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  • Entrega galardones literarios: Agosto 13, 2010

Autor Tema: II Concurso de relatos Fórum Montefrío  (Leído 121079 veces)

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Re: II Concurso de relatos Fórum Montefrío
« Respuesta #15 en: Marzo 22, 2010, 10:18:55 am »

PROMESAS ROTAS

El local estaba como maldito, era amplio, tenía una buena entrada de luz y unas vidrieras excelentes. Estaba revestido de un cerámico de muy buena calidad y de paredes muy bien conservadas. Una gran cantidad de negocios habían intentado triunfar pero sin éxito alguno. Lo curioso era que el local estaba situado en una zona sumamente comercial y plagada de emergentes y fructíferos negocios, tan solo en esa manzana había 25 de los mas variados rubros. En medio de semejante infierno comercial yacía solo y despoblado el local de la señora freire. Yo, parado en la vereda miraba el frente, tratando de encontrar una razón por la cual ningún negocio prosperaba, recordando que el último comerciante que intento triunfar hasta contrato un profesional del marketing, pero no saco ni para pagar ese servicio.

Mientras pensaba, una voz que venía de una terraza de enfrente llamó mi atención, era un niño de no más de 12 años. El abuelo tiene la respuesta —dijo el niño.
Al acercarme me  aclaro que su abuelo era el único que podía decirme por que ningún negocio prosperaba. Por alguna razón le creí y acudí al lugar que el muchacho me había marcado.
Al llegar un abuelo que dijo llamarse OMAR me atendió, al pasar logré ver fotos de el con una mujer que no habitaba la casa. El anciano me advirtió que si tenia una mente amplia me contaría todo. Tomando un café pregunte disimuladamente. Comenzó diciendo que el local lo habían usado para festejar su boda con una hermosa mujer, su ex mujer, ANA. Ella era una persona muy espiritual, continuó, creía en el amor eterno e incondicional, en las doncellas mágicas, en los ángeles que cuidan personas. Una tarde me mostró un libro que cuidaba como a su propia vida, en el estaba escrito un antiguo y exótico ritual de amor, fuimos hasta el lugar donde seria nuestra boda y allí, ritual de por medio, hicimos un pacto de compañerismo sin fin. Quedé impresionado cuando de golpe y a mis espaldas apareció un ser extraño pero no temible, una mezcla de todo lo que uno no imagina, pasó a mi lado mientras una electricidad carcomía mis dientes y me obligaba a tragar saliva, con unos ademanes indescriptibles ANA me indico que el ser aprobaba nuestro pacto.

El día de la boda llegó, pero nunca olvidaré lo terrible que fue para mi tener que cortar la torta con ese ser mirándome  a dos metros. Nunca me considere un loco ya que ANA me advirtió que solo los dos podríamos verlo. Pensé que en la luna de miel desaparecería, pero no, se mantuvo todo el tiempo en la puerta del hotel, a tres mesas del comedor donde almorzábamos y flotando cerca de las bollas en lo lejano del mar.

Ya en nuestra casa nunca se animo a entrar, era verlo en las mañanas junto al diario, parado allí, inmóvil pero intensamente vivo. Con el tiempo sus molestas apariciones fueron más esporádicas hasta que desaparecieron por completo.

La monotonía castigó mis promesas de amor eterno, y aunque el amor de ANA estaba intacto, el mío se había desgranado. Por culpa de un cuerpo ajeno la abandone, ella enloqueció de tal manera que un día salió de casa y nunca más regresó. La he buscado por años pero es como si se la hubiera tragado la tierra. Al romper el pacto que hicimos en el lugar el ser esta furioso y de algún modo espanta a la gente, el local nunca volverá a funcionar.

Me despedí del abuelo y regrese al lugar, angustiado, escéptico, seguro de que la historia no era más que una fabula de un hombre entrado en años y delirios. Pero esa parte estúpida que hay en mi no dejo de pensar en lo que había escuchado, mirando el frente del local me pregunte que sería de mí si esa historia fuese verdad.

Al siguiente día, mientras limpiaba levanté la vista y pude ver una pequeña ventana en el último piso, le pregunte a la dueña y respondió que era un reducido altillo donde se guardaban cachivaches, pero era imposible entrar, en lugar de una puerta se había levantado una pared, pero eso no acobardo mi curiosidad, arremangue mi osadía y comencé a subir. El lugar olía a muchos años, los roedores tropezaban entre si mientras la silueta de la antigua puerta aun se veía en la improvisada pared. Por alguna razón pegue mi oído a la puerta y en ese mismo instante una locura parecida al terror subió por mi espalda. Había escuchado una especie de exhalación y eso fue lo que me empujo a tomar una masa y ensañarme con la pared. Los impactos fueron aturdiendo mi cansancio, tanto que ignore los gritos de la dueña. La pared se rindió y me brindo un agujero por el cual pude entrar.
Me calciné en el momento que logré ver una vela encendida en el último rincón del lúgubre lugar, la pequeña ventanilla escupió luz y me brindó una silueta espeluznante: una consumida anciana me miraba desde un inmundo rincón de oscuridad. Quedé bloqueado, pensando cuanto tiempo llevaría allí y como había hecho para sobrevivir en tan cruel lugar.
Estiro su mano y al grito de “OMAR” intento ponerse de pie y, en ese instante en que mi mano temblaba tanto como la mano de la anciana, logré comprender quien era realmente. Traté de sacarla lo más rápido posible pero un respiro en mi espalda me diría que no, un ser sumamente extraño me tapaba el agujero en la pared. En su mano tenía un jarrón con agua y una especie de cacerola que en un segundo se estrellaron en el piso. Como una ráfaga empecé a sentirlo en mi cuello, pero gracias a la intervención de la anciana logré que me dejara vivir. Después de un largo momento de preguntas sin respuestas  nos que damos los tres allí, entre los ojos escurridos de la anciana y la mirada protectora del extraño ser que respiraba amenazante. Me rogó que la dejara tranquila y me marchara, mirando la silueta del extraño ser que se ocultaba en la oscuridad, no hubo razón para negarme.
Sus sueños de amor eterno la obligaban a quedarse allí, amando al extraño ser que fue testigo de su felicidad. Ver a ese ser mimando las arrugas de la anciana me hizo comprender el poder que tiene en algunas personas las promesas, y que romperlas a veces, significa más que un acto de traición.
Sus recuerdos la había secado y, logrando sobrevivir gracias al misterioso ser, había optado por morir allí, donde una vez nació.
Me retiré muy lentamente, sin decir una sola palabra, mirándola, pensando en su pasado, su presente, descubriendo que toda su vida había terminado el día en que alguien rompió su promesa.

DI MELLA
Con la sonrisa en los labios, como si hiciese la cosa más natural del mundo, el estúpido aparecerá de improviso para echar a perder tus planes, destruir tu paz, complicarte la vida, hacerte perder tiempo,buen humor,apetito, y todo esto sin malicia,sin remordimientos y sin razón. Estupidamente

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Re: II Concurso de relatos Fórum Montefrío
« Respuesta #16 en: Marzo 22, 2010, 10:19:39 am »

RECLUSO 4563

     
“El recluso número 4563, en el Penal de Libertad, ha muerto en horas de la madrugada, por razones aún no aclaradas. Por favor retirar cuerpo a la brevedad”.

El mensaje en el contestador era claro, su padre había muerto en la cárcel donde estaba desde hace cuatro años. Ella nunca había ido a visitarlo.
Lo volvió a escuchar, era una voz de señor mayor, que sin interés le pasaba el recado, ella nunca sabría quien había hablado, y con toda seguridad, ese señor nunca se interesaría por la cara de Alicia, al escuchar su escueto mensaje, como tampoco, nunca nadie sabrá lo que ella sentía ahora, al saber que el asesino de su madre, acababa de morir.
Para ella había muerto hace cuatro años, pero hoy comenzaba todo una vez más.
Se acostó. En la televisión, alguien cocinaba helados de distintos tipos, con mezclas raras de chocolates y frutas, ella miraba los postres coloridos, pero solo podía repetir las palabras, que a esta altura de la noche, las sentía roncas, desinteresadas y pocas.
Al despertar, la pantalla hormigueaba. Había silencio por todos lados, se bañó a oscuras, conocía muy bien, los azulejos verdosos de sarro; en los que, cuando era chica, había pegado flores y regaderas a distintas alturas, tratando de formar un zig-zag, no le había quedado muy prolijo, pero desde los nueve años, está por arrancar las calcomanías y nunca lo había hecho; la cortina de plástico, oscura,  toda arrugada, apenas cumplía su función de no dejar inundar el piso de baldosas y el chorro finito que se deslizaba por su cuerpo chiquito, le daba la suficiente fuerza para salir y tomar el ómnibus hacia San José.
Al llegar, tuvo que caminar unas cuadras, desde la carretera hasta la puerta del penal. Había sol, que calentaba apenas, el campo tenía un color verde seco, sabía que hace mucho que no llovía, no había ningún árbol a la redonda del penal, quién anduviera por allí, era visto desde las torres de vigilancia, al levantar la vista hacia una de ellas, a la que está a la derecha, desde el camino, no vio a ningún vigilante. Caminaba sola, no era día de visita.
No sabía con quién tenía que hablar, que era lo que iba a decir y si quería estar allí, pero lo que sabía, que por lo  menos quería saber qué iba a sentir al verlo; muerto.
En la puerta de ladrillos a la vista, había un cartel, que en letras negras, sobre un blanco sucio, casi gris, se podía leer “Penal de Libertad”, bajo las letras, un gran portón despintado, que no dejaba pasar.
Nadie lo cuidaba. No había timbre. No había nada.
Esperó.
Fue hacia la izquierda, hacia la otra torre de vigilancia, no lo podía creer, ella allí sola, en el medio del campo, bajo el tenue rayo de sol, mientras que ese, en algún lugar tras el cerco, a oscuras y también solo, esperaba. Irónicamente algo los unía, pero no entendía aún qué.
Sintió un grito, se detuvo y espero que la voz se acercara. Explico quién era y a que venia. Un soldado le indicó que fuera a la otra puerta, a la del barracón numero dos, ya que donde estaban ahora, por los destrozos en el último motín, estaba desalojado y vació. Miró para donde el hombre le indicaba, trató de calcular cuánto más tendría que caminar para allá, y llegó a la conclusión que sería mas o menos un kilómetro y medio más.
Empezó a caminar.
A los pocos pasos, sacó de su cartera un sobrecito de galletitas, de esas que son difíciles de saber si son dulces o saladas, se las comió de a poco mientras caminaba, cuando se quedó con la bolsita vacía, la arrugo y la tiró al viento; que importa un poco más de basura en el medio de todo ese basural.
Cuando llegó, el pasto en esa zona estaba crecido, de un color verdoso claro y amarillo, el césped o lo que intentaba serlo, le complicaba llegar al portón, tuvo que esquivarlo y luego dando pasos altos, pudo llegar.
Allí, el hierro de la puerta parecía recién pintado de un rojo brillante, había dos soldados que conversaban con sus armas colgadas por la espalda. El sol las hacía brillar como si fueran una joya.
Les preguntó donde podía encontrar al director de la cárcel, que era la hija del recluso número 4563, que venía a reconocer el cuerpo; se cuidó de decir “reconocer” en vez de “retirar” el cuerpo de su padre. Ella sabía que no iba a hacer nada para evitar que su padre se pudriera en la cárcel.
Tan sólo al traspasar el portón, la atmósfera cambió, parecía como si el viento hubiera cambiado de dirección, y en su cambio trajera malos olores y polvos molestos.
Debía caminar a través de un camino de pedregullo, que estaba lleno de puchos, papel y envases de plástico. Incluso tuvo que patear uno, para poder subir los dos escalones y abrir la puerta también roja con un cartón mojado, donde se podía leer, “DIRECCIÓN”.
Solo al pasar, la sombra de la habitación, le dio terror, hacía frió adentro y casi no podía distinguir que era lo que había, estaba encandilada y se maldijo por no haberse acordado de traer los lentes de sol.
Eran paredes descascaradas, no había ningún mueble, salvo una pequeña mesa plegable, que a un costado de otra puerta, estaba vacía.
La abrió y vio una habitación con dos escritorios, con dos mujeres policías, que escribían a máquina, el chirrido de las teclas al golpear las hojas de carta, sonaban como disparos de metrallas que le apuntaban a la sien.
Pidió permiso, pero no recibió nada como respuesta, así que entró sin poner atención a esas dos con pinta de machos. Se estremeció solo en pensar que con seguridad, una de esas la iba a inspeccionar dentro de unos momentos. Ahí es cuando tomo la decisión, que si una de ellas, pretendía tocarla y desvestirla para ver si no traía bajo la ropa algo sospechoso, se daba media vuelta y se iba.
No iba a permitir que esas manos la tocaran.
Preguntó donde encontraba al subdirector de la cárcel, una sin levantar la vista de la máquina de escribir, levantó un brazo y señaló una de las tres puertas que había en esa habitación.
Sin dar las gracias siguió de largo.
Había mucha luz en esa oficina, había un policía flaco y alto, que con su gorra reglamentaria en la cabeza le sonrió apenas la vio entrar. Era la primera sonrisa de la mañana, la relajó un poco.
Explicó una vez más quién era y a qué venia, repitió que venía a reconocer el cuerpo.
Le pidió que se sentara y que esperara, que alguien iba a venir a buscarla para llevarla al depósito y así comenzar el trámite.
Preguntó si “el trámite” iba a demorar mucho, ya que ella era maestra y sus alumnos la esperaban. No se preocupe, es muy corto, le respondió con otra sonrisa
La hicieron ir por un corredor angosto, que tenía cuadros de policías muertos, ya que bajo cada una de las fotos, estaban dos fechas, que ella sospechó que eran las de nacimiento y las de muerte. El cabo que la  acompañaba le dijo que eran policías perecidos dentro de la cárcel a manos de algún preso.
Terminaron bajo un cartel que decía “depósito y almacén”, pasaron y un gordo de campera polar y sombrero tejido de lana, le preguntó quién era y a qué venia, repitió de nuevo todo, que era la hija del recluso 4563 y que venía a reconocer el cuerpo.
El gordo preguntó, ¿reconocer?
Sí, contesto Alicia.
¿No se lo piensa llevar?
No, contesto de nuevo Alicia.
Bueno, algo tendremos que hacer, dijo por fin el gordo de campera azul.

