Queda añadido el relato de Milagros, que aunque habia sido añadido a la base de datos del concurso, se nos habia pasado subirlo a la web.
!!La cifra final de trabajos sobrepasa los 360!! ¡Gracias a todos y mucha suerte!
EL ÚLTIMO CLAC
El café se enfriaba. Los churros ya lo estaban. Y los nervios se perdieron mucho antes de que todo lo anterior sucediera.
Las once, y sin noticias de Álvaro.
El repiqueteo de una manicura francesa sobre la mesa se hacía incansable, con una misma melodía: Clac, clac, clac, clac, clac. Todas las uñas, de la menor a la mayor, redoblaban ruidosamente.
Por fin alguien se disponía a catar las tostadas ya poco apetecibles. Por fin alguien se dignaba a probar un zumo, ahora caliente. Por fin se oía el golpeo descuidado de la cuchara contra la porcelana.
La abuela dormida otra vez, los niños molestando, el padre tirante, la madre desesperada.
Álvaro llegó cuando ya todos se habían cansado de esperarle, de nuevo, como la misma cantinela que repite una y otra vez.
Álvaro…, Álvaro ni se percataba de la situación.
Dejó el casco maltrecho sobre el sofá y alargó la mano cogiendo un arsenal de galletas reblandecidas. Al hacerlo, se fijó que las heridas de sus nudillos habían empezado a cicatrizar: ¡Cómo le había dejado la cara a ese idiota!. No pudo evitar que la media sonrisa le volviera a aparecer. Y se metió en la cama después de una larga noche en vela, bailando, ligando, viviendo… Después iría al médico, tenía que curarse un par de rasguños, o quizá algo más.
Clac, clac, clac, clac, clac, clac…
Matías había recuperado la máquina de escribir.
Clac, clac, clac, clac, clac, clac…
Adoraba el sonido de las teclas al asestar el papel; ese golpeo metálico, repetitivo y rítmico, que oyó a lo largo de toda su infancia, cuando su padre escribía cientos de páginas, una tras otra, sin descanso, plasmando cuentos, vivencias, amores, aventuras y deseos, que se le aparecían como por arte de magia. Su incontenible creatividad siempre le había asombrado.
La Remington no daba abasto, los folios volaban entre sus dedos, era casi imperceptible la breve pausa que se tomaba para buscar la tilde que acentuaba: Matías; porque cada uno de sus relatos iba dirigido a la misma persona, al niño de sus ojos, a su pequeño Matías.
Pero éste ya no era pequeño, ni tan siquiera un niño. Los cuarenta se le acercaban peligrosamente y él lo sabía. Por ese motivo, decidió desenfundar la desgastada máquina polvorienta, aquella misma Rem-ette que, sin letras en el teclado por el contacto continuo con las yemas, conservaba en el altillo de un armario. Y Matías sólo hacía que preguntarse por qué había desperdiciado tantos años de su vida con la medicina, si realmente su pasión era la literatura. Una literatura que le manaba por las venas.
El día no amaneció tal y como a Lucía le hubiera gustado.
Tenía una corazonada, un mal presentimiento. No podría haber asegurado cuál era el motivo, pero ella sentía que algo, sea lo que fuere, no marchaba como debía.
Sus pies desnudos rozaron el suelo, buscando unas zapatillas desaparecidas, que no llegó a encontrar.
Sus brazos delineados se estiraron, e incluso un bostezo débil salió de sus rosados labios. Sacudió la cabeza, desapelmazándose la melena enredada. Se frotó los ojos, y se puso en pie, decidida a empezar un fin de semana rutinario y monótono…
Se dirigió a la cocina, todavía descalza. Nadie se había levantado aún, incluso el sol parecía adormecido entre las nubes.
Puso el cazo a calentar, rebosando de leche. Metió pan en la tostadora. Preparó café. Extendió el mantel. Sacó unas tazas del armario, procurando evitar el agudo repiqueteo al chocar entre si, aunque sin mucho resultado.
-¿Qué haces despierta, Lucía? ¿Sabes qué hora es?
-Lo siento, papá. No podía dormir más. –Inspiró profundamente, ahogando así algunas palabras que quedarían para el fondo de su ser. –¿Y tú?
-Me voy a trabajar. Turno doble. Llegaré tarde. No me esperes para cenar, cariño.
Ignacio besó a su hija en la frente, pidiéndole disculpas con la mirada, que desde hacía mucho tiempo no era dulce, ni tierna, ni siquiera paternal. Cogió su tazón, se echó un par de cucharadas de azúcar y se dirigió a la ducha. Sin contemplaciones.
