevantes. No me  sorprendió encontrar entre ellos a alguna gente conocida.
Con Herrero, por ejemplo, coincido con frecuencia en las reuniones del partido. La última vez defendía con ahínco  la Ley de Extranjería. Aunque  yo no estaba  del todo de acuerdo con  algunos de sus argumentos – los que se referían a facilitar  la reagrupación familiar -  apoyé sus tesis de fondo: no podemos admitir en España  a todo el  que llegue.  Fiscales y policías siempre acabamos  poniéndonos de acuerdo.

Esta mañana me volvieron a citar en  la  Subdelegación del Gobierno  en Cádiz para evaluar como aquella vez hace seis meses – por fin lo recordé-  el Plan Provincial para la  Erradicación de la  Prostitución.  A la altura de la Avenida de Europa desvié la vista hacia los carriles con una punzada de nostalgia y desamor. Las chicas habían vuelto a su tajo pero ella no estaba allí. Sin embargo, en su esquina,  la aparición de una nueva ocupante  provocó un devastador  terremoto en mi entrepierna. Era su calco en negativo. Ropa negra sobre piel inmaculadamente blanca. “A reina muerta, reina puesta”,  suspiré  por encima de  la melancolía: La Reina de las Nieves, quizás.   
Miré el reloj y, con una maniobra aprendida, puse el intermitente a la derecha para salir tras el semáforo  al carril de servicio y deshacer el camino hacia…

Rrd
Con la sonrisa en los labios, como si hiciese la cosa más natural del mundo, el estúpido aparecerá de improviso para echar a perder tus planes, destruir tu paz, complicarte la vida, hacerte perder tiempo,buen humor,apetito, y todo esto sin malicia,sin remordimientos y sin razón. Estupidamente