La llevaron al depósito, sólo había una luz a un costado de la puerta, no había ventanas y estaba casi a oscuras. El olor era fuerte, cuando la golpeó de pronto, no supo darse cuenta si era a cadáver en alto estado de descomposión o era olor a leche agria. Alicia prefirió pensar que era leche. Solo sabía que ahí dentro algo había podrido.
Escuchó como el gordo dio un portazo, y así quedaron solos en lo oscuro del cuarto.
Ahí esta, dijo el gordo señalando una bolsa negra, que cubría un bulto con forma de cuerpo humano, con un cierre metálico que lo recorría de un extremo al otro.
Alicia se acercó, tocó el nylon y sintió un cuerpo muerto, era la mano, incluso percibió la dureza de alguna uña, que justo tocó bajo la bolsa en medio de esa oscuridad.
El gordo abrió el cierre y con una linterna, alumbró la cara del cadáver, era un viejo barbudo, muy arrugado, tenía una herida en la cara cicatrizada y estaba despeinado. La boca estaba abierta y le faltaba un diente. Estaba desnudo, o por lo menos no tenía ropa en el pecho que tenía vellos canosos.
En el cuello tenía marcas que Alicia supuso que eran de cuando lo ahorcaron, pero en el estómago tenía una mancha de sangre coagulada, producto del tajo que le causó la muerte.
¿Es éste?, pregunto el gordo.
No, dijo Alicia.

Perschak
Con la sonrisa en los labios, como si hiciese la cosa más natural del mundo, el estúpido aparecerá de improviso para echar a perder tus planes, destruir tu paz, complicarte la vida, hacerte perder tiempo,buen humor,apetito, y todo esto sin malicia,sin remordimientos y sin razón. Estupidamente

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Re: II Concurso de relatos Fórum Montefrío
« Respuesta #17 en: Marzo 22, 2010, 13:19:30 pm »


LA HOJA DE BUDA


Este pequeño gesto tuyo de ahora, que se une a tantos otros gestos tuyos -cada vez que me dices: mira, mamá, te he traído un regalo, y apareces cargada de piedrecitas o conchas o dibujos de corazones-, ha desencadenado en mí la certeza de que ya tienes edad para conocer lo que ocurrió hace muchos años, en un pueblecito en la frontera entre Tailandia y Birmania llamado Sangkhalaburi. Era febrero y tu madre deambulaba por las calles sin más objetivo que conocer cosas nuevas. Aquella mañana, me senté en una parada de autobús a esperar uno que me llevara a una ciudad más al sur, cuando se acercaron tres mujeres con un niño. La más joven se sentó a mi lado:
   -¿Qué autobús esperas? –me preguntó.
   -El que va a Kanchanaburi.
   -No pasará hasta dentro de tres horas, puede que tarde más.
   La muchacha tenía el pelo corto y unas enormes gafas. De su mano se aferraba un niño de unos cinco años que tenía un ojo amoratado y una ceja partida.
   -¿Hay alguna manera de ir bajando en esa dirección? –le dije.
   -¿Te espera alguien? –preguntó.
   -No.
   -Entonces ¿por qué no vienes con nosotras? Somos monjas budistas, vivimos a treinta kilómetros de aquí, en un bosque de bambú. Podrías quedarte tres días y ver cómo vivimos, luego puedes seguir tu camino. Me llamo Kamonrat –me dijo extendiendo la mano.
      
Es cierto que siempre te digo que no hay que hablar con desconocidos, ni mucho menos irse con ellos a sitios que no conoces, pero mirando a los ojos de aquellas mujeres estuve segura de que eran incapaces de hacer daño ni a una mosca. Así que le dije que sí y cogimos el siguiente autobús que pasó por allí y que nos dejó en medio de una carretera, en un punto donde aparentemente no había nada. Empezamos a caminar por un bosque de bambú que filtraba islas de luces y sombras entre trazos de verde esmeralda. Después de un buen trecho, vi unas superficies hechas de ramas, que se sostenían sobre pedazos de troncos, como grandes somieres hechos con trozos de naturaleza que protegían de la humedad del suelo.
-Nosotras vivimos aquí –me dijo-. Somos nueve monjas y cuatro monjes. Ellos están un poco más allá.
-¿Vivís a la intemperie? –le pregunté atónita- ¿Qué pasa cuando llueve y hace frío?
   -Aquí nunca hace frío y si llueve mucho tenemos una cabaña. Te enseñaré la mía.
   Poco más allá había una pequeña choza hecha con troncos de bambú alineados y ramas en el techo, con el tamaño justo para que un par de personas pudieran tumbarse.
   -Tengo suerte –me dijo-. Mi cabaña está al lado del río. Si necesitas bañarte sólo tienes que bajar por este camino. Tenemos mucha agua.

Me quedé los tres días con Kamonrat y las monjas del bosque. Durante el día, los niños Mon nos visitaban mientras sus padres trabajaban, a medio kilómetro de las plataformas de bambú, en la construcción de un templo a cambio de comida. Los Mon son una minoría étnica refugiada de la persecución del gobierno birmano a ese lado de la frontera. Las monjas salían a pedir limosna por los pueblos de alrededor y, con lo que les daban, compraban el arroz que comíamos todos una vez al día y el material para la construcción del templo. Por la tarde meditaba con ellas, escuchando sus cantos y después concentrándome en el punto luminoso que desprendía una de las barras de incienso que encendía Kamonrat. Por la noche hablábamos las dos sentadas en su superficie de bambú, rodeadas de la oscuridad del bosque, sintiendo los sonidos de los demás animales, que a veces oíamos acercarse entre las sombras, hasta que caíamos dormidas allí mismo.
Cuando acabaron las vacaciones volví a mi casa. Pero meses después llegó una carta con sello de Tailandia. En ella decía:
Querida Sara: Guardo buen recuerdo de los días que pasaste con nosotras y espero que tengas ocasión de volver pronto. Te envío en esta carta una hoja de Buda del bosque de bambú como regalo. No es mucho pero, como sabes, no tengo nada y esta hoja es muy importante para nosotras. Espero que te guste. Un abrazo.
Kamonrat

Dentro del sobre había una hoja. Mirándola bien, era una hoja extraña, como un corazón invertido al que se le ha alargado un extremo hasta convertirse en una especie de gancho. La guardé como si fuera un tesoro.
Volvieron las vacaciones y, esta vez, volé hacia Cuba. La Habana es una de las ciudades más hermosas del mundo, llena de palacios habitados y coches espectaculares. Los palacios acostumbran a estar en ruinas y a muchas personas apenas les llega el dinero para poder comer, pero cuando llega la noche, El Malecón se llena de gente que baila junto al mar y de músicos que cantan las melodías más tiernas. Dicen que Cuba es un caimancito que te come el corazón y de allí aprendí que la alegría y las ganas de vivir son fuerzas poderosas. Un día, caminando por el barrio de El Vedado, vi una hoja junto a la acera que me llamó la atención, era una hoja de Buda igual que la que me había enviado Kamonrat. La recogí y la guardé. En aquella ocasión iba con más gente y teníamos prisa, así que no me pude parar a mirar de qué árbol podía haber caído.
Cuando volví a mi casa la guardé junto a la anterior.
Pero exactamente un año más tarde, volé hacia la India para encontrarme con un poeta que había defendido la libertad arriesgando su vida. Los indios me enseñaron una frase que repetían sin cesar y que desde entonces me acompaña: Nada es imposible; del poeta conocí que los héroes existen. Un día paseando por un parque, vi junto a mi pie otra hoja de Buda. La recogí y, esta vez, miré alrededor para ver si habían caído más, también miré las hojas que había en los árboles para poder saber qué árbol era el que las producía, pero todas eran diferentes. Aquella era la única hoja de Buda de las inmediaciones. Al llegar a casa decidí que era hora de comprar una libreta donde guardar todas las hojas de Buda de mi vida.