Se recostó en la barandilla del balcón, observando como se abrían las primeras persianas metálicas de los negocios del barrio: el quiosco, la panadería, el bar…y entre las bocinas y el ruido de la calle, estalló el sonido del teléfono.
¿Quién llamaba tan pronto? Nadie en su sano juicio, por supuesto.
-¿Dígame?
-¿Es usted la señorita Lucía Ortiz?
-Yo misma- Respondió intrigada y algo irritada.
-Verá, debo comunicarle que…
Lucía no podía creer lo que le estaban diciendo. Antes de que el doctor terminara, Lucía había colgado el teléfono.
Como alma que lleva el diablo, se vistió y dio un portazo.
Clac, clac, clac, clac, clac, clac…
Corriendo de camino al hospital, solamente oía sus propios tacones apuñalar los adoquines de la acera.
Clac. Clac. Clac. Clac. Clac. Clac. Clac. Clac.
Los segundos parecían no sucederse al ritmo correcto. Eran lentos, sedientos, aburridos.
Jorge estaba en la sala de espera del centro médico, con el labio sanguinolento y el ojo morado. Sentado en la silla de plástico, con los brazos cruzados sobre el pecho, veía pasar a unos y otros, doctores y enfermeras, pacientes y familiares, servicio de limpieza, cirujanos, especialistas, internos, asistentes, sanitarios…pero nadie que le cosiera la ceja y le permitiera irse a casa.
Y por fin llegó el halo de luz que le rebajó el intenso dolor.
Lucía, más bella que nunca, con las mejillas rosadas por culpa de la maratoniana carrera, aparecía sudorosa y con los nervios a flor de piel.
-¡Jorge, por Dios!, ¿Qué narices te ha pasado? –Exclamó preocupada, acariciándole el rostro.
-Nada.
-No me mientas, solamente te pido que no lo hagas. Los amigos estamos para apoyarnos, para contárnoslo todo.
Jorge bajó la mirada, incapaz de mantenerla a la misma altura que los ojos profundos de Lucía…Amigos…Era simplemente amistad para ella…
-Lucía, yo…
-¿Cuándo sucedió? ¿Dónde?, ¿Quién es el salvaje que te ha hecho esto?, ¿Le conoces, conoces al tipo?
Antes de que el joven pudiera contestar al bombardeo de preguntas, una voz intervino desde atrás.
-Parece ser que anoche no me expliqué con suficiente claridad, ¿verdad Jorge? ¿Qué debo hacer la próxima vez? ¿Alguna sugerencia? –Prorrumpió Álvaro amenazador, sin importarle la presencia de su novia.
-Álvaro… ¿Qué haces aquí?¿Has sido tú?
-Se lo advertí, Lucía, se lo advertí. O el imbécil éste se aparta de ti, o lo aparto yo. Encima que le di la oportunidad de escoger…qué desconsiderado. Mira, mira qué tengo por tu culpa -Extendió el brazo, mostrándole la mano herida. –Seguramente me he roto el dedo. ¿Has visto lo que has conseguido?
-No me lo puedo creer, no me puedo creer que seas tú el verdugo. ¿Pero qué te pasó por la cabeza? ¿Estás loco? Jorge es mi mejor amigo, y le quiero como tal.
-Sí, puede. Él también te quiere, te quiere demasiado. ¿Me equivoco?
-No. Todo lo que ha contado Álvaro es cierto. Hace mucho tiempo que quería sincerarme contigo, y lamento que lo hayas sabido de esta manera tan brusca, pero es cierto, es cierto. Lucía, te quiero.
Lucía se empezó a marear. Se sentía humillada y ofendida. Su mejor amigo y su novio estaban en el hospital por un altercado machista y violento.
Clac, clac, clac, clac, clac, clac, clac.
En ese momento, una camilla de acero rodaba sobre las baldosas a toda velocidad, sucumbiendo a las concavidades entre pieza y pieza, con un redoble repetitivamente metálico y ensordecedor. Guiada por Matías, una joven con parada cardiaca luchaba entre la vida y la muerte. Guapa y esbelta, perecía débil sobre la sábana, con la utopía de reanimar sus fuerzas y salir adelante.
Los tres se miraron, sin poder pronunciar sílaba, comprendiendo que la estúpida discusión estaba ahora más que nunca fuera de lugar.
Todo a su alrededor pareció cesar. Sobre el frío silencio solamente se oía el latir íntimo y agitado de sus corazones:
Clac, clac. Clac, clac. Clac, clac.
Milagros