Un buen día dejé de viajar por el mundo, o al menos de tener esa necesidad constante de escaparme. Decidí entonces hacerlo dentro de mí y llegué a lugares muy lejanos, fascinantes y sorprendentes. La geografía interior puede ser tan increíble como la exterior. Aprendí a escucharme, a quererme y, con ello, a poder hacerlo con los demás. Y un día, paseando por las calles de mi ciudad, vi una hoja de Buda en un escaparate. Miré el rótulo de entrada a la tienda y ponía: Interiorismo. Entré sin dudar y pedí a la dependienta si podía comprar la hoja del escaparate.
-Tengo dos más –me dijo-. Son de colores diferentes.
-Póngamelas todas.
Y mi libreta siguió llenándose.

Y ya casi había olvidado esta historia de hojas de Buda que empezó hace tantos años, si no fuera porque este pequeño gesto tuyo me la ha hecho recordar. Porque ese regalo que me traes hoy en tu manita es, ni más ni menos, que una hoja de Buda que has recogido de camino a la escuela y que me ofreces insistiendo que la mire, que es especial, que es muy bonita.
No sabes cuánto.

L. Camino
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Re: II Concurso de relatos Fórum Montefrío
« Respuesta #18 en: Marzo 23, 2010, 08:42:16 am »
Las bases del concurso quedan indexados en guiadeconcursos.com:

http://www.guiadeconcursos.com/Concursos/?p=1666
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Re: II Concurso de relatos Fórum Montefrío
« Respuesta #19 en: Marzo 24, 2010, 08:49:14 am »

LA NIÑA QUE NACIÓ VIUDA

Las lágrimas de la niña
caen en el jardín
vuela la flor del cerezo
hasta el río
las aguas turbias la ocultan.



En el pueblo de Yansin, de la provincia de Henan, las niñas eran prometidas en matrimonio desde antes de su nacimiento.
Mei Shi, la hija de los alfareros de la calle Mitian, fue prometida al hijo de un comerciante de telas, de 20 años de edad. Al morir su prometido de una bronquitis galopante, antes de nacer ella, se encontró encadenada de por vida a un esposo que nunca conoció, ya que, según lo establecido, no podría tener otro marido.
Desde su infancia, la madre le inculcó su deber de respetar la tradición y vivir según su situación, como esposa, como mujer virtuosa que debe respeto en primer lugar a la familia de su marido y luego a la suya propia. Pero Mei Shi se hacía mujer y entristecía, pues no comprendía su destino.
Al mismo tiempo, todo cambiaba en el país. Un día, cuando Mei Shi compraba en el mercado una carpa, el papel que la envolvía llevaba un mensaje escrito por un estudiante llamado Mao Zedong. Se dirigía a las mujeres como masas oprimidas y uno de los problemas chinos esenciales. Les decía que no se resignaran con su papel de esposas y madres, y que China las necesitaba para su proyecto. Cuando, unos meses después, los revolucionarios de Mao pasaron reclutando a hombres y mujeres, pensó que sería entonces o nunca.
Escribió una nota para su familia, y se marchó. Sus padres, como correspondía a la tradición, quemaron su habitación, y sus cenizas de madera de arce las esparcieron por la tierra. Nunca más la nombraron.
Como guerrillera, Mei Shi sintió latir su corazón de nuevo, libre como nunca. Cumplió con valor todas las tareas que se le encomendaron, ya fuera espiar a cabecillas nacionalistas locales, o matar a sangre fría a oponentes del propio partido comunista. Conoció a Li Hunan, dirigente del partido de la provincia de Sinan, y fue su amante. Aunque Li estaba casado, compartía con Mei Shi la lucha por la revolución. Juntos, recorrieron varias provincias, reclutando a los campesinos y combatiendo para implantar el gobierno del pueblo. Iban de aldea en aldea durmiendo en tiendas a campo abierto o en las afueras. Hasta que Li volvió con su familia. Entonces, Mei Shi se quedó sola de nuevo. De nuevo viuda. Sólo que ahora llevaba mucha sangre en su corazón.
Un día, junto a la tropa, caminaba por un sendero que bordeaba el río Amarillo, en la otra orilla de la provincia de Henan, cuando pasaron junto a una cascada. El agua que atronaba, fue un espejo para Mei Shi. Era su sangre corriendo en un estallido, salvaje. Ella era la cascada que había necesitado ser fiera para vivir a pesar de su destino, pero también era el remanso suave del río en la orilla bajo el sauce, y el cerezo en flor, y el curso de las estaciones.
En la otra orilla, vivía su pueblo y la casa de sus padres, el destino del que escapó y el barro en sus manos de niña jugando a ser alfarera.
Aún siguió leal a la lucha y a sus compañeros durante mucho tiempo, pero el viento ya le traía otros olores y alumbraba otra memoria. Y aunque sus ropas eran las de una combatiente, ya nunca olvidó que dentro de ella habitaba una niña.
 

Sale el sol
bajo la colina de los árboles rojos
el viento trae un canto de mujer
juega con el río
ya es primavera.
Y después.

León Izquierdo
Con la sonrisa en los labios, como si hiciese la cosa más natural del mundo, el estúpido aparecerá de improviso para echar a perder tus planes, destruir tu paz, complicarte la vida, hacerte perder tiempo,buen humor,apetito, y todo esto sin malicia,sin remordimientos y sin razón. Estupidamente

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Re: II Concurso de relatos Fórum Montefrío
« Respuesta #20 en: Marzo 24, 2010, 08:55:37 am »

“A MÍ CINCO”

El otro día, en realidad hace exactamente una semana, Jorge fue al bingo a pasar el rato y a ver también, por qué no, si tenía suerte y ganaba unas cuantas pelas. Solamente así podría hacerle mangas a su insoportable e irritante jefe, sin temor a perder su trabajo. Seguro que usted ha soñado o imaginado más de una vez que le tocaba la lotería y podía, por tanto, dejar de aguantar a todos aquellos compañeros, de menor y de mayor rango, que han contribuido a que su trabajo sea un infierno en vida.

Él jamás había apostado ni un céntimo en nada porque nunca había creído en la suerte, esa fortuna incierta y para muchos dormida. Tan sólo confiaba en el esfuerzo verdadero y en la constancia continuada para conseguir los objetivos en vista. Quizás su incredulidad respecto a la suerte se debía a que simplemente pocas veces en su vida la había experimentado.

En su juventud no pudo estudiar lo que le apasionaba, la música, debido a la negativa de su padre. Este hombre recto y que en muy pocas ocasiones daba su brazo a torcer, no concebía el arte como una forma digna y aceptable de ganarse la vida. Y puesto que Jorge no se caracterizaba especialmente por tener una personalidad firme ante la vida y ante los demás, no tuvo más remedio que estudiar Empresariales, la carrera del futuro por entonces. Pronto se dio cuenta de su equivocación pero, no sólo la vuelta atrás era vertiginosa por sí misma, sino que tampoco tenía el suficiente valor de enfrentarse a su implacable padre.

Nada más acabar la carrera, empezó a trabajar en una empresa no muy grande, gracias a las influencias de un amable profesor de la facultad, el cual le había cogido un sincero cariño a fuerza de suspensos. Al principio, estaba satisfecho con su trabajo, ganaba un sueldo bastante digno –a pesar de la crisis económica por la cual España estaba atravesando– y el jefe parecía hasta simpático. Pero sólo lo parecía. El enchufe de muy poco le valió porque, en cuanto este señor supo que el “valedor” del nuevo empleado era un profesor universitario que ni pinchaba ni cortaba en las altas esferas empresariales, de simpático se volvió arisco, desagradable en el trato y excesivamente exigente en sus mandatos. Después de 15 años en el mismo lugar, dedicado en cuerpo y alma al buen funcionamiento de la empresa y sin ascenso a la vista, las cosas apenas habían cambiado para él.

Lo único que verdaderamente hizo bien en la vida –debido posiblemente a esa suerte muy esporádica de la que hablábamos hace un momento– fue casarse con la mujer de sus sueños. Fuera del ámbito laboral, nunca fue un fracasado estrepitoso, sino un hombre con un cierto atractivo que llamaba poderosamente la atención en muchas ocasiones. Alicia, la chica más guapa que jamás vieron sus ojos, se fijó precisamente en él y no en otro. Ocurrió en una cena como otra cualquiera y fue un conocido común el que los presentó. El flechazo fue instantáneo y, sobre todo, correspondido desde el principio.   
...
Pues bien, después de mucho tiempo, Jorge iba a apostar por el azar, ya que por unos momentos intuyó un cambio en su vida. Además –pensó– si no se juega, no se puede ganar nunca. Sin embargo, aun yendo con un pensamiento cien por cien positivo, la suerte tampoco le acompañó esa tarde. Cuando ya jugaba su décimo cartón, cuando tan sólo le faltaban dos números para ganar el bote más grande y sus nervios empezaban a ponerse de manifiesto… una mujer sentada detrás de él cantó bingo. En ese instante, todos sus sueños desaparecieron de un plumazo y su breve excitación se apaciguó como si le hubieran tirado encima un gran chorro de agua fría. Hecho polvo, se giró y vio a la chica joven –y no señora– que había truncado ese momento que podía haber sido glorioso para su bolsillo y para su moral. Se suele decir que hay gente que nace con estrella (una pequeña élite) y otros que nacen estrellados (la gran mayoría de los mortales). Y también se comenta que quien tiene suerte en el amor, en el juego no la tiene. 

Mientras recogía sus cosas lentamente y con parsimonia, meneó el monedero y se percató de que apenas le quedaban dos euros. Fue así como comprobó de sopetón que las malas lenguas no mentían: cuando uno entra al bingo o a un recreativo de cualquier tipo, sabe perfectamente la hora en la que entra, pero nunca a la que va a salir. Una cosa lleva a la otra y solamente cuando no te queda ni un céntimo en el bolsillo, miras el reloj sorprendido porque han pasado las horas como si fueran minutos. Y la sorpresa se torna preocupación –o temor según el caso– al pensar que tu mujer está en casa esperándote desde hace un rato para cenar románticamente en un buen restaurante (de lujo y muy caro, por cierto) que previamente tú habías reservado por teléfono.

En ese instante de sentimientos encontrados, él deseaba tan sólo escuchar unas palabras de consuelo de quien fuera. Por eso precisamente y no por otra cosa, exclamó en voz alta y con mucho pesar: “Seguro que no hay nadie en este mundo con más mala suerte que yo. Me han faltado únicamente dos puñeteros números para ganar el bingo”. Y la única respuesta que recibió inmediatamente fue: “A mí cinco”.
El autor de esta frase tan poco alentadora había sido un chico de unos treinta años. Poco después, este joven se levantó rápidamente de su asiento sin apenas mirar a su alrededor y, sin mediar ninguna otra palabra más, se marchó. Al principio, Jorge no pensó nada en particular porque en ese momento su cabeza estaba en otras cosas. Únicamente le importaba solventar de la mejor manera posible el mal trago que debía pasar al llegar a su casa. Ni tenía humor para discutir con su esposa por el retraso, ni tampoco se le ocurría un buen argumento que justificase el hecho de no tener suficiente dinero encima para invitarla a la esperada gran cena.

En cambio, mientras caminaba hacia su casa apresuradamente, empezó a analizar detenidamente lo que había sucedido. Nadie hubiera dado importancia a una frase tan simple como esa –“A mí cinco”–, pero en verdad entrañaba una realidad cada vez más extendida hoy en día de lo que cualquiera pudiera pensar; una realidad que no tiene nombre concreto, pero que se percibe día tras día y minuto tras minuto. Jorge pensaba, un paso sí y el otro también, que desde no hace mucho tiempo el ser humano se está aislando paulatinamente de todo lo que le rodea. Estamos dejando de sentirnos miembros de una comunidad social que mira hacia el mundo, para dar paso en su lugar a un conjunto de individuos que sólo miran hacia sí mismos.

El contexto del siglo XXI (en el que nos imbuimos hace ya la friolera de 10 años) está creando personas autistas. El autismo real es un desorden en el desarrollo neurológico que deteriora la comunicación social de las personas que lo padecen. Consiste en alejarse involuntariamente del mundo en el que se vive y de las personas que se tienen alrededor. Pero más allá del síndrome autista como tal, los síntomas propios de este desorden neurológico también están, de alguna manera, asentados y desarrollados a nivel social e, incluso, a nivel familiar. Puede que sean las circunstancias y no nuestra voluntad las que propician esta realidad que tanto se asemeja a una especie de autismo social o autismo colectivo.
Con los avances y también, por qué no decirlo, con los retrocesos que la sociedad ha experimentado en los últimos tiempos, cada persona se ha acostumbrado a vivir en su propio mundo, con sus propios problemas y sin importar los que tienen las otras personas. El ser humano de hoy en día no escucha, sino que oye; no mira, sino que ve; no siente, sino que nota; y no saborea, sino que simplemente come.

Ese joven que contestó con una simpleza tan rotunda “a mí cinco”, en vez de responder con un sincero “lo siento”, o un cordial “no se preocupe, otra vez será”, no escuchó la decepción de mi amigo, no se molestó en mirarlo y tampoco sintió su profunda decepción. Por el contrario, solamente oyó una mera sucesión de palabras, vio o quizás sólo intuyó la silueta de un hombre sin reparar en la mirada de sus ojos (que se dice son el espejo del alma) y, en definitiva, yo creo que tampoco pudo sentir siquiera nada en especial por él.

Así es como este hombre, afortunado en el amor y desafortunado en el juego, aprendió un poco más, si cabe, sobre la condición humana. Al mismo tiempo, decidió, por un lado, no volver a apostar nunca más en el bingo y, por otro, que él no quería ser un mero autista social. Por eso, apresuró el paso con decisión para llegar a su casa lo antes posible, mirar a su mujer sin agachar la cabeza, escuchar con hombría la bronca que, sin duda, sí se merecía, y pedirle perdón por llegar tarde y jugarse un dinero que no les sobraba precisamente. También pensó en romper su hucha particular para coger parte de lo que estaba ahorrando desde hacía unos meses para una de sus máximas ilusiones, que era comprarse una buena cámara de video. Así podría invitar a su mujer a esa romántica cena que tanta ilusión le hacía. Quería compensarle la espera, pasar una bonita noche junto a ella y, sobre todo, sentirla muy... muy cerca. 

Laude Ortiz
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Re: II Concurso de relatos Fórum Montefrío
« Respuesta #21 en: Marzo 24, 2010, 11:55:03 am »

UNA AMISTAD INSÓLITA


Jorge es un cincuentón muy apuesto, bastante guapo y muy despistado, como muchos intelectuales. Es un excelente catedrático de sociología en una prestigiosa universidad privada de Madrid, muy atento con sus estudiantes y muy exigente también. Se siente totalmente realizado en su trabajo. Es alto, moreno y tiene mucha prestancia. Lleva unas gafas muy finas y elegantes, típicas de la clase social a la que pertenece. Se define como apolítico, ya que ha llegado a la conclusión de que la política no sirve para nada y casi todos los políticos son unos corruptos. Para él, todos los políticos pertenecen a la misma raza. Siempre va muy elegante y tiene buen carácter. Tiene mucho sentido del humor y le gusta disfrutar de la vida.  No ha tenido mucha suerte en su vida sentimental. Se casó, pero no le fue muy bien después de unos veinte años de matrimonio y se divorció cuando su hijo ya había crecido lo suficiente. El mal del siglo.  Después de su divorcio, se convirtió en bisexual. Nació en Salamanca, donde estudió y trabajó unos cuantos años. Tuvo que venir a Madrid donde encontró un trabajo que le interesaba más. Tiene algunos amigos que ve más bien poco, por la vida tan agitada de la capital, donde todo el mundo va a lo suyo.

Segismundo acaba de cumplir los sesenta años. Es más bien bajito, pero no tiene ningún complejo. Es una magnífica persona de aspecto normal. Vive en un pueblo muy tranquilo del norte de España y se dedica a trabajos del campo. Su trabajo es muy sacrificado. Vive feliz con su mujer y sus dos hijos, mayores ya  y a punto de independizarse, en una finca de tamaño mediano con muchos animales y un terreno donde cultiva verduras y plantas que vende para ganarse la vida. Se casó muy joven, a los veintidós años, y el matrimonio le va bastante bien. Es feliz así. Tiene pocos amigos, ya que su trabajo y su familia le absorben tanto, a pesar de que vive en un pueblo.

Jorge y Segismundo son conscientes de que viven en un mundo que no deja de evolucionar. Tienen un ordenador, como mucha gente. Jorge utiliza el suyo de vez en cuando para su trabajo, pues tiene que anotar en el ordenador algunos datos de sus estudiantes que le entregan  textos que han escrito en su PC. También hace consultas frecuentes en Internet. En algunas ocasiones, lo ha utilizado durante sus clases. Mientras que Segismundo utiliza el ordenador de sus hijos más bien por diversión.

Un día, nuestros dos personajes coinciden de una forma totalmente casual, un fin de semana, en un chat cualquiera de España. Primero se pusieron a charlar con todo el mundo, en la sala general. No era muy interesante: muchas cosas aburridas y triviales y discusiones absurdas. Había un poco de todo, como en la vida real. La única diferencia es que no ves a los demás. Simplemente son nombres, que llaman “nicks”, totalmente anónimos, de lo más diverso;  algunos con un nombre real o ficticio, otros con un calificativo más o menos inteligible, muy poco originales. Y después de un momento, Jorge decidió tener una conversación privada con alguien que escogió. Su nick era Segismundo. Le chocó el nombre, por lo poco corriente que es y quiso saber quién era. El “nick” de Jorge era su nombre real. Y así fue como empezó su conversación:

Jorge: Hola, ¿qué tal? Soy Jorge. ¿Segismundo es tu nombre real? Habrá poca gente con un nombre como el tuyo.
Segismundo: Hola. Encantado. Sí pues, claro que lo es. ¿Pa qué lo voy a esconder?
J.: Poco corriente, ¿verdad? Me llamó la atención. ¿Te apetece charlar un rato?
S.: Sí, ¿por qué no? ¿De qué quieres hablar? Esto es muy anónimo. Ya nos iremos conociendo.
J.: Sí, claro. Eso creo también. ¿A qué te dedicas? ¿Dónde estás?
S.: Pos soy campesino. Lo mío es la agricultura, las vacas, las gallinas, las ovejas, los tractores en el campo, la uva y en fin, todo lo que tiene que ver con el campo y la agricultura. Y vivo en el norte.
-   En el norte. Muy buena gente ¡Qué interesante! Todo verde y rico... digo yo, ¿o no?
-   De todo hay en la viña del señor. Pos soy de donde soy, ¿qué más da?
-   ¿Te gusta lo que haces? Es una vida interesante y sana, según se mire, ¿no? Yo soy de la capital. Tenemos mucha contaminación y bastante ajetreo. Madrid me mata, dicen aquí.
-   Pos no me gusta el ajetreo. Aquí todo es muy pequeño y todo el mundo se conoce y se entera de tu vida privada. Es el pueblo. No puedes hacer lo que te dé la gana sin pasar desapercibido, como en Madrid. Tenemos que recorrer varios kilómetros para distraernos en la capital más cercana, para ir al cine, y esas cosas. Pero también tenemos fiestas en pueblos cercanos. ¿Estás contento en Madrid? ¿Te gusta lo que haces? ¿A qué te dedicas?
-   Sí, me gusta. Uno se acostumbra a todo. Es mi trabajo, soy profesor de sociología en una universidad privada. No tengo más remedio que estar aquí, donde hay más posibilidades.
-   Mírale, profe de universidad privada, ¡na menos! ¡La vida padre! ¿Se portan bien los estudiantes contigo?
-   No me puedo quejar. Pero nada de vida padre. Eso cree todo el mundo. Ya sabes, no son niños. Doy mi clase y tomo mucho interés. Me ofrezco a ellos por si tienen dudas o quieren ayuda en sus estudios. Les escucho cuando tienen problemas. Procuro animarles y concienciarles de que estudian para forjarse un porvenir. Luego, Dios dirá, con la situación actual del trabajo. En estos tiempos modernos, no veas lo difícil que lo tienen en esta sociedad cada vez más competitiva.
-   Ni que lo digas, amigote profe. Por cierto, tengo unos hijos que ya están estudiando,  estudios superiores, me refiero. Uno tiene 19 años y está acabando F.P.  Se llama Nicasio. El otro, Ricardo, tiene 21 y quiere ser médico. Está en Madrid precisamente, en su segundo año de estudios.
-   ¡Qué bien! Les deseo toda la suerte del mundo. ¡Que Dios te los guarde! Bueno, colega, creo que voy a tener que irme ahora. Mañana madrugo y ya es hora de ir a la cama. Por cierto, ¿qué edad tienes? Yo cuarenta y siete.
-   Muchas gracias. Yo también madrugo, como todos los días. Creo que voy a hacer lo mismo que tú. Tengo cincuenta y un años. ¿Quedamos en contacto? ¿Aquí en el chat? ¿O tienes Messenger o teléfono?
-   Sí, por supuesto. Nos vemos en el chat. No quiero dejar teléfono de momento. El Messenger más adelante. ¿Estarás dentro de una semana? Yo sólo puedo entrar los fines de semana. Si quieres, te dejo mi mail. Así me lo confirmas, ¿ok?
-   Vale. Yo también te lo dejo. Nos escribimos para charlar un rato. El mío es segis.mundo@segismundo.com.
-   ¡Qué adelantado! Bien, te dejo el mío: jorge.profe@jorge.com. ¡Qué coincidencia!
-   Pos sí, amigote profe. ¡Hasta la semana que viene!
-   Lo mismo digo. Cuídate y feliz semana.

Delfín

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Re: II Concurso de relatos Fórum Montefrío
« Respuesta #22 en: Marzo 24, 2010, 12:50:56 pm »


Lucía así lo hizo. Llegó a su casa, tomó la almohada y el cuchillo y subió a la terraza. Hacía algo de viento. Rajó la almohada y más tarde volvió a la iglesia.

-Padre, ya he hecho lo que me dijo. Ahora déme la absolución.
-Antes contésteme a una pregunta. ¿Cuándo rajó la almohada… qué ocurrió?
-Todo se llenó de plumas.
-Pues ahora vaya y coja todas y cada una de las plumas y vuélvalas a introducir en el almohadón.
-Pero, padre, eso es imposible. El viento las esparció por todas partes. No sé donde están… No puedo tener control sobre ellas.
-Pues lo mismo pasa con los chismes y las habladurías. Nadie los puede controlar. Cuando alguien habla mal sobre cualquiera de sus congéneres, aunque crea que el rumor va a correr poco o nada, no es así. Las lenguas van y vienen y nadie puede controlar las palabras. No quiero darte la absolución, ahora vete, haz propósito de enmienda y no vuelvas a pecar.
AMÉN.

NIHIL NOVUM SUB SOLE
- nada nuevo bajo el sol -

AQUEL DÍA, OTRO DE TANTOS, Lucía decidió ir a confesarse, dado su marcado carácter religioso. Había cometido pecado de palabra; había hablado… mal. De una amiga…

-Ave María Purísima
-Sin pecado concebida.
-Padre, me acuso de chismorreo. He hablado mal… de una amiga.
-¿Qué motivos ha tenido para hacerlo?
-Ninguno, padre. De hecho, no tengo pruebas fehacientes para demostrar lo que he dicho de mi amiga.
-¿Entonces… cómo justifica este acto?
-No lo sé, padre.
-¿Cuánta gente sabe, o conoce, el alcance de estas habladurías?
-No demasiada, pero quiero que me dé la absolución. No puedo seguir viviendo así… con esta reconcomia. Sé que he hecho mal y quiero ponerme a bien con Dios.
Quiero que me perdone.
-No, no puedo darle la absolución. Antes de hacerlo debe hacer lo que le voy a mandar. Vaya a su casa y tome una almohada y un cuchillo. Súbase a la terraza y raje la almohada. Luego venga a verme a la Sacristía.

Ldo . Gome c i l lo s


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Re: II Concurso de relatos Fórum Montefrío
« Respuesta #23 en: Marzo 24, 2010, 21:43:22 pm »

HEROE  DE UN SUEÑO



Como llegar ahí, me preguntaba, siempre lo mismo, que será aquel sueño,  ¿Por qué?,  de que vendrá.

Tantas preguntas sin responder,  ¡hoy será el día!, ¡hoy será el día! ¿Estaré loco? Como mi mente me llena del absurdo. Algo esta mal pensaba preocupado, será que mi mente estará traicionando mi racionalidad, iré camino a la locura, ¡hoy será el día! Mí mente
vuelve a recordarme, ¿Qué locura?  ¡Ayer fue el día!

Vuelve el sueño que por tantos años me despierta en medio de la noche, preocupado, sorprendido, abrumado, temeroso.

Espera no te muevas, mantente allí le decía, mientras las olas golpeaban su espalda con tal fuerza que fundían su cuerpo al murallón, ¡no aguanto más! me gritó desesperadamente, ¡Espera! ¡Espera! no te des por vencido, le gritaba en aquella noche oscura con varias lunas nunca antes vistas.

Se escuchaba el fuerte rugido que provenía del choque de las olas contra el murallón y contra ese sujeto que se mantenía allí pegado como un molusco en la roca.
No veía la forma de llegar a el, solo había una sobresaliente donde solo caían los pies horizontalmente al murallón, nada donde pudiese sujetarse con las manos, solo las palmas los dedos, la mejilla todo el cuerpo pegado al murallón, tengo que salvarlo pensaba y a la vez rogaba que las olas no lo desgarraran del murallón, su vida dependía de que no cayera ¿Cómo llego allí?  Ansiaba despertar, era inútil, no puedo regresar, siento en mis labios la salinidad de ese mar embravecido.

No se escuchaba palabra alguna del sujeto que permanecía aferrado al murallón, volvía a decirme mi mente, tienes que salvarlo, han pasado horas que ese cuerpo ha estado soportando las olas que querían desprenderlo y llevarlo a las profundidades, ya estoy cerca le grite, estoy llegando, ninguna respuesta de aquel sujeto, mis palmas pegadas al muro y deslizándome lentamente encuentran la mano de aquel individuo, por fin llegue, tranquilo, saldremos de aquí, afírmese de mi muñeca, tenemos todo el tiempo, hay que deslizarse lentamente, ¡no despegue el cuerpo del murallón!, su mano se aferro fuertemente a mi muñeca y como un solo cuerpo comenzamos a deslizarnos para lograr llegar al alerón que sobresalía, mi mejilla mi sien sentían la suavidad y la humedad del murallón. Vamos a salir de aquí le grite, ya que el ruido del oleaje era ensordecedor.

De pronto, estaba observando desde las alturas como íbamos saliendo de aquel lugar, un oleaje  más enfurecido golpeaba nuestros cuerpos, como una forma de demostrar su enojo por no lograr su cometido el arrancarnos del murallón, observaba desde lo alto como una especie de estallido fugaz de tenue luz iluminaba aquellos cuerpos cuando estos eran golpeados por las olas. Les queda poco, no se rindan trataba de decirles sabiendo que no me podían escuchar, observaba como esos cuerpos se aferraban a la vida y al murallón.

Les falta poco, lo lograran les grite desde las alturas a esas personas, yo sabia que yo era su única salvación, en ese momento mi mano siente el borde de aquel murallón  ¡ ya llegamos ¡ tranquilo, por fin mi mano encuentra donde sostenerse y el alerón sobresaliente era más espacioso perfectamente cabíamos los dos, ahí permanezco un breve rato hasta sentir el abrazo fuerte y enérgico de aquel sujeto, solo lo abrase con un brazo ya que uno me sostenía al muro, tendremos que saltar le dije, déme su mano lo haremos junto, ese murallón estaba como sostenido en el aire, abajo se veía una hermosa arena blanca donde tendríamos que caer, contare hasta 3 y saltamos le dije, siento en mi pectoral su respuesta que con su cabeza me demostraba el estar de acuerdo, ya, uno, dos y tres,  en el aire mientras íbamos cayendo para llegar a esa hermosa arena  logro ver el rostro de aquel individuo, ¡ERA MI ROSTRO!
Caí en la arena, solo, sin nadie más.
De pronto mi cabeza entre dos senos tibios, acogedores, una mano que desde mi frente recorría suavemente mi cabeza hasta mi nuca, una y otra vez.
¡Ya, Ya, pasó!………….tuviste una pesadilla me decía mi madre, sentada al orilla de mi cama, quieres contarme lo que soñabas, no recuerdo le dije sudoroso, Hoy han pasado 40 años y recordé aquella pesadilla la que dejo estampada en esta hoja para que se sepa que fui un héroe………..en un sueño.
Porque, si no me salvaba no hubiese regresado a estos tiempos………

Roberto  Navarro
« Última modificación: Marzo 24, 2010, 22:35:02 pm por Parlamento »
Con la sonrisa en los labios, como si hiciese la cosa más natural del mundo, el estúpido aparecerá de improviso para echar a perder tus planes, destruir tu paz, complicarte la vida, hacerte perder tiempo,buen humor,apetito, y todo esto sin malicia,sin remordimientos y sin razón. Estupidamente

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Re: II Concurso de relatos Fórum Montefrío
« Respuesta #24 en: Marzo 24, 2010, 22:10:34 pm »

EL VALLE ENCANTADO


   Había una vez, perdido entre las más altas montañas, un valle en el cual todo era en blanco y negro.  La luz blanca del Sol nacía todas las mañanas haciendo desaparecer poco a poco la negra noche y bañando de mil tonalidades grises todo el valle.   El cielo, el río, las montañas, los habitantes, los animales… todo parecía pintado por una paleta de un solo color, el gris.  Diferentes tonos, diferentes matices, pero gris, sólo gris.

   Los habitantes del valle ya estaban acostumbrados a esa vida unicolor, era la única que conocían.  Y aunque circulaban leyendas en las cuales hablaban de tiempos remotos en los cuales existía un mundo lleno de color, esas historias las dejaban para los niños y su imaginación.  Pero Roy sabía que no era sólo una leyenda.  En el centro de su corazón sabía, o quizás debería decir deseaba, que aquella historia hubiera sido real alguna vez.

   Así que cuando cumplió los 13 años, pidió como regalo a sus padres el “Gran libro de los Misterios”.  Cuando se lo dieron, no pudo esperar ni un minuto y rápidamente lo desenvolvió y se fue a su habitación a leerlo. ¡Qué maravilla! Era lo que siempre había deseado, incluso había un capítulo en el que se hablaba de un mundo antiguo lleno de color, su leyenda favorita.   Con la ilusión de alguien que piensa que ha descubierto un tesoro, leyó una y otra vez ese capítulo que hablaba de una piedra mágica que creaba colores y del pájaro Arco Iris.

   Esa noche casi no pudo pegar ojo pensando en la leyenda y la piedra mágica y lo poco que durmió se lo pasó soñando que era un gran explorador y recorría el mundo buscando un gran tesoro.  Era de madrugada, muy pronto aún, cuando le despertaron unos golpecitos en la ventana de su dormitorio.  Se levantó, descorrió la cortina y vio un pequeño pájaro gris picoteando el cristal.  No se lo podía creer, el pájaro que estaba allí y le miraba directamente a los ojos, era igual que el del dibujo del “Gran libro de los Misterios”, el pájaro Arco Iris.  ¿Seguiría durmiendo y era un sueño o era realidad?  Abrió la ventana y el pajarillo entró en su habitación revoloteando hasta que se fue a posar exactamente en el libro que le habían regalado.  El libro estaba abierto y el pajarillo picoteaba una y otra vez en una esquina del mismo.  Roy se acercó y pudo comprobar que el pequeño pájaro estaba señalando una parte de un mapa donde contaba la leyenda que estaba escondida la piedra mágica.

-   ¿Por qué haces eso?, preguntó Roy, ¿qué me quieres decir?

Y entonces el pajarillo voló en círculos sobre el libro y salió volando por la ventana.  Roy fue detrás de él y sintió como que el pequeño pájaro quisiera que le siguiese.

-   ¡Espérame, no te vayas!, gritó el niño.

    Se vistió rápidamente y salió corriendo buscando al pequeño pájaro.  Por fortuna, sus padres no se habían levantado aún y no tuvo que dar explicaciones.  El pequeño pájaro gris estaba allí, esperándole volando en círculos y le piaba para que lo siguiese.  Roy así lo entendió y empezó a correr detrás de él.

-   Espera, vuela más despacio, no puedo seguirte.

    Al cabo de media  hora, y tras alejarse del pueblo, llegaron a las montañas y el pájaro empezó nuevamente a volar en círculos.  Roy fue adonde le señalaba el pajarillo y descubrió que tras unos setos había escondida una pequeña cueva.

   - ¿Qué quieres decirme?, ¿Qué entre ahí?  Los niños tenemos prohibido entrar en las cuevas, aunque es muy pequeña para que entre una persona mayor. “Qué puedo hacer?”, pensó Roy.

   Pero el pajarillo empezó a piar y a ponerse nervioso alrededor de la entrada de la cueva.  En ese momento, Roy se acordó del sueño que había tenido esa noche en el cual era un gran explorador.  Cogió aire, soltó el miedo que le paralizaba y entró en la cueva.  Era pequeña, oscura y con ese característico olor a humedad y, para colmo, al cabo de un par de metros tuvo que ponerse a cuatro patas.   “Realmente no sé lo que busco, ni por qué estoy aquí, pensó Roy, pero bueno, ya que estoy voy a entrar un poco más.”

Tuvo que esperar a que sus ojos se acostumbraran a la oscuridad, pero cuando logró distinguir la silueta de las paredes de la cueva, descubrió una pequeña luz tenue que emanaba del fondo.  Se agachó un poco para poder entrar más adentro y entonces se llevó la sorpresa más grande de su vida: realmente había una luz que salía del fondo de la cueva pero… ¡era una luz amarilla!  Nunca había visto nada que no fuera de color gris, todo era gris.  De modo que aquella leyenda tenía razón. Esa pequeña luz y lo que iluminaba se volvían de color amarillo.  Rápidamente excavó con sus manos donde estaba la luz y descubrió un cristal multicolor ¡era la piedra mágica! Y él la había encontrado.

   El libro tenía razón, la leyenda era verdadera, la piedra mágica existía y también los colores.  Agarró el cristal y fue saliendo de la cueva hacia atrás poco a poco.  Una vez fuera, el pequeño pájaro le estaba esperando y fue a posarse sobre el cristal que tenía el niño en la mano.  En ese momento, el pajarillo gris se transformó en un pájaro multicolor.

-   ¡Dios mío! Tú eres el pájaro Arco Iris de la leyenda, gritó Roy.

Pero no sólo el pájaro, la luz entraba por un lado del cristal y cuando salía por el otro, llenaba de color todo lo que iluminaba.

-   ¡Es maravilloso, qué bonito es todo lleno de color!

Y entonces descubrió que sus ropas eran multicolores, la hierba verde, la montaña marrón y el cielo azul como el río.  “Me gustaría compartirlo con los demás, pensó Roy, pero ¿cómo puedo hacer para que todo el mundo vea los colores como yo?”  Entonces el pájaro Arco Iris empezó a piar y le señaló el monte más alto que rodeaba el valle.  “Ya entiendo, dejaré el cristal en la cima del monte más alto para que refleje la luz del sol y bañe de colores todo el valle”.  Así lo hizo y todo el valle se llenó de color, de vida y de alegría.

Cuando Roy bajó de la montaña y entró en el pueblo, vio a todo el mundo en la calle mirando todas las cosas y descubriendo sus colores.  Era algo increíble, ¡qué bonita era la fruta, toda llena de colores! Y la ropa y la naturaleza y hasta las personas con colores diferentes en el pelo, en los ojos, en la piel…  Un nuevo mundo lleno de colores y matices se desplegaba delante de ellos, no se lo podían creer.  Desde ese mismo día cambiarían hasta sus sueños, serían de bonitos colores.  Todos los habitantes del valle pasaron por casa de Roy a llevarle regalos y agradecerle que hubiera hecho posible ese milagro.  “Eres un valiente, Roy, le dijeron, te estaremos eternamente agradecidos, has llenado nuestra vida de color y alegría”.  El pequeño Roy se sentía el niño más feliz del mundo y se prometió a sí mismo que nunca dejaría de creer en las leyendas ni en la magia.

Pasó el tiempo y los habitantes del valle se acostumbraron a su nueva vida llena de color.  Por fin podían poner semáforos en las carreteras y saber si una fruta estaba verde o madura antes de comerla simplemente por el color.  Gracias a los colores podían disfrutar de una vida más bella, pero también podían ver más diferencias que antes.  Por ejemplo, se dieron cuenta de que unas casas eran más bonitas que otras por tener colores más vivos y brillantes.  También vieron diferencias en su color de piel: unos eran blancos, otros negros, otros marrones… y en el color de sus ojos: azules, marrones, negros…

Estas diferencias empezaron a incomodar a unos y a otros y a generar una envidia que antes no tenían cuando vivían en la ignorancia de sus grises vidas.  La evolución conlleva responsabilidad.  Ahora todo era más complicado: ya no podías ponerte cualquier prenda de ropa, tenía que casar con el color del resto, todos querían tener el pelo más rubio y los ojos azules eran considerados signos de belleza.  Y el que no entraba en ese juego era considerado “antiguo” y se le marginaba. 

El gran regalo que habían tenido de los colores sólo había servido para aumentar las diferencias entre la gente y crear problemas.   Así que un día el alcalde del pueblo tuvo que tomar cartas en el asunto y decidió acabar con el origen de todos aquellos problemas. 

- Si no somos capaces de vivir con el gran regalo que nos han dado es porque no nos lo merecemos, así que mejor seguir como antes, con nuestras tristes vidas.

Y ordenó subir a la cima del monte más alto a quitar de allí la piedra mágica.  Roy acompañó a los hombres del alcalde hasta el lugar donde días antes la había colocado y con una gran pena cogieron la piedra de cristal.  De repente, todo se volvió gris como antaño.  La montaña perdió su color, el río, cielo, ropa, piel, todo se tiñó de una escala de grises triste y fea.

-   Dádmela, es mía, yo la encontré, gritó Roy, me pertenece.

Los hombres quedaron pensativos, pero decidieron dársela pues veían que el chico tenía razón.  El pájaro multicolor que había vuelto a ser gris, se posó cerca de Roy.  Estaba triste como él y los dos escaparon de allí con la piedra.

- No sé qué hacer con la piedra, dijo Roy al pajarillo ¿La vuelvo a dejar en la cueva escondida hasta el día que estemos preparados?, ¿la rompo para siempre?

El pequeño pájaro se posó en su hombro y le pió cerca del oído.  El niño no se lo podía creer, pero ¡entendía lo que quería decirle el pájaro!  ”Parece que nos hemos hecho muy buenos amigos, pensó Roy, o igual es que es un pájaro mágico de verdad”.  Así que, siguiendo las instrucciones que le daba, se alejaron aún más de los hombres que había enviado el alcalde y subieron al punto más alto que encontraron.  Allí, el niño lanzó lo más alto que pudo la piedra mágica.  Y llegó tan alto, tan alto, que desapareció entre las grises nubes del cielo gris.

Los habitantes del valle siguieron con sus tristes y grises vidas, viviendo en la seguridad de su mediocridad.  Pero cuentan las historias que, cuando llueve y sale el Sol, un multicolor arco iris aparece sobre el cielo del valle, recordándoles un tiempo mágico de belleza y color.  Y en sus corazones renace la esperanza de un tiempo futuro en el que puedan vivir con igualdad en un mundo lleno de color.

Pedro
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Re: II Concurso de relatos Fórum Montefrío
« Respuesta #25 en: Marzo 25, 2010, 17:00:50 pm »

LOS BISTÉS DE PANCHITA

                  
“No me yamen Paca, yámenme Panchita, que así me pongo máh bonita y ebito ser tan flaca”.

La joven, en sus veinticinco primaveras, de ojos negros almendrados, talle menudo, caderas sabrosonas, en lo mejor del canto paró de cantar. Se llamaba Francisca Garcés y detestaba que sus amigos españoles la llamaran Paca o, peor aun, Paca Garcés lo que, en sus oídos criollos, le sonaba demasiado a un Pa’ cagarse, y ella no era ninguna cagona.

“Que no se te ocurra casarte con Juan la Risa ni con uno que se apeyíe Miedo”.

Tenían razón. Con Juanito la Risa todavía pasaba. Pero con un tal Miedo, de ninguna manera. ¿Iba a llamarse ella Paca Garcés de Miedo? “Nasí sin mieo y tengo regüena digestión”, acotaba al punto.

No obstante, tenía miedo. La constante preocupación de verse de primera, de no ponerle un kilo de sobra a su más que agraciada figura, a menudo le había quitado el sueño y roto la cabeza. Qué no había hecho con tal de mantener la belleza. Consejo que le daban, consejo que seguía al pie de la letra, con una disciplina digna de milico.

La Carmelita le había pasado la última recomendación, y si ella lo decía, entonces era cierto. En los labios la canción de moda, a pasos coquetones se acercó a la carnicería de don Filomeno. “A ber, a ber, don Filito. Déme dos bistocos de lomo, don Filito. Córtemeloh bien finitoh y naíta de grasa. Vd. sabe, ¿no? Mire que Vd. ya me ha enchufao unah piltrajah que no se lah comía ni el gato de doña Esperansa”.

De izquierda a derecha en menos que canta un gallo la desnudó el carnicero de mirada bizca y turbia que apenas contenía las ganas de enchufarle una auténtica piltrafa, a fin de que supiera lo que es un pedazo de carne enardecido por continuos deaires. El enrojecimiento de los ojos no se debía a un desmedido consumo de alcohol, era el producto de haber leído innumerables novelas de amor en noches de terco insomnio y soñar imposibles. El pobre se queó turnio de tanto echarle el ojo a la Panchita, decían las lenguas de doble filo, comentario que le dejaba frío hasta el momento.

Aún soltero a los sesenta, dueño de cierto capitalito, una casa en Viña del Mar, fuera de una quinta en el campo, no veía la hora de hacer pareja, hallar esa mitad naranja tan ansiada. Como la Panchita por ejemplo.

Sin despegarle los ojos de los pechos, cuyos pezones ya querían horadar la blusa de organza celeste, envolvió los bistés y la persiguió hasta ver desaparecer esas sentaderas escaleras arriba. Consciente de la admiración que cosechaba a su paso, del despite del carnicero, Panchita se alegró del ahorro. Sabía que era no la primera ni tampoco la última vez.

El día continuaba abochornado. De tarde en tarde soplaba una brisa húmeda y media tibiona. Poco amiga de comer a deshora, enemiga acérrima del alcohol, sea cuales fueren sus formas y sabores, si importados o nacionales, acabada la ducha fría se hizo una doña limonada. A continuación desplegó la silla playera y la acomodó en la terraza.

Antes de tirarse a dormitar se encaminó a la nevera, sacó los bistés, les retiró el papel. Pecando de meticulosa, vanidosamente se contempló de cuerpo entero en el espejo de la salita y se los acomodó en la cara. Uno cubría la frente, el segundo partía del mentón, describía una curva hasta tocar el primero. Libres quedaban la nariz y los ojos.

“Háselo doh beseh por semana y bai a ver como quedai. La carne fresca chupa toah lah impuresah y te deja er cutih como poto de guagua. Te bai a bé máh bonita toabía”.

Saboreados los consejos de la Carmela prometió ponerlos en práctica esta misma tarde. Mientras durara la terapia nada mejor que distraerse observando las idas y venidas callejeras. Mirar sin ser vista ni sentirse presa de las avideces masculinas, un magnífico y provechoso deporte.

Dos horas después se asomó el sol. A eso de las siete empezó a alejarse. De amarillos, gualdos, naranjas y rojos decentes se tiñó el horizonte, lo encendió antes de entrar el caregallo en la mar verde y seria. Vestida de blusa y calzones negros, de ésos que allá se llaman «dónde estás que no te veo», Panchita dejó pasar un saco de instantes danzarines. Le encantaba acoger la noche sin moverse. Cerró los ojos. Soñó varias lejanías, en las cuales había países distantes, exóticos, y un rubio dueño de un palacete.
“Le juro que no lo sentí entrar. Por lo máh sagrao, por mi mesma maire se lo juro. ¿De aónde ía a saber yo quién era? Pa’ que bea Vd. Yo esta’a en la siya y pajariando. Parese que me andúe queando media dormía porque me piyó desprebenida. Pero no tanto porque me desperté. M’entró un julepe que juera ése que se leh mete a lah mujereh. Disen que se lah biola ahí mismo… y yo anda’a en calsoneh; ahí yo no respondo, fíjese. Conque me piya así, no sé qué hubiera pasao. Güeno, sí lo sé, pero mejor ni pensar. Eso eh to. Sin ponerle ni quitarle”.

Al carabinero de turno le faltaban manos para escribir. Adaptarse a la velocidad del habla de la Pancha, era tan o más díficil que hacerse el tonto cuando ella se abría la blusa, se cambiaba de piernas. Se hallaba aquí para prestar declaración. Así lo reclamaba la ley, así lo exigieron los carabineros que habían acudido al lugar de los hechos.

Nada más sentir los gritos de su Panchita, don Filomeno, cuyo departamento estaba situado en la planta baja del edificio de cinco pisos en que vivía la mujer de sus sueños, discó el número de la policía y les solicitó venir de inmediato.

Se apersonaron dos horas más tarde. Eran tres carabineros jóvenes. Sin decir una palabra, en fila india ascendieron los cuatro al quinto piso. No hubo necesidad de llamar porque la puerta estaba abierta.

“Vd. sa’e, don Filo que, loh bierneh por la tarde, yo siempre m’echo una siestita anteh de salir por ahí a dar una güerta. Güeno, con la calorsita que hasía, no me ía a estar tapando. Así que me acosté así no máh, Vd. sae cómo?”
Don Filomeno cerró los ojos. La imagen que le había facilitado el insomnio de anoche se ajustaba de perlas a lo que masajeaban sus ojos. Lo que es los tres carabineros, se mantuvieron a la expectativa. Exagerando la gentileza comunicaron que debía acompañarlos a la comisaría. Tras revisar la cocina descendieron los cinco.

“Güeno, pa’ qué le boy a mentir. Yo estaa durmiendo de lo lindo cuando me despertó un ruío. Un ruío raro. Bibo sola y estoy acostumbrá a la soleá. Me conosco toitito loh ruíoh d’esta casa. Ése… no. Ahí m’entró el julepe. Temiendo lo peor, busqué por aquí y ahí y no encontré ná ‘onde esconderme. De repente como que miro p’atráh y beo er ropero. Ese ropero de treh cuerpoh eh un recuerdo de mi agüela. Tan güena que era la pobre y morirse bajo la Dorih, una baca bieja que tenía un mal del pecho. ¿Lo que eh la bía?

Güeno, como le ía contando. Yo sentí un ruío y me metí en er ropero. Hise a un lao loh bestíoh y me puse entre medio. En una d’ésa, unoh pasoh. Se oían clarito. Despuéh, una buya como arguien sacando y metiendo argo de loh cajoneh. Er perla me reborbió casi to el departamento. No sé qué ***** andaa buscando. Como sea, la cosa eh que no lo encontró. Entonseh ar lindo se le ocurrió abrir el ropero. Mala suerte, digo yo, muy pero requeté muy mala suerte”.

De nuevo le rogó el carabinero no apurarse tanto que nadie la estaba persiguiendo ni nadie quería comérsela… salvo quien tomaba nota y la soñaba desnuda. Evitando una borrachera hormonal frente a esa anatomía divina, le recordó que estaba en la comisaría y no despachando el expreso de las nueve ni cazando liebres de a pie. Panchita se reacomodó la blusa y se alisó la faldita por enésima vez. Tal vez demasiado corta como para exigir concentración de parte del escribiente. Acabado el repaso candente de una línea, que sólo estaba en la imaginación del escribiente, le hizo una seña para que continuara, pero por favor en buen español.

“Como le ía disiendo, mi teniente…”

El carabinero se alzó de un salto, peló unos dientes amarillentos y la corrigió: “soy cabo no máh, todabía no me alcansa pa’ teniente. Haga el fabor de seguir. No bamoh a estar aquí hasta que lah belah ya no ardan”.

Panchita acercó una silla destartalada y se sentó.

“El finao me puso una cara d’ésas que se ben en películah de mieo. Tampoco yo púe reasionar. Reasionar a tiempo digamoh. Imagínese: loh doh máh o menoh a oscurah, la luna ar fondo, pa’ máh recacha, gordita, y dándome en la cara. Como le ía disiendo… mi cao, el fulano ése puso una carita d’espanto y no le salió ni una palabra. En la bía había bisto unoh ohoh d’ese bolao. Ésoh no eran ohoh, mi teniente; perdón, quise desí mi cao, eran botoneh de payaso. Qué sé yo, paresían ohoh de foca arrecha. Inmóbileh loh tenía er desquisiao y me miraan y me miraan, como si nunca hubieran bisto a una mujer.

Se jue d’esparda igual que loh monoh porfiaoh en la kermes cuando uno leh da. To lo que se había embolsao, se le bino ar suelo. Ahí, entre medio de to er desparramo ése, estaa er caco. Pensé que le había dao un patatúh. No sé. Un desmayo. Pero se jue el tiempo y seguía tal cual. Sin moberse ni respirar. Tiritando de julepe me aserqué a ber si toabía tenía purso. Ná. No tenía ná ‘e purso. Tampoco le funsionaa la cuchara. ¿La agarra? Er corasón.

¡*****! Por la mismísima *****. ¡Qué saía yo que er gil ése sufría de la cuchara! Yo que él no me pongo a roar pueh. Me jui a la terrasa y como que se me le andúo escapando er manso auyío. Y don Filo, que no la corta de mirá p’arría, a bé si por uno de loh ahujeroh que hasen suh ohoh me piya en pelotita, aparte de usteeh, loh ñatoh de l’ambulansia, se tiraron p’arría. Eso eh to. Yebénselo máh mejor. No pienso pasar la noche ar lao diun fiambre, leh dije, y eyoh estubieron de acuerdo. Se lo yebaron y chao pescao”.

La soltaron a la media hora. Panchita dio un respiro de alivio. Eran casi las doce de la noche y el estómago le rugía de hambre. Sin pensársela dos veces se fue a su piso. Sobre un plato bajo de cerámica yacían los bistés que había fisgoneado la policía. Aunque metieron los dedos varias veces en el cuerpo del delito, resolvieron no decomisarlos.

Corría una brisa refrescante cuando dio cuenta de los bistés fritos con cebolla y ajo, y rehogados en vino tinto. Bien acompañados de arroz graneado, de la infaltable ensalada de tomates con cebolla, no faltó mucho para incluso comerse las descoraciones del plato. Con lo cara que estaba la carne no iba a tirarlos a la basura. Además, eran de lomo de buena calidad. Por hoy determinó quedarse en casa. Mañana pensaba salir. A darse una vuelta y bailar junto al mar.


Aliro
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Re: II Concurso de relatos Fórum Montefrío
« Respuesta #26 en: Marzo 25, 2010, 22:13:11 pm »

MAMÁ: ¿A QUE EL PERRO ME QUIERE?


Hoy nos hemos peleado con mamá. Es el día de Halloween, y como estamos de vacaciones, ha prometido llevarnos a la fiesta que se hace en los túneles. Estas galerías están entre un pueblo y otro cercano por el antiguo camino de la costa. De día hay muchos pájaros allí, si uno los mira bien parecen murciélagos. Por las paredes de los túneles hay humedad y hasta se ven trozos de cielo. La gente dice que se parecen a los refugios a los que bajaba la gente en la Segunda Guerra Mundial, pero que estos no aguantan ni un chaparrón fuerte.
La pelea ha sido porque ella insistía en vestirme de pastorcillo. A mí, una niña de nueve años. Le he dicho que no, pero como no tenía otro disfraz, acepté. Me dijo que debía recogerme el pelo para que pareciera un varón. Y dije que no porque se me verían mucho las orejas, pero a cambio de ir, también acepté. Con un trozo de corcho quemado me pintó un bigote, en realidad, yo hubiese preferido un bigote y una barba postiza de tela o lana. Mamá me dijo que ninguno de los pastores que ella conoció llevaba barba. Yo le dije que el abuelito de Heide, sí. Lo vi por la televisión.
A eso no contestó.
Mi hermano también se ha puesto pesado. Dijo que él no iría vestido de avispa otra vez. Que ese disfraz del año pasado estaba bien para el colegio, pero que ahora era mayor.
   —Un año mayor —recalcó.
   Mi madre dijo que o iba de avispa o no iba.
   Él preguntó que por qué no tenía un traje de Superman, y ella dijo:
   —Pregúntaselo a tu padre.
   Mi hermano contestó que si estuviera papá tendría el traje de Superman o el de Batman o el de Spiderman, y yo no dije nada para no empeorar las cosas. Decidí pensar que dentro de mi traje de pastor y con el bigote, no me reconocería la gente.
   A mi hermano ir de avispa le parece ir con un traje de niña. Lo mismo que a mí, ir de pastor me parece ir con un traje de niño.
   —¡Pero si estabas muy contento el año pasado cuando saliste de figurante en la obrita de teatro de fin de curso! Una avispa entre tantas flores…
   Mamá no parece entender que cambiemos tanto de un año a otro.
   Quejosos pero vestidos de avispa y pastor, sólo faltaba para irnos que se vistiera ella.
   Se arregló poniéndose una blusa y una falda.
   Yo le dije que estaba muy guapa.
   —¿De veras? Esta falda tiene diez años —le encanta hacer alarde de nuestra pobreza y de lo bien que nos arreglamos con ella—.
Antes fue un vestido. Y la blusa: tiene ocho años, antes fue una falda. Menos mal que sé coser, sino ¡qué sería de nosotros!
Cuando por fin salimos de casa y nos dirigimos al paseo marítimo camino de los túneles, ya era de noche. Por la calle, mi hermano y yo, íbamos admirando los disfraces de los demás, y quizá ambos pensábamos lo mismo: que si queríamos salir disfrazados en carnaval, tendríamos que volver a salir, lamentablemente: yo de pastor y él de avispa. Sólo pensarlo causaba dolor de estómago y resultaba horrible. Fue en ese momento cuando nuestra madre viendo una pareja joven sentada a una de las mesitas de un restaurante, dijo:
   —Mira esos dos, compartiendo un postre con dos cucharitas —y se rió.
   Yo no entendí qué quiso decir. En realidad, lo normal es que nosotros —los niños— cuando compartimos un postre lo hagamos con la misma cucharita aunque nos de asco tocar con la lengua la saliva del otro, no sé si mi madre se refería a eso. Para sorpresa de mi madre,  mi hermano fue corriendo hacia la pareja porque tenían a los pies un perrazo enorme. El animal estaba en paz, y era precioso. Mi hermano llevaba pidiendo un perro varios años. Así que cuando mi madre fue a buscarlo para alejarlo de la pareja, el niño lloroso y acariciando al perro, preguntó al dueño:
   —Señor: ¿a que el perro me quiere? ¿A que sí?
   Y la mujer contestó:
   —Claro que sí, cariño.
Mi madre sonrió con una mueca forzada, y atrajo del brazo a mi hermano hacia nosotras, y así nos fuimos: ella y yo en silencio. Él varios pasos por detrás nuestro, llorando.
   —¡Quiero un perro!— chillaba mientras lloraba.
   Yo le cogí el brazo a mamá, no sé con qué intención, quizá con la de sentirme querida pero no sucedió.
   Mi madre me dijo como si fuera un secreto. El secreto de una madre a una hija que es ya casi una señorita de nueve años:
   —Si estuviera aquí tu padre no nos pasarían estas cosas.
   No sé si fue un reproche, un deseo o una amenaza. No lo comprendí.
   En ese momento mi hermano se acercó preguntándome:
   —¿A que el perro me quiere? ¿A que sí?
Y antes de que yo pudiera contestarle que sí, nos rodeó un grupo de mis compañeras del colegio, todas ellas disfrazadas, y yo me quedé pensando que nos habían descubierto por culpa de mamá que no llevaba disfraz. Delante de mis amigas, mi hermano volvió a la carga:
   —Mamá ¿a que el perro me quiere? ¿A que sí?
   —¡Pero qué dice éste...! —dijo una de mis amigas y lo cogió de la mano y se lo llevó diciendo—. Ven que allí está Alfonso esperándote.
Y mi hermano sonrió pensando que Alfonso también estaría vestido de avispa, porque habían actuado juntos en la obra de teatro de fin de curso; pero no, resultó que estaba vestido con un traje nuevo de Superman. Pasado un rato en que Alfonso le mostró lo que era capaz de hacer con el disfraz de Superman, mi hermano acabó pidiéndole prestada un rato la capa, y luego nos contó que voló y voló hasta encontrarse con papá. Mamá puso una cara de «eso no me lo creo yo…», y se contuvo de tirarle de las orejas o darle un coscorrón, pero mi hermano se quedó muy a gusto, tanto que yo estaba segura de que no le importaría salir en carnavales a la calle vestido de avispa porque su amigo Alfonso estaría por allí y volvería a prestarle la capa de Superman.


Rataplán
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Re: II Concurso de relatos Fórum Montefrío
« Respuesta #27 en: Marzo 26, 2010, 12:04:04 pm »

Alas y luz


                           
De pronto estaba en ese enorme salón, lúgubre, húmedo, tenebroso, gritos de dolor se escuchaban desde todas las habitaciones que daban sus puertas a éste. Me sentí aterrada, un olor hediondo me impedía respirar, mientras sentía un frio correr por mi espalda. Un deseo enorme, urgente me llevó a huir de ese lugar espantoso, me vi saliendo por esa enorme puerta casi sin tocar el piso. Para encontrar afuera el mismo paisaje de desolación, donde todo vestigio de vida había sucumbido a la oscuridad,   era un cuadro de árboles petrificados, aridez y ruinas.
Sentía que algo me desgarraba y la angustia apretaba mi pecho sin piedad. En un desesperado intento para no ver más, cubrí mis ojos con una de mis alas… ¡Queeé!!!!!!!! ¡Una de mis alas!!!!! …¡Oh dios, tengo alas!
Sí, tenía alas, que alegría, me inundé de una energía avasallante, vertiginosa y eché a correr levantándolas, sorprendida y feliz. Con la emoción y la sorpresa no me había percatado que con sólo moverlas transformaba todo a mi paso, por donde iba crecían las flores, se iba desplegando una alfombra de todos los colores tras de mí, los árboles se cubrían de hojas y el sol ahora, aparecía dorado llenándolo todo de luz.
Entonces armándome de coraje decidí entrar, desde el mismo umbral ya levanté mis alas, he inmediatamente se callaron los gritos de esos seres torturados, mis lagrimas cegaron por un momento  mis ojos y al aclarar mi visión, cientos, miles de hombres y mujeres vestidos de blanco, ahora con el alivio suavizando sus rostros, pasaban buscando la salida, sonriéndome agradecidos, algunos me abrazaban y continuaban su peregrinar, libres ya sin cadenas y parecía que habían aprendido algo  que llenaba  sus imágenes  de paz.
Quizás soñé esto, por el fuerte deseo de que se terminen ya las atrocidades, que suceden segundo a segundo en el mundo en que vivimos.
Quizás, soñé esto, por el  deseo de que de forma mágica, como  si borráramos un mal trazo, tan sólo con el pensamiento pudiéramos convertir  la oscuridad en luz.
Quizás… si esto, no fuera tan sólo un sueño o pesadilla y yo tuviera alas, cambiaria todo llenando a los seres del mundo, de sentimientos de amor, de paz y de humanidad.
Entonces yo no tendría que hacer un viaje hacia un mundo irreal
                                                                                                       
Nel
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Re: II Concurso de relatos Fórum Montefrío
« Respuesta #28 en: Marzo 27, 2010, 22:42:17 pm »

ANTOÑITA


Gaviota, nunca un pan con mermelada, paladar seco. Sus rodillas nudo como gelatina en su frágil mundo, donde la sacan, sin gusto corriéndole sus piernas pares de hilos; con su eterna falda, caída hacia muy abajo como es ella. Boca herida, mientras ve a la gente que no quiere mirarla.
Es como un abono más para ninguno que quiso iluminarla adentro. En sus ovarios, seguramente torcidos (dijo el ginecólogo mientras serio escribe y la enfermera es amante) nadie podrá llevarla a un parque -para decirle mentiras- lleno a gritos o de silbatos y coros.
   Pago para la muerte, que no desea matarla sólo para demostrar que es poderosa. Antoñita es cruzada la avenida, sin ayuda cae como hoja tenue que es, muerta la pájara en su mismo oleaje, muerta es. Una cosa será mirar a estas aves y otra cosa es mirarlas. Quienes han observado han entendido la melancolía de paseo por el mar: un cadalso húmedo, largo, escriturando caracoles muertos. Mirar una gaviota es no querer nos dejen solos, a ritmo de puñal del ebrio pescador, del tiburón que persigue, parece, mientras un guardia  dormita en la apestosa red-comisaría a mil metros. Esto es mirar a Antoñita, paseada por los otros pocos muy al olán del pueblo, o al centro donde a ella le parece igual porque su mundo es la orilla desde que la enfermedad apretujó en sus huesos. Así sucede en contra de nuestro mismo espejo, de nuestra misma historia que ahora se convierte en cuento y una hada maligna (no todas las virtudes son necesariamente mágicas) sorprende al ángel nuestro somnoliento.
Una saliva mundial crece en el parque. ¿Quién de salvaje por equivocación vendrá y violentará para entregarle un hijo? Si enfermos somos estos que la contemplamos, la vemos como desconocidísima paisana, amiga, amante, compañera, hija. Que no extrañamos ninguna navidad, ni nunca.
Un estrépito virgen, de vez en cuando, cálido, relata la manera auténtica del hombre, un júbilo hacia abajo del alma, donde fecunda un ojo de vicio otras costumbres.
Aquí está ella.
-¿Cómo te llamas?- se atreve a preguntar alguien al paso.
Y una voz tenue, quebrada, apunta su mínimo poder al suelo.
-Soy Antoñita- dice, y eso es todo.
Quién de los que beben su lugar tramando ajenas suertes, quién. Porque en su padecimiento, esta pobrísima mujer deteriorada, percibe, nos conoce, observa y, con bondad, sonríe.

Balam
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Re: II Concurso de relatos Fórum Montefrío
« Respuesta #29 en: Marzo 28, 2010, 21:15:45 pm »
EL BACALADITO TRAVIESO



Érase una familia de bacalaos que vivían, bastante unidos, en lo más recóndito del mar.

Su casa, abierta a las olas y al paso continuo de otros peces y moluscos, se encontraba

en una zona siempre llena de tiburones, de anzuelos sospechosos colgando sobre sus

cabezas, de barcos bacaladeros merodeando por los alrededores, de pulpos con malas

intenciones, de ballenas soltando sus clásicos chorritos cada vez que se movían,  de

buzos despistados. Pero el nuestro era un bacalao saltarín. Se llamaba el bacalao Vicen-

tito y era muy travieso, por lo menos más travieso que el resto de los bacalaos de su

barrio marítimo. El bacalao Vicentito, aunque era muy joven, ya estaba aburrido de

vivir con una familia que no salía nunca de su trozo de mar, ni siquiera los domingos o

el día del padre (porque las familias de bacalaos también celebran el día de la madre, del

padre o de su comunidad acuática). Vicentito lo que deseaba era dedicarse a correr

mundo, a visitar a otros bacaladitos que había conocido algún sábado o a otros

amiguitos del amplio mundo de la bacaladería, a ver las verbenas y contemplar como se

lo pasaban bien los demás pececillos de su rincón oceánico, a divertirse en una palabra.

Una mañana se levantó muy temprano de su camita de bacalao y decidió tomar una

Decisión. (Las camitas de bacalaos están hechas con una especie de algas suaves en

forma de juncos, con trocitos de paja humedecida que caen de los barcos vagabundos y

de suaves arenitas del fondo del mar). Bueno, a lo que íbamos. El bacalao Vicentito se

levantó muy despacito, muy despacito, y mientras su mamá bacalada, su papá bacalao y

sus hermanos bacaladitos estaban durmiendo, ¡zás, hizo un quiebro  y se escapó!. Subió

corriendo, dando grandes aletazos, a la superficie del mar, que ese día estaba en calma y

se montó en un barco bacaladero que andaba por allí faenando como siempre. Y cuando

ya estaba escondido en el bacaladero oyó al capitán que decía:

-¡Vamos chicos, aquí se ha terminado la faena por hoy, ya llevamos buena pesca!, ¡vá-

manos para casita!, ¡rumbo a la costa!, ¡a la costa…!.

Y todos los marineros que eran muy fieros, muy feos y muy bajitos dijeron a una:

-¡A la costa, a la costa, a la costa¡. (Es que no tenían mucha imaginación los pobrecitos).

Y entonces el barco bacaladero, como no tenía que hacer más que le mandaran,

comenzó a navegar hacia la costa, la costa, la costa y el bacaladito muy contento

vio como él también iba hacia la costa con el barco bacaladero.

Al llegar a la costa el bacaladito observó como todas las mujeres, que eran las esposas y

las madres de los marineros, salían corriendo de unas casitas blancas con unos pañuelos

de colorines en la cabeza y se dirigían al muelle a ver llegar el barco. Y unos otros, los

del barco y los del muelle cantaban, se saludan, y poco después se abrazaban, lloraban,

volvían a cantar, y se ponían muy contentos. Pero, ¡ay1, también vio la parte mala de la

pesca, la parte más dramáticamente negativa. El barco bacaladero estaba lleno de baca-

laos que habían pescado los marineros en alta mar. Y ya sabe lo que sucede cuando los

marineros pescan bacaladitos en alta mar y van con ellos hacia la costa, la costa, y luego

pescaderías, pescaderías….


Perrunilla

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